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“En la punta de aquel cerro hay una planta de albahaca, si usted no me da la propina, usted no se va de Humahuaca”

Así decía la copla con la que nos recibió un niño coya en la plaza de Humahuaca, en las escalinatas debajo del gran indio. Amablemente le dijimos que no teníamos plata, lo cual era bastante cierto. Al menos no para andar regalando propinas. El insistía con su profecía. No le hicimos caso. Finalmente se fue a probar suerte con otros.

El clima estaba bastante tenso. Por momentos seguíamos viajando solamente por la inercia que nos daba el camino. Ese día faltaban ganas hasta de jugar al truco, hasta de tocar unos temas. En esos momentos de tensión hay dos cosas por hacer para limar la mierda. Se puede dar un paseo reconfortante, ir hasta una montaña, empezar a tocar una canción cómplice, que salga la mejor versión, y luego volver con la sonrisa puesta, sin necesidad de abrir la boca. Pero como empezaban a caer las primeras gotas mejor era la segunda opción, así que después de armar las carpas en el medio del camping, juntamos las monedas que le habíamos escatimado al niño, hicimos una vaquita y fuimos al bar más barato,  a emborracharnos hasta ablandar la lengua. La amistad lo merecía, así que caminamos unas cuadras hasta el barcito más cercano al camping, antes de cruzar el río que pasaba violento arrastrando lo malo, lo bueno, lo que se le pusiera a su paso.

El Panza pidió dos cervezas y sacó las cartas. Nadie se opuso. Tiramos a reyes, y me tocó con Robert. Se escuchó mi suspiro y el de Lucho. Partido, revancha y bueno, por las birras, por el orgullo, por todo. Estaba muy confiado, mi compañero era muy competitivo, y un gran jugador de truco; y El Panza pasado cierto tiempo se aburría y se ponía a mentir descaradamente. Esto haría enojar a Lucho, que con sus pocas pulgas y su excesiva y flamante moral lo empezaría a pelear hasta desarmar el equipo y allanarnos el camino para la victoria. Dicho y hecho. El primer partido lo ganamos fácil. Yo ya empezaba a cancherear y sentía en el cuello las miradas de odio de Lucho. En el segundo ellos tomaron una pequeña ventaja. Decidí bajar un poco los humos y concentrarme. Robert jugaba por la birra, El Panza por el juego y el momento, y Lucho y yo buscábamos aplastarnos mutuamente. Llegamos palo a palo hasta el final. Ellos a dos puntos, nosotros a tres. Levanté las cartas y sentí una felicidad que aumentó cuando vi la cara de Robert y sus muecas. Esa última mano fue una verdadera batalla de trucos y retrucos, envidos y demás. Cuando terminé por apoyar el siete de espadas sobre su tres, no pude contener mi alegría y salté de la silla gritando. La reacción de Lucho fue instantánea. Me pateó la silla a la mierda. Yo trastabillé pero pude mantenerme en pie sosteniéndome de la mesa. Cuando lo miré, se levantó y se fue para la calle. Fui atrás suyo.

  • ¿Qué te pasa pelotudo? ¿Estás caliente por qué perdiste? ¿O por otra cosa?
  • No te hagas el vivo.
  • Pero en serio te digo. ¿Tanto te jode lo mío con Juli? ¿Desde cuándo te la tiras de moralista? ¿O acaso te jode por que vos también tenes ganas?
  • No digas boludeces porque te voy a cagar a trompadas.
  • Qué te haces el malo, boludo.
  • No me hago el malo, imbécil. Pero ya me estas cansando.
  • ¿De qué te estoy cansando?
  • De hacerte el vivo, el capo, el que va contento por la vida sin que nada le importe. Ya vas a ver cuando llegues a Buenos Aires. Te vas a querer matar. Salame.
  • ¿A quién le decís salame? Pelotudo.
  • A vos. Sa-la-me.

