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Tilcara era todo lo que no necesitaba en ese momento si buscaba reflexionar, si quería estar tranquilo para poder alinear las ideas. Era una especie de Sodoma norteña. Un pueblo inundado de gente. Daba la sensación de que todos llegaban hasta allá y se quedaban anclados ahí, entonces se iba llenando hasta no dar abasto. La plaza completamente repleta de jóvenes enajenados. De pronto la calma del norte, de las montañas se había llenado de vicio, de cemento. Era el famoso enero tilcareño. Todos con sus botellas recortadas con vino, con fernet, con lo que fuere. No había bajado el sol y yo ya estaba dado vuelta. Se había formado una big band con dos guitarristas, un percusionista y miles de coristas que cantábamos los redondos. En ese contexto, envuelto en la furia ricotera me olvidé de todo, de los cerros de colores, de Juli, del futuro. En esa tertulia habíamos encontrado a las barriales. Me abracé a Sabri, la del tatuaje de los piojos y saltábamos juntos mientras agitábamos las manos. Me decía cosas al oído que yo no entendía bien pero me limitaba a asentir con la cabeza y con una sonrisa.  Nadie en la plaza daba tregua y mientras más tarde se hacía, mientras más caía la noche, más fuerte cantábamos. Era un descontrol que parecía controlado. Si bien había varios personajes que podían pasar los límites, la mayoría nos estábamos divirtiendo. No era necesario que aparecieran bloques de policías a pie, y otros a caballo a dispersarnos. Gentilmente nos invitaban a retirarnos a nuestras cuchas. Si algún perro se ponía mañero, la gentileza le daba paso a los macanazos, que aumentaban la fuerza de acuerdo al retobe del animal. Es probable que yo fuera el más miedoso de toda la jauría. Sin chistar nos corrimos de la plaza mientras veíamos como maltrataban a los más corajudos. Como golpeaban sus lomos, como tiraban sus botellas y su alegría a la basura.

Nos fuimos con las barriales y algunos más hasta una plaza más pequeña y alejada a seguir la fiesta. Sabrina nos comentó que la noche anterior había menos gente pero que la policía también los había echado de la plaza principal. Parecía que estábamos en estado de sitio, era realmente triste ver como nos dispersaban como si fuéramos terroristas a punto de provocar el caos. Nos volvieron a encontrar, y esta vez, con una amabilidad mentirosa nos invitaron nuevamente a retirarnos. Uno de nuestros nuevos amigos sugirió una peña de folclore donde había vino, baile y no entraban las tortugas ni los caballos. A bailar zamba y carnavalito fuimos.

No duré mucho en la pista. A los veinte minutos de haber entrado a la peña, todo el vino y el miedo anterior me subieron y solo logré contenerme hasta la puerta. Como pude, fui hasta la vereda y empecé a vomitar sin parar. Me salpiqué las piernas enteras. Alguien me sostuvo para que no me cayera y puso su mano en mi frente. Yo no paraba de vomitar. Escuchaba la voz de una mujer que me hablaba, que me pedía que fuéramos para adentro. Mi cuerpo solo temblaba, ella insistía en que era peligroso estar ahí en la calle en ese estado. Cuando le di un respiro al estómago, me agarró fuerte de los brazos y me llevó hasta la peña. Adentro la música y los gritos me revolvieron nuevamente. Me arrastró hasta el baño. Ahí las voces se duplicaron; ahora eran un hombre y una mujer discutiendo sobre mi deplorable estado. El hombre le decía a la chica que me llevaran afuera a tomar aire a lo que ella le replicaba que era peligroso por los policías que andaban dando vueltas por todo el pueblo. Finalmente, me sentaron en un pequeño patio que había al fondo de la casa y me trajeron una botella de agua. Me dormí apoyado sobre una maceta mientras los demás bailaban, divertidos, vivos.

