“Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no nos animamos a emprenderla, nos habríamos quedado para siempre al margen de nosotros mismos”. Fernando Pessoa

Los mismos lugares

Capítulo I

Me senté con el Panza y le pedí la ventana. No tuvo problema. El Panza nunca tenía problemas con nada ni con nadie. Eso lo convertía en una de las personas más agradables para convivir, para viajar, hablar, emborracharse, fumar, lo que sea. Era el mejor compañero que uno podía tener. Además era el más divertido, un imán en los fogones.

Las primeras tres horas, mientras subíamos y los oídos se tapaban no abrí la boca. Me quedé inmóvil con la frente contra la ventana y la mirada lejos, quieta, en pausa; escuchando las canciones que se sucedían en el mp3. De los Stones a Me darás mil hijos pasando por Los Redondos y alguna canción colada de Ismael serrano. Una jungla de música que viajaba por mi cabeza. Era la única persona despierta en todo el bondi además del chofer. De repente las montañas, los caminos y las flores habían desaparecido. Atravesábamos las nubes y el bondi se frenó. Pensé que se había perdido. Nos hizo bajar a todos alegando que no se animaba a manejar el resto del camino. Se venían horas movidas.

Nos subimos a otro colectivo, mucho más viejo y más pequeño que daba la sensación que a la primera piedra se desarmaría en mil pedazos. Solo un temerario podría dormirse. Me volví a sentar con el Panza. Está vez le dejé la ventana. El mp3 había agotado su batería. El bondi cruzaba a los saltos los precipicios. Tengo que admitir que empezaba a sentir miedo, vértigo, y bastante más culpa que la mañana anterior. ¿Y si se caía? ¿Y si nos moríamos todos ahí, en el medio de las montañas? El Panza leía como si nada. No aguante más.

  • Che panza, tengo que contarte algo.
  • Si, ¿qué pasa?
  • Me mandé una cagada.
  • ¿Qué pasó Coquito?
  • La cagué a Romi. ¿Viste las minas que conocimos el otro día en Salta?
  • ¿Las rosarinas?
  • Si, esas. Me quedé hablando toda la noche con una, la morocha petisa. La verdad es que empezamos a hablar, todo bien, sin pensar en nada raro y terminamos en la puerta de su hostel a los besos. Lo más loco es que en el momento no me importó, me dejé llevar. Recién ahora me cae la ficha. Me siento para la mierda boludo.
  • ¿Cuál es? ¿La que se parece a la hermana del sapo?
  • No, esa estuvo con Robert creo. La otra, la petisa tetona. Juli.
  • Ah sí, ya sé cuál es. Está buena. Bien ahí.
  • Ya sé que está buena panza, pero la cosa es que la cagué a Romi.
  • Sí, sí. Bueno tranquilo amigo, ya está ya lo hiciste. No te hagas la cabeza. No lo vuelvas a hacer y listo.
  • Si, gracias. Soy un boludo.

Admiraba el pragmatismo o la indiferencia del Panza ante estos temas. Por eso se lo conté a él. Sabía lo que me iba a responder. Sabía que me iba a tranquilizar un rato. El bondi también se había tranquilizado un poco y las cosas volvían a su calma natural. Un rato al menos. Todos hacemos el mismo recorrido. Con algunas variantes pero en definitiva todos vamos para los mismos lugares.