Lo remarcó bien, sílaba por sílaba para que me quede bien claro. Lo entendí perfecto, y actué en consecuencia. Lo empujé y se patinó por el pasto mojado por la lluvia. Verlo caer, indefenso, en otro momento me hubiera hecho reír como un loco, pero en ese momento me hizo sentir para el culo. Se levantó y se me puso bien cerca mientras me amenazaba. Me escupía literalmente una puteada tras otra. Cada insulto era un nudo más en mi garganta, que aguantaba como podía el paso de las lágrimas, hasta que toda esa defensa se vino abajo cuando El Panza separó a Lucho de mí. No recuerdo hace cuanto tiempo que no lloraba de esa manera, por los ojos, por la boca, por la nariz. Por todo mi cuerpo que se sacudía en espasmos. Tenía la cara llena de mocos, las mangas del buzo empapadas. El Panza seguía tranquilizando a Lucho, y Robert miraba incrédulo la escena. Era una tarde lluviosa, horrible, fría, las montañas se ocultaban atrás de las nubes, de repente parecía que estábamos en las afueras de Buenos Aires y no en un pueblo del norte de vacaciones. Habíamos llevado la amistad hasta ese límite. Casi hasta la destrucción. Dos amigos peleándose nunca tiene un ganador. De todas maneras, el llanto que brotaba de toda mi cara parecía arrastrar mucho más, traía a cuestas todo el verano; como lo hacía el río a pocos metros. Fui bajando de a poco hasta secarme, hasta agotarme. También Lucho fue perdiendo la fuerza, el enojo. Robert miraba como un chico mira a sus padres pelear. Con el miedo de que ya nada vuelva a ser como venía siendo.  Y el Panza, que nunca dejaba de ser el Panza.

  • Doble o nada ¿Se la bancan?

Volvimos los cuatro al bar. Un pequeño abrazo y un perdón de parte de los dos pusieron las cosas en orden. Ya habría tiempo después para hablar mejor. Estaba oscureciendo y llovía cada vez más fuerte. El camping a esa altura seguro ya era un barrial. No había otra cosa que hacer que seguir tomando, quizás morfar algo, y jugar a las cartas. En la mesa de al lado había cinco tipos completamente dormidos sobre la mesa. Sus cabezas se acomodaban súbitamente entre las decenas de botellas. Se quedarían allí hasta que uno se despertase y decidiera irse, o levantara al resto y decidieran irse, o quizás se despertaran y siguieran tomando. Por el momento eran parte de una escenografía pintoresca de honda melancolía que se mezclaba con el altísimo volumen de la cumbia norteña. El mismo alcohol que encendía las heridas, parecía ser que también las cerraba.

Salimos del bar algo curados, bastante borrachos y con muy poca plata. Afuera la tormenta caía cada vez más fuerte y el camino era barro y agua. Había que caminar con mucho cuidado. Eran pocas cuadras hasta el camping y no fue difícil encontrar las carpas. Eran de las pocas que no se escondían bajo algún árbol o techo improvisado. Estaban allí, en el medio, bajo el cielo encapotado que seguía baldeando todo. Esta vez no estaban inundadas, algo habíamos aprendido de la tormenta anterior. Las canaletas que las cercaban ya eran pequeños arroyos a punto de desbocarse. Nos desvestimos afuera para no mojar las bolsas de dormir. Robert mientras se sacaba su pantalón se cayó arriba de una de las carpas, rebotó y cuando quiso sostenerse con su mano, patinó y se dio la cara contra el barro. La cara negra, y dos grandes ojos blancos pidiendo una explicación. La respuesta fue una carcajada inmediata que curó un poco más.

A la mañana siguiente la carpa era un horno. Cuando saqué la cabeza en busca de oxígeno, el sol casi me deja ciego. Tenía el estómago completamente vacío, la cara mojada por el calor, la cabeza lenta y la lengua empastada. Afuera la ropa estaba negra, ya no quedaba nada limpio, y había que reciclar como se podía. Hacía más de una semana que no me bañaba que sumados a los días del Panza daba un total de como quince días de mugre dentro de una carpa de cuatro metros cuadrados. Era el momento de desinfectar, no solo para intentar llevar alguna mina, sino por algún resto de orgullo, de dignidad por la higiene mundial. Para que nuestras madres no sintieran tanta vergüenza.