                                                                   *  *  *

  • Como estabas ayer hermano. Hace rato que no te veía así. Mirá lo que es tu cara, estás hecho mierda. – Además de tener un elefante encima me tenía que bancar a Lucho que me hablaba como una tía vieja. – Te pasaste anoche, era triste la escena. Vos vomitando y la mina está que te quiere coger hace rato, sosteniéndote. Era patético. Te limpiaba como si fueras un bebé, como si fueras su hijo. Si todavía te tiene ganas es un milagro.
  • ¿Qué pasó ayer? ¿De qué mina me hablas?
  • Pobre piba, te limpió, te llevó de acá para allá, y te trajo conmigo hasta la carpa.
  • Que desastre, pobre Sabri. ¿Y los demás?
  • Robert se había ido temprano y el Panza se fue con una mina.
  • ¿Y ahora dónde están?
  • El Panza no volvió todavía, ni idea donde se metió. Y Robert está en el cyber. Yo si fueras vos también iría, Romi no es boluda.

Tenía razón, ya habían pasado varios días. Era el momento de reportarse antes de que todo se fuera a la mierda.

Coco, ¿qué onda? Yo entiendo que estas viajando con tus amigos y no es mi intención joderte tanto con los mails, pero tampoco la pavada ¿no? Hace varios días que no me mandas nada, ni siquiera me contestaste el mail que te mandé hace bastante. ¿Te pasa algo? Si es así me gustaría que me lo digas, pero está incertidumbre me está matando. Prefiero que me digas que no me extrañas, que no me amas más, pero por favor decime algo aunque sea. Me estoy volviendo loca, encima la estoy jodiendo a Belu y tampoco se merecen ni ella ni Lucho que yo les rompa las bolas preguntando por vos. No sé, quizás te parece exagerado lo que digo pero la verdad es que no te la puedo caretear. Ya no sé qué pensar. No puedo disfrutar mis vacaciones sin saber nada de vos, de lo que te pasa, de como estas. Te pido de corazón que me contestes algo, que me digas la verdad, y te pido perdón si te parezco muy pesada.

Espero que la estés pasando muy bien.

Te mando un beso enorme

Te amo, Romi.

Era el segundo de los mails que me había mandado desde aquel último que había leído en Salta. Era un baño de realidad, un balde de agua helada cayendo por todo mi cuerpo en el sopor del calor tilcareño. Podía sentir la desesperación en cada palabra, y la tristeza en todo lo que no se había animado a decir. Podía verla llorando en silencio frente al teclado, con los ojos húmedos, con las lágrimas bajando lentas, metiéndose saladas entre sus labios temblorosos. En el reflejo del monitor vi mi cara, seca, sin llanto. Era una imagen triste de mí. No había espejos en los campings, en las montañas, en los vicios. Recién ahora me podía ver después de varios días, en el rincón de una computadora.

Hice y deshice el mensaje varias veces. Al final terminé dejando varias puertas abiertas a lo que ella pueda o quiera entender o decodificar de una respuesta tan mentirosa como verdadera.

Romi, ¿Cómo estás?

Antes que nada, te pido perdón por haber tardado en responderte, no era mi intención joderte ni mucho menos. La verdad es que no hay una causa por la cual no te respondí antes. O quizás sí. Quizás no sabía bien que decirte y podía parecer medio forzado. Por otro lado entiendo que no me costaba nada reportarme. Además tenes razón en que ni Belu ni Lucho tienen que hacerse cargo de nuestra comunicación.

Te voy a ser sincero. Quizás es que estoy en mi primer viaje con amigos y la cabeza se me está abriendo a muchas cosas nuevas, pero la verdad es que no sentía necesidad de responderte. No es que no te extrañe, de hecho pienso mucho en vos, pero acá estoy un poco en la mía y creo que está bueno que sea así, no sé, puede parecer raro pero es lo que siento. Está todo bien Romi, pero prefiero disfrutarlo así y después contarte todo cuando nos veamos. Por otro lado también me gustaría que vos disfrutes de tu viaje, de tus amigas y que no te preocupes por mí. Ya vamos a tener tiempo para estar juntos y contarnos todo linda. Ahora pasala increíble los últimos días y no te enrosques mi amor que está todo bien.

Te mando un beso grande!