                                               * * *

Cachi es un pueblo de Salta muy pequeño, muy lindo con callecitas empedradas, las montañas al fondo, un cementerio muy pintoresco, una radio local, la plaza, la iglesia y un par de barcitos para comer y tomar una cerveza fría. No todos los jóvenes  mochileros iban para allá así que el camping era más familiar que en los otros pueblos. Era todo lo que necesitaba para ese momento. Un poco de tranquilidad. Mirar familias, parejas, grupos, mirar sus ritos, sus comidas. ¿Por qué mi papá nunca me había llevado de camping? Si le encanta la naturaleza. ¿Cuáles eran sus modas, sus costumbres? Me pasé toda la tarde mirando a la gente del camping. La familia de la carpa roja, con dos hijos pequeños que daban vueltas por todos lados, que se perdían. La pareja de la carpa azul, el chico leía, y su novia le mostraba hojas y flores y le explicaba cosas que él asentía casi sin mover los ojos del libro. Ella era feliz. Las tres amigas de la carpa blanca, que se reían casi sin parar, tomaban mate, jugaban a las cartas. Por último, el hombre grande, solitario de la carpa negra, pequeña como un ataúd, que tenía todo perfectamente colocado. El tender con ropa secándose, el vaso térmico, las ollas, los cuchillos, sal, y todo lo que uno tiene en su casa. Esa era su casa. Y la moto su pareja. A la noche hicimos unos fideos un poco más ricos que los de la noche anterior. Tomamos un poco de vino. A las once lo único que se escuchaba eran los cierres de las carpas, alguna risa de las tres chicas, algún reto de los padres, y nada más. Nos dormimos temprano, cansados, del viaje, de nosotros, de todo un poco. Tardé un rato en dormirme. Pensé en Romi, la extrañe. Pensé en Juli. La extrañé también. Pensé en mi cama, mi casa. Las extrañé muchísimo.

Me levanté temprano, descansado. El Panza tomaba mate con las chicas reidoras. Me sumé a la ronda, tímido. Era una mañana perfecta, con un sol cálido y un vientito tibio. Robert y Lucho seguían durmiendo. Siempre eran los últimos en levantarse. Entre el Panza y yo nos alternábamos. El primero en despertarse se encargaba de preparar el mate y comprar algunos bizcochos o galletitas. La sociedad funcionaba a la perfección. Para el mediodía, estaban todos despiertos y decidimos activar. Nos fuimos los siete, las reidoras incluidas, a comprar fiambre, pan y bebida y a dar una vuelta por el pueblo. Llevamos las guitarras, la quena y el cajón peruano. Las reidoras eran muy simpáticas. No eran muy lindas pero le ponían la mejor onda. Tenían buen porro además, y bastante más calle que nosotros. Eran de González Catán. Nos apodaron “los chetitos”. Ellas eran “las barriales”. Tardamos un rato en ponernos de acuerdo donde almorzar. Los avatares de la democracia, de la convivencia y de los viajes. Al final nos decidimos por la plaza, a la sombra. Estuvimos un rato largo. Comimos, fumamos, y tocamos un poco. Robert, que era un aprendiz con la quena, con la guitarra era todo un profesional. Yo le hacía la segunda, y cantaba. Lucho seguía el ritmo con el cajón. El Panza armaba cigarrillos, y hacía reír a todos. Las barriales se animaban con algún estribillo y con las palmas. Todos estábamos muy bien. Pasamos una tarde muy agradable. Después las barriales volvieron al camping para bañarse ya que más tarde había que hacer una larga fila para poder darse una ducha. A nosotros no nos interesaba demasiado estar limpios salvo a Lucho que se fue con ellas. El resto fumamos un poco más y fuimos hasta el cementerio. Los nombres de los muertos eran mucho más originales que los nuestros. Les dedicamos algunas canciones hasta que empezó a caer la noche y decidimos volver por miedo a que alguno de los finados decidiera callarnos.

 Había sido un gran día y la mejor manera de rematarlo era con un buen asado, vino y cerveza. Dejamos los instrumentos en el camping, buscamos plata y nos fuimos para la carnicería; Lucho, ya bañadito, Yami  que era una de las barriales, y yo. Compramos vacío, choris, morcillas y verduras para una ensalada. Además de varias cervezas y una damajuana. Era sábado y el camping se había llenado bastante. Robert y el Panza arrancaron con el fuego.  Abrimos las cervezas primero para que no se calentaran. Me acerqué al Panza. Yo estaba muy tranquilo, muy contento y quería estar cerca de él.

  • Panza querido. Que fueguito se mandaron.
  • ¿Lindo no? Estas ramas prenden como loco.
  • Está genial.
  • Che Coco. ¿Viste quienes llegaron?
  • Las rosarinas. La petisa morocha y las amigas.