Hacía tres días que no sabía nada de Juli. Sentía un poco de pudor por extrañarla tanto. Solo nos habíamos visto en Salta una noche, en Cachi un par de días y otro en Purmamarca, donde terminamos peleados; pero así y todo, moría de ganas de verla. Al mismo tiempo, no queríamos estar mucho tiempo en Humahuaca. La idea era ir para Iruya. Esa era nuestra gran zanahoria. Era otro de los platos fuertes del viaje. Todo el que había ido contaba maravillas de ese pueblo que colgaba literalmente de la montaña. Quedaban cuatro noches de viaje. Lo ideal sería pasar una más en Humahuaca y salir bien temprano para terminar las vacaciones a lo grande en ese lugar del que todos tanto hablaban. El problema era adivinar qué harían Juli y las amigas. Robert sabía que también era su idea ir para allá, pero no sabía cuándo. Era cuestión de esperar, tarde o temprano nos íbamos a volver a cruzar.

Fuimos hasta el centro a dar una vuelta por la feria y de paso averiguar los horarios y tarifas para Iruya. El río que cruzábamos cada vez que íbamos del camping al pueblo, ese violento y caudaloso canal de agua y tierra, ahora parecía que también arrastraba asfalto y ruta. Los caminos estaban cortados, anulados por la fuerza intempestiva de la naturaleza, y también por la profecía de aquel niño que no supimos escuchar. Para el otro lado el panorama tampoco era alentador. Una parte de la ruta que unía la capital de Jujuy con Tilcara, la misma que después llegaba hasta Humahuaca, se había desprendido por completo cargándose un camión, un auto y cinco vidas. En cuatro días salía nuestro bondi de vuelta a Buenos Aires y el futuro era incierto. Teníamos plata para dos días más como mucho. Quizás tres dejando de lado los vicios y la moral de pagar las estadías. La buena noticia era que en esa misma porción aislada estaban Tilcara, y Juli.

Me fui un rato solo, me alejé del grupo. No había que meter ninguna excusa, eran mis amigos y entendían la situación. Me senté a la orilla del río. Tenía en el morral un poco de porro. Lo fumé. Después saqué un cigarrillo. Lo fumé. Y después me acosté sobre un árbol. En mi cabeza pasaba el mismo río caudaloso, lleno de información, lleno de barro. Estaba estancado en esa ciudad norteña que no me gustaba, casi sin plata, sucio, y extrañando a alguien que había visto apenas más de tres veces en mi vida. Por otro lado también era consciente, de a ratos, pero consciente al fin de que en el cyber, en la computadora que me dieran había una bomba de tiempo esperándome. Y mientras más tardara en intentar desactivarla más fuerte iba a explotar y más lejos iba a salpicar. Pero como estaba muy vulnerable, no era el momento de ir a enfrentar una nueva batalla cibernética, así que me quedé un buen rato ahí, bajo la sombra de ese gran árbol, mirando el río hasta que logré quedarme dormido. Con todo a cuestas, el sueño no me la hizo fácil, pero finalmente llegó. Yo estaba en mi habitación del departamento de mis padres en Buenos Aires, y cada vez que quería salir de él, también lo hacía de mi casa. Todo lo que no fuera mi cuarto, me resultaba ajeno. Yo sentía un gran temor e inmediatamente volvía a entrar. Pero no aguantaba mucho tiempo adentro y entonces intentaba volver a salir, y así se repetía la secuencia. Había algo dentro que me empujaba a irme de ahí, pero afuera una fuerza magnética, el miedo, me hacía regresar a mi lugar. Así fue durante toda la siesta hasta que un perro me hizo volver a la realidad.  No sé exactamente si lo que me despertó fueron realmente las lamidas o fue el ruido estridente que salía de mi estómago. Tenía mucha hambre, mucho calor y estaba recién levantado. Si el perro me hubiera querido comer, yo no podría poner ningún tipo de resistencia. Estaba extremadamente indefenso. Me tuve que esforzar como nunca para poder levantarme. El aire no corría para ningún lado, como si se lo hubiera robado el río. El sol caía justo perpendicular a mi cabeza. Las nubes, a la luz del día se escondían tímidas, se escapaban para ensayar su función de cada noche de tormenta. El calor era realmente feroz, insoportable. Caminé algunas cuadras sin rumbo fijo, con mi nuevo amigo al lado. Cuando llegué a la plaza vi que estaban los pibes con alguien más que no pude reconocer hasta que estuve a unos metros. Era Morgan, la última persona que quería cruzarme en este viaje que de a ratos se convertía en agonía. Estaba más simpático que nunca, y los demás lo festejaban exageradamente. La necesidad de ver a otra persona que no fuéramos nosotros cuatro por momentos generaba este tipo de cosas.

