_ ¿Ya todos terminaron de hacer las actividades cuatro y cinco del libro? ¿Y por qué están hablando entonces? A ver, Sebastián ¿Se puede saber qué es lo que te resulta tan gracioso?…Dame ese papel. ¡Que me lo des, YA! Te estoy esperando Sebastián. Si te lo tengo que pedir otra vez, vas a ir personalmente a mostrárselo a la directora.

De pronto se acabaron todas las risas y los murmullos. No volaba una mosca en toda el aula. Vi como la cara de Sebastián fue tomando color a medida que la Seño Jorgelina iba deshaciendo uno por uno los pliegues del papel. Visto de atrás podía confundirse con una cara, o mejor dicho dos grandes ojos y una nariz gorda, prominente. Pero de frente, donde estaba Jorgelina, no había lugar a dudas. Era un pito, ancho, con dos testículos a sus lados. Lo miró con detenimiento, y creo que hasta con ganas por unos segundos, y luego, cuidadosamente volvió a plegarlo y lo guardo en su guardapolvos. Me pregunto si se lo habrá llevado para su casa. Me pregunto si alguien como Jorgelina tiene un marido, y si tiene hijos.

  • Cuando sea la hora del recreo, vos, te quedás acá. Vamos a hablar seriamente.

La última media hora hasta el timbre deben haber parecidos siglos para el pobre de Sebastián. Yo la disfruté un poco. Sobre todo porque sabía que durante el recreo, no iba a tener que padecerlo y podía jugar tranquilo con Lautaro sin que nos diga que somos novios y todas esas cosas que dice la gente que dibuja pitos. Salimos los tres, Lauta, Mica y yo juntos con la soga. Cuando pasaban cosas así en la escuela, no aceptábamos a nadie más en nuestro círculo. Necesitábamos debatir lo que había pasado entre nosotros tres. No queríamos intrusos. Y probablemente, a nadie le interesaba mucho estar con nosotros.

  • ¿Viste la cara de Sebastián cuando Jorgelina le pidió el papel?
  • Si, ja. Se puso todo colorado. Igual, no entiendo lo divertido de dibujar un pito.
  • Es gracioso, que se yo, Benito.
  • Para mi es estúpido. Un pito, ¿entendés? ¿Dónde está lo gracioso?

Cada vez que decía la palabra pito, Mica miraba para abajo. Yo no sé si buscaba uno, o si le molestaba que yo lo dijera, o le molestaba la palabra. Pero por las dudas, dejé de hacerlo. Aunque no funcionó.

  • Pará Mica, ¿Dónde vas?
  • Allá, con las chicas.
  • ¿Por?
  • No sé, me aburrí.
  • Perdón, no hablamos más de esto.
  • Después nos vemos.

Definitivamente le molestaba la palabra y que yo lo dijera. Ni siquiera caminaba como lo hace siempre. Eran diferentes los pasos, como pesados y decididos a alejarse.

  • ¿Qué le pasó?
  • Creo que le molestó que habláramos del dibujo Lauta.
  • ¿Vos decís? Para mi que está mal porque lo retaron a Sebastián.
  • Estás loco, ¿Por qué se va a poner mal por ese tonto?
  • No sé, por ahí le gusta. No tengo idea.
  • No digas boludeces Lautaro. Mirá si le va a gustar Sebastián.
  • No sé, yo solo digo.

Nunca había pensado en esa frase. Nunca había pensado en que alguien le gustaba a alguien. Pero las palabras de Lautaro me recorrieron como un escalofrío por todo mi diminuto cuerpo. Y se estacionaron en mi cabeza. No podía pensar en otra cosa que no fueran Mica y Sebastián, juntos. Haciendo todo lo que hacíamos ella y yo, pero en vez de mí, ese tipo, el que molestaba a todos, el que era grandote, el que dibujaba pitos. Lo contrario. Mi enemigo, creo. De repente lo odie mucho más que otras veces. Envidié su gran cabezota y los pocos pelos que le salen debajo de la nariz. ¿Por qué yo no tenía ningún pelo todavía? ¿Por qué no podía caminar sin doblar mi pie derecho? ¿Por qué cada cosa que hacía o dejaba de hacer Mica me importaba tanto? ¿Y porque lo que hacía Sebastián también? Le dije a Lautaro que me había olvidado algo importante arriba. No me pregunto que era porque sabía que era mentira, que no me había olvidado nada. Entonces me fui rápido hasta el aula saqué mi cuaderno y mi lapicera y dibujé un pito. Más chico que el de Sebastián pero igual de aburrido. Lo rompí en varias partes para no dejar evidencia, lo tiré en el tacho de cuarto grado y volví al recreo, preocupado por Mica, y por mí.

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