De repente toda la calma, la tranquilidad que sentía, desapareció. Un huracán me retumbaba por dentro. Se me erizaron todos los pelos del cuerpo. No podía negar la emoción que sentía por saber que Juli estaba en el mismo camping. Era una sensación ambigua.  Por un lado quería que nunca hubiera existido aquel momento en Salta, deseaba no haberla conocido, quería estar tranquilo comiendo un asado con mis amigos y las barriales. Por otro lado quería que todos desaparecieran, y quedarme solo con ella, tomando algo, charlando sin parar, perdiendo el tiempo. Traté de disimular lo mejor posible.

  • ¿Cómo sabés? ¿Las viste?
  • Si boludo, las vi llegar hace un rato. Saludaron de lejos.
  • No te puedo creer. Que mala leche.
  • ¿Qué pensás hacer?
  • ¿Qué pienso hacer con qué?
  • Con la mina.
  • ¿Qué voy a hacer? Estoy de novio.
  • Está bien. O sea que está libre.
  • ¿Qué decís boludo? Más vale que está libre. Hacé lo que quieras. Pasame la birra.

No entendí bien que quiso decirme pero solo la idea de que la mina estuviese con el Panza me ponía muy nervioso. ¿Con tantas disponibles justo quería encararse a Juli? ¿O solo me quería joder?

Comí el asado con un nudo en la garganta. Me habían quedado atragantadas las palabras del Panza. No disfruté el vació, ni los choris, ni la cerveza. No disfruté de nada. Me reía por compromiso y para que nadie me pregunte si me pasaba algo. Odié al Panza como nunca. Había buscado serenidad en él y ahora quería vaciarle la damajuana encima y prenderlo fuego. Para colmo, era el centro de la ronda, el alma de la fiesta.  No pude soportar más. Excusé que tenía que ir al baño y me fui a fumar un cigarrillo lejos, a la oscuridad. Caminé hasta que no escuché las risas provocadas por él. Me apoyé contra un árbol con un vaso lleno de vino. Saqué los cigarrillos pero no estaba el encendedor. Se lo había dado a una de las barriales. Entonces  me acerqué hasta el primer grupo de personas que vi. No pude verles las caras hasta que estuve frente a ellas. A la primera que reconocí fue a la que se parecía a la hermana del sapo, un compañero de la secundaria. La que creía que había estado con Robert. Después la vi a la rubia narigona, que no paraba de hablar, y por último a Juli, que estaba más atrás ordenando algunas cosas.

  • Ey, que sorpresa, ¿cómo andan chicas?

La rubia narigona tomó la palabra para variar.

  • ¿Qué haces che? ¿todo bien?
  • Si bien. ¿Cuándo llegaron?
  • Hace un rato. ¿Qué onda este pueblo? ¿Medio embole no?
  • Qué se yo. Es tranquilo. A mí me gusta. Igual de noche no se puede armar mucho quilombo.

La rubia seguía hablando y yo lo único que quería era que se callase de una vez. Que se vaya a dar una vuelta con la “hermana del sapo”, y que me dejaran solo con Juli, que casi ni me miraba. Casi no me reconocía. Me estaba matando. Seguía ordenando, mirando de reojo. Yo intentaba hacerme el gracioso, el copado, el humilde, el poeta, cualquier cosa con tal de que al menos me dijera algo. Les pedí fuego. Me senté con ellas con su permiso a fumar un cigarrillo. La rubia seguía su interrogatorio.