  • ¿Qué haces Coco? ¿Dónde te habías metido?
  • Estaba por ahí tirado, descansando. ¿Ya morfaron?
  • Todavía no. Estábamos viendo con Morgan de ir a comprar unos fiambres.
  • ¿Qué haces che? ¿Todo bien? – Me devolvió el saludo con una pequeña reverencia. Inmediatamente volví a mirar a Robert.- Bueno, dale vamos a comprar entonces que me estoy por desmayar del hambre.

Devoré los tres sándwiches asignados por cabeza antes de que Lucho terminara el primero. Parecía la primera vez que comía en el año. Para bajarlos había mate o whisky. Realmente no teníamos plata para lujos como un agua o una gaseosa durante el almuerzo. Y Morgan, que probablemente tenía los bolsillos más abultados, decidía acompañar todo con su whisky. Así que no me quedó otra que mezclar la mortadela con un mate tibio y lavado. Yo había elegido esas vacaciones.

  • Listo, ahora que ya terminamos de comer vamos a lo prometido Morgui.
  • ¿De qué hablas Panza?
  • Ah coquito, vos no estabas. Morgan parece que tiene unas pepas para convidarnos.
  • ¿Y vos desde cuando tomas esas cosas?
  • Desde dentro de unos minutos. Dale copate, no pasa nada. Nos vamos a cagar de la risa.
  • ¿Todos piensan tomar?
  • Yo todavía no sé. Robert y él seguro.
  • Dale Lucho, no seas boludo, tomemos todos y vamos a dar vueltas por ahí, a romper las pelotas. ¿Y Coco, te prendes?
  • Qué se yo. Mirá si me pega mal.
  • Tranquilo, Morgan nos dijo que pega como un buen porro de flores. Así que imaginate. La vamos a pasar de lujo. Buscamos las guitarras y nos vamos a un cerro.
  • No sé. Si lo hacemos los cuatro sí. Pero por otro lado, me da un poco de desconfianza este chabón. Anda a saber que nos mete.
  • Dale hermano, pareces mi vieja. No tomaste todavía y ya te agarro la paranoia.
  • No boludo, pero no lo conocemos al loco este.
  • Bueno hace como quieras, yo voy a tomar. Vos quédate mirando el río cagado de calor y aburrido.
  • Bueno ya fue, tomemos pepa. ¿Te sumas Lucho?
  • Y…si no queda otra.
  • Vamos loco, esos son mis amigos. Robert, vos que la tenes clara con el inglés le pedís a Morgan.
  • Ya se dio cuenta boludo, creo que todo el norte se dio cuenta.

Dividimos el ácido en cuatro partes iguales. Una para cada uno. Morgan tomaba cosas más fuertes.