Te quiero

Coco

Mostré la ambigüedad del cagón. Me hice el reflexivo, el hombre libre para no admitir que me tenía agarrado de las pelotas la primer mujer que se me cruzó en mi mambo norteño socialista. Lo releí una vez mandado y me sentí mal. Me puse a escribir otro donde confesaba todo pero no me animé a enviarlo. Mejor era esperar. Para los cagones siempre es mejor esperar.

                                                                 *  *  *

La caminata hasta la garganta del diablo la padecimos. El calor quebraba la tierra y las ganas, pero eran vacaciones, era Tilcara, y era un paseo obligado. Después de caminar errantes durante dos horas por el desierto montañoso llegamos a la cascada que se erguía como un oasis. Decenas de cabecitas buscaban su bendición, su bautismo. Era sanadora. Era la diosa agua, que apagó el fósforo que yo tenía por cerebro.

Ya frescos y a la sombra de una cueva que había quedado vacante sacamos las latas de paté, el pan y un paquete de papas fritas descolorido. Teníamos agua fresca que habíamos llevado en los termos.

  • Che coco, nunca contaste como fue que terminaste con Juli esa noche en Salta.
  • ¿Qué queres que te cuente Robert?
  • Que nos cuentes que pasó, como te enganchaste tanto. Si te la cogiste ahí nomás.
  • ¿Para qué queres saber?
  • Porque somos tus amigos chabón. Quiero saber, ¿tanto te jode?
  • A mí no. Pero me parece que a alguno sí.

Robert no estaba muy al tanto de lo que me pasaba. A él le servía que yo esté con Juli, le hacía la segunda con Andre. No tenía idea si me arrepentía de esto, si estaba hablando con Romi, si a Lucho le jodía. Y era claro que le jodía. Y yo con mi gran bocota se lo tuve que refregar.

  • Si lo decís por mí, contá lo que quieras. Ya sabes lo que pienso. Sos libre de hacer lo que se te cante el culo, y quédate tranquilo que no voy a decir nada.

Lucho seguía decididamente ofendido. Yo no tenía idea de su excesiva moral, y de a poco ya me empezaba a cansar. Por suerte para mí, para la tarde, para la anécdota, se levantó y se fue a caminar por ahí. No atiné a frenarlo ni mucho menos. En cambio, empecé con el relato.

  • Bueno, ahora que se fue la madre teresa les cuento si quieren. Estábamos en el bar ahí en la Balcarce. Cuando El Panza y Lucho se fueron para el boliche con las otras minas, yo me quedé con vos, las rosarinas y los dos locos que conocimos en Cafayate. Los que tenían la banda de reggae. Ahí ya estábamos hablando con Juli, y con uno de los pibes. Cuestión es que se empezaron a ir todos a la mierda, y nos quedamos nosotros tres en la mesa. La charla estaba muy interesante, nos estábamos cagando de la risa. De entrada me pareció muy copada ella, pero la verdad es que yo no pensaba en hacer nada. Solo quería pasar un buen rato, conocer gente nueva; en fin, la cosa es que en un momento Juli se levanta para ir al baño. Ahí el loco me pregunta qué onda con ella, yo le contesto que nada, y el insiste y me dice que es obvio que ella está caliente conmigo, que se nota, por como me mira, como se ríe. Y que además sino se fue con las amigas por algo era. Yo le digo que quizás era por él y no por mí, aunque en el fondo sabía que no era así.  Me pregunta si yo quería que se vaya para dejarme solo con ella. Le digo que me daba lo mismo, que igual no tenía pensado hacer nada. Se ve que mucho no le importó lo que le respondí porque se fue igual diciendo que estaba de más ahí, que la mina había hecho todo el acting del baño para que se dé esta charla entre nosotros. Le pedí entonces que si era así que se quede porque no quería quedar como un boludo. Pero ya era tarde, me saludó, dejó unos buenos mangos y se fue. Al toque llegó Juli, preguntando sorprendida por el chabón, o actuando la sorpresa, como si hubiera estado armado entre ellos, tácitamente. Ni idea que le dije pero nos pedimos otra birra y seguimos hablando como sí nada, con total naturalidad. Como si nos conociéramos hace muchos años. Nos cagábamos de la risa, en ningún momento hubo silencios incómodos ni nada. Seguimos hablando y tomando hasta que se nos acabó la guita y ya estábamos bastante borrachos. Ahí me invitó a fumar un porro a algún lugar. Ya estaba amaneciendo. Como en las dos plazas por las que pasamos había un par de policías fuimos hasta la puerta de su hostel y nos sentamos en el umbral a fumar y seguir hablando. Y bueno terminamos a los besos ahí, un rato más, hasta que se fue a dormir.
  • ¿Pero no te la cogiste entonces?
  • Esa vez no. No sé porque. Me dijo que quería irse a dormir, que estaba cansada, y que sé yo, tampoco me daba para insistirle. Además, yo sabía que me estaba mandando una cagada. Tenía un poco el freno de mano puesto.
  • ¿Y ahora qué pensas hacer con todo esto?
  • No tengo la menor idea Robert, tengo un quilombo en la cabeza. La última vez que hablamos, en Purmamarca, se le dio por hacerme planteos. La mina está enganchada boludo, en serio.
  • ¿Y vos?
  • Y…un poco también. Bastante creo.
  • Suerte papá. Disfrutá estos días entonces que después se te viene la noche.
  • Gracias por la onda, sos un amor, la puta madre.

