Por Santiago López Quesada

Catedral: a lo largo de la estación diferentes focos se empiezan a ir armando. Grupos de pocas personas completamente desconocidas y desinteresadas entre si se van juntando esperando acertar, una vez que el tren llegue, a las puertas del mismo. Estos paquetes de gente se van agrandando a medida que se va llenando la estación  y se termina formando una gran masa amorfa, agolpada entre los andenes y los molinetes.  Entre todas esas cabezas están las de Lucía y Mariano. Ella, no sabe de él, ni él de ella. Suena la chicharra, se abren las puertas del cielo y todos quieren ser los primeros en entrar. Que devaluado está el paraíso. Allí están, en el tercer vagón, a un metro de distancia, Lucía y Mariano. Se pone en marcha la odisea.

9 de Julio: Una gran cantidad de cabezas de ganado se suman al tren. Los espacios se acotan y respirar pasa a ser un privilegio. O una osadía teniendo en cuenta los diferentes olores. Lucía y Mariano se encuentran ahora a 54cm de distancia. Ella mira su teléfono. Él, la mira a ella.

Tribunales: Las puertas se abren del lado donde están los dos chicos. Reciben golpes de todo tipo sobre sus cuerpos. Lucía atesora su teléfono entre sus manos. Se alejan 42 cm. Salen siete personas. Entran otras once. Mariano hace todo lo posible para quedar otra vez cerca de Lucía. Lo logra a medias, tiene un obstáculo entre ellos de gran volumen y poca altura. Puede ver el cabello de la chica a través de la calva del obstáculo. Se siente en paz nuevamente.

Callao: Con gran habilidad, Mariano logra circunvalar al obstáculo con la excusa de dejar pasar a una señora, y vuelve a quedar de frente a Lucía. Esta vez, sus rostros quedan a escasos 34 cm. Sus cuerpos casi se rozan. Entra un nuevo malón de gente. Entre ellos, una embarazada. Siempre hay una por viaje, siempre hay una por vagón. Con la panza abriéndose camino entre la multitud comienzan los gritos desordenados de aquellos envidiosos que no lograron sentarse. “hay una embarazada, por favor, un asiento”. Algunos se hacen los dormidos, otros los que leen, y por fin aparece uno que le cede el lugar y posa para las cámaras. Hizo su buena obra del día y además ante mucha gente.

Facultad de medicina: Aspirantes a médicos, a odontólogos, a sociólogos, a futuros comunistas delegados de algún partido político universitario, a economistas capitalistas que se quejan de los anteriores, y otros tantos suben al tren.  Entre esta estación y la siguiente es donde se registra la mayor densidad poblacional del viaje. La calza negra que envuelve el muslo derecho de Lucía se apoya contra el pantalón de Mariano. Las caras se acercan unos 15 cm. Ella lo mira por un instante. Él, traga saliva y comienza a transpirar más de la cuenta.

Pueyrredón: El vagón está a punto de estallar. Mariano también, pero intenta serenarse. Las puertas se abren de su lado y la marea lo empuja aún más cerca de Lucía. La pierna derecha de ella queda estacionada entre las suyas. El perfume de Lucía comienza a diseminarse por el torso mojado de Mariano. Los ojos de ella pasean por cada parte de la cara de él. Se frenan en sus ojos por unos segundos, y continúan  paseándose. Se huelen. Ella está sentada sobre una baranda con sus manos sujetándola. La mano izquierda de él baja por el caño vertical y se frena cerca de la cintura de ella. El calor se vuelve mucho más intenso en ese metro cuadrado. El tren frena de repente como si el conductor fuera un cómplice del chico. La inercia trabaja como una gran aliada y los cuerpos chocan, explotan por un infinito instante y se reacomodan. Vuelven a chocar, esta vez más lentos. La mano derecha de Mariano se toma de la cintura de Lucía. La pierna derecha de ella se estremece cada vez más sobre la entrepierna de él que comienza a ganar volumen. Los corazones galopan desbocados a punto de salirse de los pechos endurecidos. Como dos imanes se juntan. Los alientos pueden sentirse, hasta escucharse. Se abren las puertas. Una mano ajena toca el hombro de Mariano y lo baja a la tierra. Una voz ronca pidiendo permiso atraviesa los cuerpos, los separa. En la confusión de las masas, vuelven a quedar separados Mariano y Lucía.