A los cinco minutos de haberme metido ese cartoncito en mi boca, me agarraron unas ganas galopantes de cagar. Me excusé con el grupo y me metí corriendo en la pollería de la esquina. Solté todo lo que venía cargando desde que había llegado a Humahuaca. Fue como una liberación. Sospecho que el ruido llegó a Tilcara, y quizás también hasta Brasil. El baño era tan pequeño que había que contornear el cuerpo para cualquier maniobra que quisiera hacerse. El calor adentro competía con el mismísimo infierno, y el agua caía a chorros por toda mi cabeza. El olor infecto se colaba por toda mi piel. Estuve un rato largo. Había mucho que sacar. Cuando por fin terminé, abrí la canilla para lavarme la cara, las manos, pero fue en vano. El agua era invisible. Me sequé la transpiración con la remera que venía usando hace días y esquivando los charcos salí del baño. En la barra pedí un vaso con agua. Una parte la tomé, otra la usé para lavar mis manos y el resto la cabeza. La señora me miraba con gran extrañeza. Le agradecí y me fui para juntarme otra vez con los pibes.

  • Uh loco, ahora sí que estoy liviano.
  • ¿Qué paso Coco? Te fuiste corriendo. Cómo te pegó ¿Eh?
  • No boludo, me agarraron unas ganas de cagar tremendas. Laxante nos dio este hijo de puta. Era todo chamuyo eso de la pepa.
  • ¿Vos decís? Miralo a Robert como está. No habla hace diez minutos. Está más loco que las cabras.
  • Pura sugestión Panza. No pega una mierda esto. Al final tanta historia para nada.
  • Fumemos un poco. Quizás lo activa.
  • ¿Cómo sabes?
  • Ni idea boludo. El Seba siempre que toma después fuma y viste como queda.
  • Y bueno dale, ya fue. No hay nada que perder.
  • Tengo una sorpresita coquito querido. Algo que me estaba guardando para una ocasión así.
  • ¿Qué cosa? No me vengas que tenes merca porque en esa no te sigo ni en pedo.
  • No boludo. Tengo un porro tremendo que me convido la mina que me cogí en Tilcara. No sabes lo que es.

Fumamos todos menos Robert. Incluido Morgan que nos convidaba de su whisky. Eran las cuatro de la tarde y el sol no daba tregua. Con Lucho fuimos hasta el camping a buscar los instrumentos. Las pocas cuadras se hicieron bastante largas pero sirvieron para terminar de sanar un poco más las heridas. Llegamos hasta la carpa a los abrazos y carcajadas. De vuelta paramos en el bar de la noche anterior. Compramos una cerveza y un agua y fuimos hasta la plaza. Cuando llegamos estaban solo el Panza y Morgan riéndose cada uno en su idioma.

  • ¿Y Robert?
  • Ni idea, le pintó irse a caminar.
  • Ah, le pegó fuerte. ¿No dijo a dónde iba?
  • De repente desapareció. ¿Ustedes? Trajeron una birra. Que grandes.

Le pasé la cerveza, después saqué la guitarra y nos pusimos a improvisar un poco. Lucho me seguía con el cajón y el Panza con unos coros muy agudos y a destiempo. Morgan que miraba toda la escena, dejó un segundo la botella de whisky en el pasto, sacó una pequeña bolsa de su bolsillo, metió el dedo, levantó un poco de lo que había dentro y se lo llevó a la nariz. Después se sumó a la banda como segundo corista. Era una versión muy libre de Simpathy for the devil, pero nosotros nos creíamos los Rolling Stones en el medio de la puna tocando para una multitud que de a poco iba creciendo. El primero en arrimarse era un chico que no pasaba el metro sesenta, muy flaquito con un sombrero que seguro pesaba más que él y con una melódica en la mano. Se puso a soplar y acertaba una de cada cinco notas, pero a nadie parecía importarle. Después se acercaron otros dos pibes. Uno con una guitarra y una cerveza, que dejó en el centro como señal de ofrenda, o de contraseña para entrar en la orquesta. El otro no traía nada en las manos pero vestía la camiseta de Rosario Central. Inmediatamente me acordé de Juli. Mientras seguía inventando la letra de la eterna canción pensé que quizás podría ser amigo o conocido de ella. Quizás era el ex novio también pensé, y había llegado hasta ahí para ponerme los puntos. Lo miré mal un segundo, al toque corrí la mirada, y más tarde lo volví a mirar, esta vez sonriéndole y haciendo una seña para que se acomoden, para que se sumen a la ronda.