  • ¿Che y tus amigos en que andan? ¿Por qué estás solo?
  • Están allá con unas minas. Yo quería estar un rato solo, tranquilo. –Pensaba que diciendo eso quedaba como alguien interesante, misterioso que prefería estar solo, contemplando la noche. También declaraba que el resto de las minas no me interesaban. Que elegía la soledad a las barriales.
  • Ah, qué onda, ¿no te divierten?
  • Si, son buena onda, pero tenía ganas de estar un rato tranquilo. –Sentía como la harpía rubia me estaba midiendo. Sabía mejor que nadie lo que estaba pasando y se movía como pez en el agua.
  • ¿Más buena onda que nosotras?
  • No, eso imposible. Ustedes son las mejores. – Cada palabra que decía me hundía un poco más. La rubia me tenía atrapado en su red. Había que cortarla abruptamente.
  • ¿Che, y alguno tiene onda con alguna?
  • No sé la verdad. Pero podés ir y confirmarlo vos misma. – Por fin la había callado. Podía tener un alto costo, pero no fue así. Por el contrario, vi como Juli sonrío tímidamente ante mi propuesta a la harpía para que vaya a confirmarlo. Para que se vaya a la mierda. De todas maneras recogí un poco el guante. No quería tampoco tenerla en mi contra. –Es chiste boluda, pasa que te veía muy interesada. Igual, si quieren vamos para allá, todo bien, tenemos vino.

Fue esto último lo que ablandó a la harpía. La “hermana del sapo” se moría de ganas de ir a ver a Robert; y yo esperaba que Juli sintiera lo mismo. Nos fuimos los cuatro para la ronda.

 Éramos diez en total. Nosotros “los chetitos”, las barriales que no se tomaron muy bien la intromisión de la “hermana del sapo” que ahora se llamaba Andrea, la rubia narigona harpía que se presentó como “poli”, apodo que le encajaba a la perfección; y por último, Juli. El ruido parecía haber llegado a Cachi. La noche recién empezaba. Quedaba todavía más de media damajuana, un fernet de las barriales sin hielo, y bastante porro. Las rosarinas no aportaban nada más que su presencia. Agarramos todas las provisiones, los instrumentos y nos fuimos lo más lejos posible para no molestar. Antes, sumamos al solitario hombre de la moto. Era un yankee que estaba viajando por todo Latinoamérica con su Harley. Tenía cuarenta y cuatro años, había dejado todo para cumplir su sueño de hacer de la ruta su vida. Hablaba poco español, pero parecía buena onda, y tenía whisky bueno. Con Morgan ya completábamos el equipo de once.

  • Ya fue. No caminemos más. Acá estamos bien, ya estoy cansada.- dijo Poli, que era una de las pocas que no cargaba nada.

Preferimos hacerle caso para no escuchar más sus quejas que habían empezado desde que tuvimos la idea de irnos del camping. Sacamos las guitarras para romper el hielo y de paso demostrar un poco de lo que éramos capaces. De lo que era capaz. Juli no conocía esa faceta de mí. Casi que no conocía nada de mí ni yo de ella, pero sentía una conexión que parecía venir de tiempos pasados. Desplegamos todo el repertorio de memoria, con una invitada de lujo. Andrea, “la hermana del sapo” tenía una voz encantadora y con cada nota desnudaba a Robert, y este la desnudaba con cada acorde. Se podía sentir el fuego entre ellos. También el frío entre Juli y yo. Una helada que se hacía cada vez más dura. Morgan la tenía atrapada con sus encantos obvios. Un cliché tras otro. Hacerse el boludo con el idioma, contarle de sus viajes, de su vida anterior víctima de un sistema opresivo, de su odio contra Bush, y todos los artilugios necesarios para levantarse a una sudaca que quiere ser hippie, que no cumplió veinte todavía y es la primera vez que sale de su ciudad natal. Mis clichés no eran competencia. Ni la guitarra, ni spinetta, ni mi morral de llamas ni nada. Era un nene de pecho al lado del motoquero que surcaba las rutas en su Harley. Y tenía que soportar además como una de las barriales, Sabrina, apoyaba sus manos en mi pierna, me cantaba con una voz horrible y me pedía canciones de los piojos. Todos la estaban pasando muy bien menos yo. Hasta Poli estaba mejor que yo. Dormía plácidamente sobre una bolsa de dormir. El Panza se cagaba de risa con Yami y La negra, las otras dos barriales. Lucho estaba compenetrado con el cajón. Robert y Andrea estaban cada vez más cerca. Morgan y Juli también. Yo miraba fijamente al Panza. Era mi única salvación. Ya no estaba enojado con él. Ahora me tenía que servir para luchar contra el yankee, lo quería de mi lado.

