“¡Quién diría que las manchas viven y ayudan a vivir? Tinta, sangre, olor… ¿Qué haría yo sin lo absurdo y lo fugaz?”

Frida Kahlo.

¡¿Queda manchado para siempre?!– preguntaba angustiada.

“La mancha de ciruela no sale con nada, así que comé con cuidado”, me decía mi mamá cuando era chica y no tan chica también. Recuerdo comer esa pequeña fruta con un terror exagerado, como si estuviese a punto de apretar el botón más importante del mundo. La ciruela era dulce, si había suerte; o extremadamente ácida si mamá había elegido la fruta con desgano. Era una aventura azarosa esa de hincarle los dientes a una ciruela.

A lo largo de mi vida mi madre me haría otras advertencias con respecto a otras cosas que dejan huella. Cosas más complejas -y más ácidas- que las ¨ciruelas que manchan para siempre¨. Me advirtió sobre los peligros de la envidia, los estragos de sentarme encorvada, la importancia de la crema facial humectante a partir de los veintitrés, lo doloroso de la traición y lo imperdonable de mi mal humor y mi propensión natural a la manipulación. Como todas las madres un poco me cagó la vida y, otro poco, me la salvó.

A los veinte años me enteré de lo que significaba la palabra mácula. Se viralizó un video de cuatro pibes con suéter color pastel cantando que amaban a una tal Laura a la que se querían coger mucho, pero iban a esperar hasta el matrimonio. Adelante mis valientes, pensé entonces, pero lo que me llamó la atención fue la frase que aparecía al final del video en tipografía amarilla sobre fondo negro: “Por una juventud sin mácula”. ¨¿Qué carajo es mácula?¨, de todas las cosas que me molestan, no conocer una palabra es una de las que más.

“Del latín macŭla, «mancha»”, me explicó Google. Ah, pensé. Si cogés antes de casarte te manchás para siempre, como cuando mordés una ciruela demasiado jugosa y chorrea; o se te escapa el bocado que acabas de arrancar con los dientes o se resbala el carozo. Seguí adelante con mi vida y un año más tarde sucedía lo prohibido. Fue en un caluroso cuarto barcelonés bajo los efectos de un porro mezclado con tabaco armado por un brasileño del que me enamoré perdidamente, y que fue después mi novio durante algunos años.

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Me animo a decir que hasta ese momento mi remera estaba impecable, sin ningún tipo de mancha, ni siquiera una gotita morada. Pero a partir de ese episodio furtivo y lleno de ternura y susurros al oído, comencé a soltar el terror que me producía morder frutas jugosas. Además, empecé a entender qué era lo que las hacía dulces y desarrollé técnicas para elegirlas mejor. Años más tarde, me animaba a las frutas exóticas, a esas que no se sabe bien cómo comer o describir su sabor; las más confusas y difíciles de olvidar.

Ahora tengo más años acumulados y sé que hay un montón de cosas que manchan y no salen con nada. Para mí, una ex obsesa del consumo inmaculado de ciruelas, las manchas no son ya una amenaza sino una parte importante de lo que soy. Si el quitamanchas no puede contra ellas es porque llegaron para reivindicar alguna causa olvidada y sumarse al collage kitsch que suele ser nuestra identidad. No me importa si mi remera blanca está llena de puntitos o manchones violetas -tampoco si la fruta no fue tan dulce como me hubiera gustado-. Miro para abajo y sonrío; qué buenas estuvieron todas esas frutas.

 

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