La canción fue mutando mientras la plaza se llenaba de gente. El Panza saltaba, se reproducía, no le daba el espacio para tanta alegría. Lucho no bajaba la intensidad ni un segundo del cajón. Era el corazón de Humahuaca latiendo y transpirando el verano. Yo había dejado la guitarra en las manos del amigo del pibe de Rosario Central, que ahora era mi nuevo compañero. Robert, seguía sin aparecer.

  • Qué bueno esto loco. Nos habían dicho que Humahuaca era más tranquilo pero llegamos recién y ya se armó tremenda ronda.
  • ¿De dónde vienen?
  • De Tilcara. Demasiado bardo ese lugar. Estuvimos unos días y nos fuimos porque íbamos a terminar mal.

Era rosarino. Había estado en Tilcara hasta hace unas horas. Si bien era un pueblo atestado de  gente en enero, era casi seguro que se había cruzado con Juli. Si es que no se conocían de antes, lo cual era bastante probable también. Tenía que desviar la conversación. Quería hacerlo, quería saber de ella. Parecían haber pasado siglos desde la última vez que me miró enojada al costado de la ruta. Defraudada. Por otra parte, tampoco tenía la certeza de que ella y sus amigas hubieran ido para Tilcara, aunque tenía de mi lado el alto porcentaje de que la mayoría vamos para los mismos lugares.

  • Sí, nosotros aguantamos dos noches nomás. Creo que si nos quedábamos una más me moría.
  • Es un descontrol.
  • Conocimos una rosarinas en Salta.
  • Si, está lleno.

Me sentí demasiado estúpido. Era obvio que había rosarinos viajando por el norte. También habría cordobeses, tucumanos, santafecinos no rosarinos, chaqueños, de todas las provincias, quizás uruguayos; y claro, porteños boludos como yo.

  • ¿Che, y hasta dónde viajan?
  • Hasta Bolivia si el camino nos deja. ¿Ustedes?
  • La idea era ir para Iruya un par de noches y ya pegar la vuelta para Buenos Aires pero ahora que se cagó la ruta no sé qué vamos a hacer. Che perdón que sea medio molesto con lo de las rosarinas, lo que pasa es que uno de los pibes estaba con una y quería saber si se las habían cruzado en Tilcara.- No sé si por miedo o por pudor pero no le dije nada de lo mío con Juli.
  • ¿Cómo se llaman?
  • Juli, Andrea y Paula creo, aunque todo el mundo le dice Poli.
  • Ah sí, las conocemos hace años. ¿Cuál es la que está con tu amigo?
  • Ah menos mal.
  • ¿Por?
  • Porque si era Juli, a tu amigo lo veía mal chabón.

En el mismo instante en que esas últimas palabras salían de su boca y se transformaban en flechas que iban en dirección a todo mi cuerpo, el ácido se disparaba con fuerza por todas mis venas. Tartamudeé. Trastabillé. De repente sentí un gran mareo, y me empezaron a picar primero las piernas, después los brazos y por último la cabeza. Se me erizaron todos los pelos. El corazón rebotaba como adentro de un pinball. Empecé a hamacarme, a ponerme en puntas de pie y luego bajar, y así sucesivamente. Recién cuando el huracán amainó un poco pude seguir hablando.

  • ¿Por qué? ¿Qué pasa con Juli?
  • Hace un año más o menos salió un par de veces con Sebita, mi amigo, pero nada serio. Y la otra noche se reencontraron en Tilcara y estuvieron juntos de nuevo. Igual nada más. ¿Vos tenías onda con ella?
  • No, nada que ver.

