La ligué de rebote. Por curioso que soy. Tendría que haberme quedado con Mica, más lejos. Eso me pasa por hacerme el valiente. Yo no sirvo para eso. Ni que fuera uno de los que peleaba. Solo quise acercarme para ver la pelea de cerca, para impresionar a Mica. Me acerqué tanto que uno de los codos del gordo Salvatierra fue a parar directamente a mi nariz. El codo del gordo es casi tan grande como mi cabeza así que pueden imaginarse como quedó mi nariz. Los dos agujeros se abrieron como dos canillas. Con lo chiquito que soy, el desmayo era cuestión de segundos.

Cuando por fin abrí los ojos había varias cabezas examinándome como si fuera un bicho raro y abanicándome como si fuera un rey. El profe Eduardo de gimnasia intentaba tranquilizarme, aunque yo estaba más tranquilo que de costumbre. Jorgelina, no paraba de gritar y preguntarle a Dios como había ido a parar el codo del gordo Salvatierra a mi nariz. Y el mismísimo gordo pidiéndome perdón obligado por Jorgelina. También había varios curiosos en primera fila, pero no estaba Mica. Había quedado rezagada, apenas veía su ojo derecho y parte de su cachete y boca entre la cabezota de Martinez y la oreja del profe Eduardo.

Aproveché mis minutos de fama y me quedé un rato tirado en el piso del patio. Nunca en los cinco años que llevo en esta escuela, hubo tanta gente interesada en mí, con excepción claro de aquella vez que sufrí un percance natural del cual no pienso ni quiero acordarme ahora. Como decía, era mi momento de gloria. Me ofrecieron Coca, y un chocolate. Algo del azúcar decían. No me importaba, yo la disfrutaba aunque estuviera tibia y tuviera la baba de Barsotti. No hay caso con él, babea todo lo que se le acerca a la boca. Un día tuvo la feliz idea de saludarme con un beso. Culpa de mi mamá y de la suya. “Dale un beso a Benito, dale no seas tímido”. Es el día de hoy que sueño con esa baba llena de Coca-Cola que se me pega en el cachete. En fin, ahí estaba yo mimado por un montón de gente que horas atrás ni recordaban mi apellido. Estoy convencido de que una gran mayoría sigue pensando que me apellido “Camelas”, algo que voy a agradecerles de por vida a mis padres.

Estuve haciéndome el enfermo un rato más hasta que dejé de ver a Mica entre la gente. Paradójicamente me empecé a sentir mal por no verla. Me quise levantar para ir a buscarla pero una gran mano con dedos gruesos y peludos me frenó. La mano me decía que era peligroso, que me quedara un rato más en el piso. Para mí lo único peligroso era dejar que Mica se fuera. “Seguramente se haya ido con Sebastián” pensé yo. Sebastián es mucho más valiente y fuerte, y no se desmaya ni aunque todos los codos juntos de sexto y séptimo le peguen en la cara. No puedo competir contra eso. No puedo competir contra nadie si de fuerza se trata.

Le mostré a la mano peluda de todas las maneras posibles que ya estaba en condiciones de sumar, restar y caminar por mis propios medios. Por suerte me creyó y se fue. ¡Libertad!

Me levanté rápido, como si nada hubiera pasado, y me puse a caminar en dirección al aula. No llegué a dar ni dos pasos que la voz inconfundible de Jorgelina me hizo frenar de golpe. Ella tiene el poder de frenar de repente a la gente con su tono de voz. Tan solo escuchar ese estridente tono, uno ya se paraliza. Son como dardos tranquilizantes.

  • ¡Benito! ¿A dónde creés que vas?
  • Al aula Seño.
  • Decime una cosa, ¿vos no te acabás de desmayar?
  • Eh, sí.
  • ¿Entonces? Te tenés que quedar tranquilo acá, que ya está viniendo tu mamá.
  • Pero ya estoy bien.
  • Eso no lo decidís vos querido. Vení para acá.

Ahora que sabía que Jorgelina estaba acá y no en la calse, más que nunca tenía que ir hasta el aula. ¿Estaban solos? ¿O había alguien cuidándolos? ¿Mica estará hablando con Sebastián? ¿Por qué haría eso si nunca estaba con él? ¿Por qué desde el día que Sebastián tuvo la magnífica idea de dibujar un pito, yo pensaba que a Mica le gustaba él? ¿Qué sentido tenía eso? Todo esto es culpa de Lautaro. Él me metió esa estúpida idea en la cabeza. Y ahora no me la puedo sacar.

  • Pero Jorgelina, tengo que buscar mi mochila.
  • Quedate tranquilo que ya mandé a alguien para que te la baje.
  • Pero es que está también mi vianda, y seguro se la olvidan.
  • Basta Benito, no vas a ir. Te vas a quedar acá tranquilo hasta que venga tu mamá. Y yo me voy a quedar con vos así le cuento bien lo que pasó. Porque te conozco, y anda a saber qué es lo que le contás.

Somos 26 en todo el curso. Descontándome a mí, a Morano y Juan Cruz que creo que faltaron había 23 opciones para bajarme la mochila. Las probabilidades eran realmente bajas. En general, en momentos así me vuelvo religioso, y le imploro a todos los santos para que las cosas se den como yo quiero. Pero esta vez no hacía falta creo. Yo confiaba en Mica. Confiaba en que no iba a dejar que cualquiera se haga cargo de mis cosas.

De lejos lo primero que distinguí fue una pollera. ¡Era una nena! Mientras se fue acercando fui reconociendo una por una todas las marcas que hacen que Mica fuese Mica. El mechón de pelo que le cae sobre el ojo derecho, el buzo con la pequeña mancha en uno de los hombros, la cicatriz en su rodilla que tiene desde que era bebé, y su manera erguida de caminar, como si sostuviera un libro con la cabeza.

Mientras más cerca estaba ella, yo más transpiraba y mi corazón rebotaba como una pelota saltarina. Había recuperado el color de la cara. Más aún, creo que lo había superado por mucho. No quedaban rastros del pálido cuerpito que un rato atrás agonizaba en el patio frío.

  • Beni, ¿Estás bien?
  • Sí.
  • Qué bueno. Acá están tus cosas.
  • Gracias Mica.
  • De nada.
  • Vos, ¿Cómo estás?
  • Qué bueno.
  • Sí. Te dejo que tengo que volver al aula. Chau

Me dijo chau y me dio un beso. El primer beso que me dan en el cachete y que siento en todo el cuerpo. Casi me desmayo otra vez.

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