El gordo ameba de Gastón empezó diciendo que para ser macho hay que hacer cosas de machos y que hasta que yo no hiciera cosas de machos iba a seguir siendo un maricón. Qué maricones en este mundo sobran y que lo que hacen falta son huevos.

Le dije que yo no era maricón, que yo solamente hacía lo que quería y que había cosas que simplemente no me gustaban. Pero el gordo insistió y a él se le sumó Enzo que empezó a decir que yo era un maricón porque no me gustaba jugar al fútbol.

Estuvimos todo el camino apostando a quien era el más maricón de los tres. Ellos decían que era yo y yo decía que era Enzo porque la noche anterior había tenido pesadillas después de que el hermano de Gastón nos contara una historia de terror.

Después dijeron que si tomábamos en cuenta a todo el curso el más maricón era Bonilla porque tiene voz de mujer, después Morando porque es el mejor amigo de Bonilla, tercero Lucho que siempre llora cuando lo retan, cuarto yo y quinto el negro Albornoz que cuando vas a dormir a su casa te obliga a estar toda la noche con la luz prendida.

Decían que el mío era un caso que todavía no estaba perdido, que aún tenía posibilidades de redimirme pero que para eso había que hacer algo drástico. Ya no alcanzaba con que patee una pelota. Decían que la única alternativa que tenía un maricón como yo para dejar de serlo era disparándole a un pájaro.

Caminamos bien lejos de la casa, hasta un ombú gigante que queda en el medio de los pastizales. Un ombú que a la tarde se llena de pájaros que lo usan para pararse en sus ramas secas a descansar y mirar el sol.

Nos sentamos un rato en un tronco mirando fijo al ombú. Gastón me dijo que cuando a él le llegó la hora de hacerse macho su papá lo llevó a dispararle a unas botellas viejas que había en el galpón y que a mi ya me había llegado la hora.

Enzo cargó el aire comprimido, me lo dio y me dijo que cierre un ojo y que con el otro elija un pájaro.

Empecé a mirar a todos los pájaros intentando elegir uno. Buscaba uno que pareciera viejo, pensando en que ya había vivido su vida y que probablemente ya no tuviera mamá y por lo tanto no iba a haber ningún otro pájaro que lamentara su muerte.

Gastón y Enzo me apuraban e insistían con que yo ya era un caso perdido, que no había posibilidad de revertirme, que yo era el más cagón. Volví a recorrer con la vista toda la copa del ombú hasta que vi un aguilucho que me llamó la atención. Estaba parado sólo, sobre una de las ramas más altas del árbol. Tenía la cabeza erguida y el pecho inflado. Miraba fijamente al sol. Parecía tener el ceño fruncido, parecía estar serio. Parecía ser bien macho.

Lo miré fijo con el ojo izquierdo, apunté y BANG. Cientos de pájaros salieron volando para todas partes. Cotorras, teros, aguiluchos y chajás.

Gastón empezó a saltar como mogólico y a gritar “Le diste, le diste, lo mataste”. Enzo me abrazó torpemente y salió disparado hacia el árbol. Gastón y yo lo seguimos.

Sobre un charco de agua estaba el aguilucho. Ya no parecía tan fuerte. Ya no parecía tan macho. No estaba muerto, pero estaba lleno de sangre que mezclada con el agua y con el barro hacían parecer al pájaro un bicho patético.

Los tres nos quedamos mirando en silencio esperando a que su agonía terminara. El bicho intentaba abrir las alas, movía sus patas y la cabeza pero no lograba levantarse.

Sus movimientos cada vez eran más esporádicos hasta que en un momento dejó de moverse.

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