Tardó un rato en darse cuenta de que lo miraba. Tardó, pero me conocía bien, sabía lo que tenía que hacer.

  • Che Morgan, ¿Vos sabes tocar la guitarra? Tocate algo. Eu Morgan, morgui. Play guitar. ¿Sabes? – Doce años de inglés y el Panza no podía articular ni una frase.

Morgan no sabía tocar la guitarra, tampoco le interesaba. Lo único que quería era irse con Juli a su tumba negra, perfecta. El Panza no le daba tregua y seguía insistiendo. Le sacaba charla, le preguntaba cosas en un spanglish primitivo. ¿Cómo pude haberme enojado con un amigo como ese? Robert y Andrea dejaron la música para darle paso a los vasos, a los besos y a los abrazos. Yo largué la guitarra automáticamente y entonces Lucho se fue apagando hasta escuchar solo la charla incoherente entre el Panza y Morgan, con algunos bocados de Yami y la Negra. Sabri me seguía hablando de Los piojos. De los recitales en Atlanta con su vieja, y del tatuaje que se había hecho cuando ella murió con una frase de una canción. Golpe bajo que no pensaba recibir. Con la mayor elegancia posible desvíe el emotivo monólogo a la conversación general de la ronda, de la cual se había adueñado Morgan relatando una tras otra anécdotas de viajes de la forma que podía. El Panza y Lucho lo escuchaban asombrados. A cada relato, más presumido me parecía. No bastaba con querer levantarse a Juli que ahora quería robarse a mis amigos. No lo pude soportar. Otra vez me escapé a la soledad de la nada, con mis turbios pensamientos. No quería llamar la atención, solo quería estar un rato solo, intentando pensar en otra cosa, en Romi quizás, en lo que sea que me aleje de esa ronda que me resultaba patética. No dije nada. Me levanté y me fui. Nadie pareció enterarse. El viril motoquero seguía hablando de osos, de rutas cubiertas de hielo, y a todos se les caía la baba. Poli seguía durmiendo y Robert y Andrea hace rato nos habían dejado. Sentí envidia por ellos, después me alegré por él.

Me acosté en la tierra y saqué el atado chamuscado de cigarrillos. Esta vez me había percatado de llevar conmigo un encendedor. Volver a pedir uno sería desnudarme en histeria y celos. Pité profundamente, el humo entró por toda mi garganta y me llenó. Me puse a pensar en Romi. Lo mucho que la quería, lo buena que era. Me sentí como el culo por lo que le había hecho. Pero también pensé que de todo esto podía aprender, que esto me iba a hacer valorar más a la persona que era ella. ¿Debería contarle? ¿O tenía que hacer como si nada y seguir total había sido un simple beso? Todavía tenía varios días para darle vuelta al asunto. ¿Y ella, que estaría haciendo allá en Brasil? ¿Habrá estado con otro? No, no creo que fuera capaz. La extrañaba. ¿La extrañaba? ¿Qué mierda me estaba pasando? Hacía una semana llorábamos abrazados en Retiro sin querer soltarnos. Ella a lágrima suelta y yo en silencio. Y ahora estábamos más lejos que nunca. A miles de kilómetros el mar de la montaña. Estaba tan confundido que no podía llorar, ni hacer ninguna mueca. Solo fumaba mecánicamente, pausado, hasta que una voz me sacó de un tirón de ese estado.

  • Como habla este tipo, por favor. Qué pesado que es. Al principio era interesante, ahora ya me parece un pelotudo importante.

Me levanté de un salto. No llegué ni a medirlo. Fue tal la sorpresa de su voz que no pude disimular. Me acomodé frente a ella. Saqué un cigarrillo. Ella lo tomó y lo prendió. Yo seguía esperando. Lo había estado desde que la vi ordenando sus cosas en el camping. Pero ahora tenía la pelota en mi poder. Esta vez, la que me buscaba era ella, así que simplemente espere a que siguiera hablando.