Vi al amigo que estaba con la guitarra disfrutando con el Panza, con Lucho y con los demás, y sentí un odio que subía de los pies a la cabeza y se tambaleaba. Me tropecé y me caí sobre una chica que estaba sentada a mi izquierda. Me preguntó si estaba bien pero no pude contestar. Solo me levanté ayudándome con los brazos y me fui gateando para atrás. La luz del día dejó todo al descubierto. Se me acercó el rosarino y me preguntó si necesitaba algo. Le dije que por favor me trajera una botella de agua. El pecho se me empezó a cerrar como si lo estuvieran apretando con una prensa. Era una sensación desconocida, la garganta se había vuelto finita como un hilo de plomo que no dejaba pasar casi la respiración. Yo me rascaba intentando abrirla pero era en vano. Me volqué la mitad de la botella en la cara y la otra me la fui tomando en pequeños tragos.

  • Che loco, ¿estás bien? Tenes la cara pálida.

Yo solo podía mirarlo, con bastante miedo, y ponía las manos sobre sus rodillas para sentirlo.

  • ¿Queres que llame a tus amigos?

Yo seguía apoyado sobre su cuerpo como un ciego en el medio de una tormenta. De repente se levantó y sentí que el mundo se me venía encima. Me dejé caer sobre el pasto.

  • ¿Qué haces ahí boludo? Ja. Levantate Coquito.
  • Che, ¿estás bien Coco? A ver, dame una mano.

Entre los dos me levantaron y el Panza me llevó abrazado hasta un árbol lejano intentado disimular lo que ya todo el pueblo sabía. Un pibe borracho y drogado en enero en el norte. Nada nuevo bajo el sol.

  • Quedate acá un rato sentado, tranquilo. Respirá hondo. Te voy a buscar agua.
  • No, por favor bancame, no te vayas.
  • ¿Pero estás seguro que no querés agua? Te va a hacer bien.
  • No, gracias, ya me trajo el rosarino. Además estoy un poco mejor ya.

No estaba nada mejor, pero no quería quedarme solo. Tenía mucho miedo, a todo. A todos. Además sentía una rabia incomparable. Era un enojo que viajaba por mi cuerpo y se amontonaba en mi lengua endureciéndola. Quería insultar pero no me salían las palabras. Quería mandar a todos a la mierda. A Juli, al pibe de la guitarra, y sobre todo a mí mismo. El Panza se sentó a mi lado, en silencio. Me conocía bien, y sabía que esta vez no bastaba con un par de chistes. Sabía que lo mejor era quedarse ahí quieto, callado, acompañando, abrigándome. Nos quedamos los dos ahí un rato. Pueden haber sido segundos, pero también días y quizás años enteros. Era la primera vez que tomábamos ácido. Yo no lo disfrutaba para nada, al contrario, lo estaba padeciendo. Me sentía completamente paranoico, como si todos los que estaban presentes menos el Panza, conspiraran en mi contra. Y el jefe de esa banda conspirativa era, claro, Morgan. Él nos había drogado. Él había hecho que se cruzaran Juli y el rosarino. Claro que era él, que sentía envidia porque aquella noche en Cachi, yo había estado con Juli. Él, que había luchado con osos, que desafió las rutas con su Harley, no se bancaba perder con un sudaca con resabios de pubertad. Ahora me empezaba a cerrar todo. Que yankee hijo de puta pensaba. No contento con separarme de Juli, había hecho desaparecer a Robert con alguno de sus trucos de sugestión para que se pierda por ahí a flashear colores; y Andre se vaya con otro, quizás con él mismo. Pero qué tipo sin ningún escrúpulo. Era obvio que en cualquier momento iban a aparecer las tres chicas, y con Robert desaparecido y yo completamente disminuido, se iban a ir con los rosarinos. Y Morgan, como un perro viejo que no deja comer si él no come, disfrutaría desde la oscuridad de su alma, tomando whisky, tomando merca, riéndose de nosotros, gritando para sus adentros que así es la vida, que no es un juego, y que es muchas más dura y cruel de lo que realmente pensamos. Pero no podíamos dejarnos ganar por un yankee. No en mi país.