subte

Agüero: Se miran con vergüenza. Se miran con ganas. No llegan a tocarse. Entre ellos hay dos señoras a los gritos. Mariano comienza a impacientarse. Ya se había pasado hace algunas estaciones, pero no importaba. El problema era que no sabía cuando se bajaría ella. Tenía que actuar rápido, dejar una marca, abrir la boca, o cerrarla, en fin, hacer algo con la boca.

Bulnes: Estación clave en el recorrido. Muchas personas bajan aquí para ir al shopping. Él no lo tenía muy en cuenta, ya que nunca llegaba hasta allí. Las dos señoras parece que no estaban de ánimos para hacer compras y seguian conversando de modo muy efusivo entre Lucía y Mariano. Dos chicos con guitarras se disponen a amenizar el viaje con algunas canciones.

Scalabrini Ortiz: Mientras las señoras no paran de hablar, los aplausos para los músicos se hacen eco en todo el vagón.  Mariano saca un billete de cinco pesos y espera ansioso a que pasen el merecido sombrero. Si bien había lugar para esquivar a las cotorras, no sabía bien que decirle a la chica. Por un lado sentía que había pasado el momento para actuar, que había pasado su cuarto de hora. Cuando uno de los guitarristas se acerca, Mariano deja el billete, se acerca hasta su oído y le suelta unas palabras que solo ellos dos pudieron escuchar. El teléfono no se descompuso. Las mismas palabras llegaron impolutas hasta la oreja de Lucía. El rostro de la chica tomó color y los ojos se dirigieron por acto reflejo hacía los de Mariano. Fue la boca de ella la que por fin se abrió, sin ruido pero sonando fuerte, y modulando exageradamente se alcanzó a diferenciar lo que estaba diciendo.  El chico asintió e inmediatamente miró el mapa de las estaciones. Era la próxima. Las puertas y la suerte estaban de su lado.

Plaza Italia: Esta vez sí se abrieron las puertas del cielo. Primero las damas, pensó él, no tanto por caballero, sino por miedo a que no sea cierto. Lucía puso un pie sobre la plataforma y el corazón de Mariano volvía a cabalgar como algunas estaciones atrás. A los empujones entre la señoras que seguían conversando, bajo atrás de ella. Estaban frente a frente. Iba a abrir la boca para decir algo, cuando fue Lucía la que se abalanzó ante él y sujetando su cabeza empezó a besarlo tan intensamente que los labios se prendieron fuego. Los cuerpos se arqueaban, se ataban y se desataban ante las miradas sorprendidas de los pasajeros. Lucía tomó de la mano a Mariano y subieron las escaleras hasta la calle.

Caminaron dos cuadras apurados, queriendo apagar el incendio, entraron a un hotel y treinta minutos después estaban de vuelta en la calle. Mucho más tranquilos, con las manos libres. Hasta ese momento, él  nunca había podido abrir la boca, y quizás nunca tendría que haberlo hecho. No era necesario.

-¿Y ahora?-
-¿Ahora qué?-
-¿Qué hacemos?-
-¿Hacemos? Yo me voy a mi casa. No sé vos.-
-Puedo acompañarte si querés. Podemos comprar algo para tomar, o para comer.-
-No creo que sea una buena idea.-
-¿Por qué no?-
-Porque seguramente está mi novio en casa. No creo que a él le guste mucho esa idea. Chau suerte.-

Lucía se fue caminando sola, perdiéndose entre la gente, con la frente bien alto. Parado, solo, en la boca del subte se quedó Mariano, perplejo durante cinco minutos. Después, bajó las escaleras, y se fue. Silbando, pero no tan bajito.

 

El cuento fue publicado por primera vez en el blog Para las Abejas, que recopila toda la obra de Santiago López Quesada. Recientemente, una selección de sus escritos fueron editados como libro también, bajo el título Para las Abejas.

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