Nos quedamos callados, un rato. Me sentía cansado, por la caminata, por la anécdota, y sobre todo por pensar en lo que se venía. Metí la cabeza por última vez en el pequeño río que se desprendía de la catarata. Cuando volvió Lucho no hubo que decir nada para entender que era la hora de volver, en silencio para el pueblo. Durante la caminata no abrí la boca, puse mi mente en una especie de limbo y escuchaba casi sin pensar las pocas palabras que se decían Robert y el Panza. Nada trascendental, solo algunos intentos vanos de cortar la incómoda atmósfera entre Lucho y yo.

Cuando llegamos al camping me metí en la carpa a intentar leer un poco pero fue inútil. No quería hablar con nadie, no quería comer, ni tomar mate, ni fumar, ni mucho menos tocar la guitarra; por eso rechacé amablemente la invitación de Robert. Quería estar solo, encerrado. Quería estar conmigo. Traté de poner la cabeza en otras cosas. Me puse a pensar en mi primera noviecita de la infancia, en las vergüenzas que pasábamos juntos, en la vez que nos tomamos la mano y como me corrió la cara cuando intenté darle un beso en la boca. Me acuerdo como si fuera hoy con la naturalidad con que me esquivó y siguió hablando de otra cosa. Unas cuadras más tarde volví al ataque, y nuevamente la gambeta. No me importaba, podíamos caminar mil cuadras, podía intentar mil veces, teníamos todo el tiempo por delante. Finalmente, cuando ya nos habíamos alejado lo suficiente para que ningún adulto distraído nos viera, me regaló su boca, sus pequeños y rosados labios finitos. Fue un beso corto, casi impalpable, pero fue el primero, fue el que inauguro todos los demás besos que se vendrían. Fue un noviazgo fugaz, pero no porque nos hubiéramos desencantado, sino porque su padre había sido llamado para trabajar en otro país. Ella siempre lo supo, pero no me lo dijo hasta el día anterior al viaje. Lloré como un chico, como lo que era, pero solo. No quería que nadie me viera llorar por una chica. Me sentí engañado. El primer engaño, el inaugural. Muchos años después nos volvimos a cruzar en un cumpleaños, ya crecidos, ya engañados y desencantados por otros amores. Ella intentó besarme, y le corrí la boca. Yo estaba de novio, con Romi. Y no pensaba engañarla.

                                                           *  *  *

Faltaban cuarenta minutos para que saliera el bondi. Ya no aguantaba más Tilcara, su resaca, su plaza llena de vicios, sus policías, su calor.  Me prometí volver otro año para amigarme, pero ahí, ese día, odié Tilcara. Lo más triste fue que ni siquiera me había cruzado con Juli.

Capítulos anteriores: Los mismos lugares (capítulo II)

                                          Los mismos lugares (Capítulo I)

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