  • ¿Vos crees que todo esto estuvo armado?
  • ¿Qué cosa? ¿De qué hablas Coco?
  • Morgan, las pepas, el rosarino de central, su amigo que estuvo con Juli.
  • No entiendo un carajo Coco. ¿De qué amigo hablas?
  • El que toca la guitarra, Sebastián o algo así se llama. Ese estuvo con Juli. Varias veces en Rosario, y acá en Tilcara una vez.
  • ¿Y qué es lo que está armado?
  • Que Morgan nos drogó a propósito para alejarnos de Juli y de Andre. Fijate como está Robert. Ni siquiera está. Lo hizo desparecer por ahí. Y a mí me dejo indefenso. Y claro, ahora va a llegar Juli y va a ver al rosarino tocando la guitarra lo más bien, después me va a ver a mí completamente hecho mierda, y con quién crees que se va a quedar.
  • Estas diciendo muchas pelotudeces Coco. Juli va a estar con quien quiera. Esto no es una competencia para ver quién se queda con ella. No es un objeto. Va a estar con vos si quiere, si la tratás bien. Pero así, como estas ahora, lo dudo hermano.
  • Ya sé. Me quiero matar. ¿Para qué tomamos eso Panza?
  • Yo estoy bárbaro. La estaba pasando espectacular hasta que vos empezaste con tu show. No le eches la culpa a la pepa. Es tu cabeza la que está mal.

Otra vez llorar. Se me estaba haciendo costumbre. Esta vez el llanto era el río caudaloso, y mi cuerpo la ruta que se quebraba en mil partes.

  • Dale pelotudo, no te me pongas a llorar. Dejate de joder.

Yo intentaba frenar pero cada espasmo y cada palabra del Panza eran un impulso para volver a romper con más fuerza. Lo abracé. Busqué un refugio. El pecho caliente me fue calmando.

  • Panza, contame algo.
  • ¿Qué querés que te cuente?
  • No sé, lo que sea, cualquier cosa que me saque de acá.
  • Vamos a dar una vuelta. Dale parate.

Nos fuimos a caminar un rato. El Panza, que estaba bien arriba con el ácido, me contaba una cosa atrás de otra casi sin respirar. Cuando se emocionaba así la voz se le volvía finita, y después gruesa y carrasposa. Pasaba por todas las desafinaciones de la exaltación. Me agarraba con su brazo, me miraba con los ojos grandes y redondos como pelotas. Se reía y la boca inmensa parecía que iba a comerme. Tenía la cara roja. Yo lo había empezado a disfrutar por fin. Fuimos hasta un almacén. Compramos unos CJ, los cigarrillos jujeños, y una cerveza Norte. El Panza siempre tenía unos pesos extra para estos momentos. Yo lo parasitaba. El sol empezaba a esconderse atrás de las montañas. Subimos el monumento del indio y nos sentamos a disfrutar la birra. Apareció un niño a cantarnos su copla. Le comentamos que no teníamos plata, y que ya estábamos presos de su profecía. Nos miró desconcertados, se quedó parado como esperando algo, y a los pocos segundos se fue. Cuando terminamos la botella, decidimos bajar a la ronda, a ver a mi guitarra, a ver a Lucho, que nos interceptó antes de llegar a la plaza.

  • ¿Dónde estaban boludos?
  • Nos fuimos a dar una vuelta por ahí. ¿Qué onda la plaza?
  • Bien, tengo las manos hinchadas de tocar. Como pegó lo del yankee.
  • Ni me lo digas.
  • Che está tu noviecita con las amigas. Llegaron recién.

 

 

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