  • ¿Vos en que andás? Haciéndote el misterioso acá solo.
  • También me cansé del yankee y me vine un rato acá a estar tranquilo a fumarme un cigarrillo.
  • Hubieran seguido con la guitarra que era más divertido.
  • Sí, lo que pasa es que estaban todos enganchados con las historias del tipo. Además Robert y Andrea estaban en otra claramente.
  • Uh si, ¿Cómo están esos dos no? Hasta las manos.
  • Hacen un buen dúo. – Le vi una pequeña sonrisa, igualita a la que me había regalado cuando enfrenté a Poli en el camping.
  • Es verdad. Igual podrías haber seguido cantando vos solo, y tu amigo con el cajón. – Ya quería tirarme encima. El mar había quedado lejísimos.
  • Puede ser. Pero pensé que ya era medio molesto.
  • No te hagas el humilde. No te sale.
  • No, no me quise hacer el humilde. Pero ya habíamos cantando bastante, tampoco queríamos aburrir.
  • Como digas. ¿Vos cómo estás?
  • – ¿Bien?, solo eso se me ocurrió contestar. ¿Qué era esa respuesta? ¿Qué significaba esa pregunta?
  • Ah, bueno, cuanta onda la tuya.
  • Es que sí, no sé, estoy bien. No sé qué querés que te diga. Tranquilo. – Titubeé, fui un boludo, un cagón, un descortés. No sé qué clase de táctica seductora es ser un pelotudo pero a mí me estaba funcionando.
  • ¿Qué quiero que me digas? Básicamente que me digas algo, que no te hagas el boludo. Hace dos noches terminamos a los besos y a los abrazos en Salta y ahora, desde que llegué a este pueblo que no me mirás, no me hablás, lo único que hacés es tocar la guitarra y cantar. Todo bien, te sale bárbaro, pero que te pensás, ¿Qué me vas a conquistar así, haciéndote el boludo, tocando la guitarrita? No flaco, hacete cargo de lo que pasa.

Yo no entendía bien que era lo que pasaba pero no tuve alternativa. Ella la tenía, a la pelota, a las pelotas que yo no. La besé con fuerza, como hacen los machos. La envolví toda, la cuidé, la revolqué por toda la tierra. Nos prendimos fuego. La apreté contra todo mi cuerpo. Le hice sentir de que estaba hecho. Incrédula, lo comprobó con toda su mano. Me agarró con fuerza, me lo estrujó. Me dolió, pero no me importó. Era su bronca que rápidamente se convirtió en calentura, y en suavidad. Yo le comí todo el cuello, le agarré el culo con fuerza, con las dos manos. Y después sus pechos. Dos tetas perfectas, redondas, no muy grandes, pero suaves. Entraban una en cada mano. Eran esponjosas y estaban tibias, paradas. Seguí investigando su pequeño cuerpo, simétrico y hermoso. Bajé por la espalda que se doblaba, se erguía y se volvía a doblar. Llegué hasta el culo, esta vez por adentro de sus pantalones de bambula,  lo masajeé, le clave las uñas. La mano derecho siguió camino al muslo y subió hasta encontrar la gloria, hasta humedecerse, hasta empaparse. Me quedé a jugar un rato ahí, a explorar como un niño. Los dos jugábamos, nos investigábamos, nos disfrutábamos. El fuego era cada vez mayor. Le bajé los pantalones hasta las rodillas, después los míos. Por un segundo quiso frenar pero ya era tarde. Imposible apagar tal incendio. ¿Que importaba que nos vieran? ¿Qué importaba el futuro? Le corrí la bombacha, me abalancé contra su cuerpo y cogimos, primero con fuerza y después bajando el ritmo de a poco hasta quedarnos quietos. En paz. Solo oyendo nuestras respiraciones. La luna seguía ahí arriba, las estrellas también en esa noche de Cachi. Los demás no sé dónde estaban. No nos importaba. Allá, las montañas no dejaban pasar al mar.

Los mismos lugares (capítulo II)

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