Cuando la directora viene temprano al aula, en general es porque está enojada por algo que hicimos, o que alguno hizo. Casi nunca tiene que ver conmigo. Por eso, cada vez que la veo entrar, yo me relajo esperando perder tiempo de clase y viendo como reta siempre a los mismos.

Esa mañana las cosas fueron diferentes. La directora no parecía enojada, más bien tenía cara triste y los brazos caídos con sus manos entrelazadas. Automáticamente busqué a Lauta con la mirada. Yo sabía que no estaba, que había faltado, pero cada vez que pasaban ese tipo de cosas nos mirábamos mutuamente. Ese día, al no encontrar su mirada, me sentí un poco más solo. Y cuando la directora comenzó a hablar, la soledad me fue cubriendo por completo.

“Chicos, quería contarles que hoy Lautaro no pudo venir al cole porque tuvo un problema familiar. Ayer a la noche…”

No quise escuchar más. Me puse las manos en las orejas y empecé a cantar internamente. Estuve así durante unos cuantos segundos hasta que vi cómo me miraba Jorgelina que estaba parada al lado de la directora.

“…les pido que sean buenos con él y traten de cuidarlo en este momento delicado que está pasando.”

Se me hizo un nudo en la garganta del tamaño de mi cabeza. Casi no me pasaba el aire. Era una mezcla de tristeza e incertidumbre. ¿Qué le había pasado a mi mejor amigo? Quise preguntarle a Felipe que estaba en el banco de al lado pero el nudo no dejaba pasar las palabras. Me hundí el resto de la hora de clase. Escondí mi cabeza como una tortuga. Cuando sonó el timbre para ir al recreo, yo seguía hecho una bolita en mi banco. Escuché que alguien se acercaba hasta mi lugar. Debe ser Jorgelina pensé, y me hice más bolita. Quería estar solo, quería desaparecer.

  • Beni, ¿Qué te pasa?

No era Jorgelina, no era su voz estridente y mandona. Era una voz dulce y preocupada. Era la voz más linda que yo había escuchado hasta entonces. Apenas levanté el ojo derecho, vi que parada frente a mi banco estaba Mica con los ojos vidriosos. Quise responderle pero el nudo no daba tregua. Entonces ella puso su mano en mi brazo, y como por arte de magia, como si sus dedos tuvieran un poder especial, esa gran pelota de angustia que se había apoderado de mi cuello se convirtió rápidamente en llanto. Una lágrima tras otra patinaban por mi cara. Mientras ella más me tocaba, yo más bolita me hacía y más lloraba. Finalmente, con su ayuda, pude sacar mi cara antes de que se ahogue entre los mocos y el llanto. Ella también lloraba. Lloramos juntos.

  • Pobre Lauta. Debe estar re mal.
  • ¿Qué es lo que le pasó?
  • ¿No escuchaste a la directora?
  • No quise escucharla. Me tapé los oídos.
  • ¿Y por qué llorabas?
  • Porque escuché una parte. La que decía que lo cuidemos, y que iba a estar triste.
  • ¿Y querés saber qué pasó?
  • No sé.
  • Te vas a enterar de todos modos.
  • Sí.
  • ¿Te cuento?
  • Bueno
  • Se murió su tío. En un accidente de auto.
  • Ah.
  • ¿No vas a decir nada?
  • No sé.

Hasta donde yo sabía, Lauta tenía un solo tío. Quizás tenía más, la verdad es que no lo sé. Pero siempre hablaba de uno solo. Siempre me contaba que iba a su casa, que la pasaba muy bien con él, que lo llevaba al cine, a la plaza. Que era como su amigo. Una vez me invitó a dormir a su casa, pero mi mamá no me dejó. Recuerdo que ese día me enojé mucho con ella. No entendía bien porque no me dejaba ir a lo del tío de Lautaro. Culpa de eso, no lo conocí, pero sabía muchas cosas sobre él, porque Lauta siempre me estaba contando las cosas que hacían.

Me puse a imaginar su cara. También su casa, con patio como contaba Lauta. Seguro era grandote, y tenía mucha fuerza. Me los imaginé a los dos jugando a la lucha. También pensé en ellos yendo a pasear a alguna plaza cercana, y comiendo algo, seguro que los chocolates que le gustan a Lautaro. Me los imaginé jugando a la computadora, a algún juego, al Minecraft o algo por el estilo. Después de eso, mirando una peli juntos mientras comían algo rico, hamburguesas o pizza. Todo eso me lo imaginé, porque era lo que él me contaba que hacían. Después, me puse a pensar que nunca más iban a poder hacer esas cosas, y me puse muy triste. Pensé que quizás también me podía pasar a mí. Podía llegar a pasar que un día le pase lo mismo a alguno de mis tíos. O peor, quizás a Papá, o a Mamá. ¿Cómo me pondría en ese caso? ¿Es posible que pase? Claro que lo es, le pasó a Lautaro, me pasó a mí con el abuelo hace un par de años. ¿Y a dónde fueron ellos? ¿Existe acaso algún lugar donde van las personas que se mueren? ¿Por qué no podemos vivir para siempre? Todo esto me empezó a angustiar, y otra vez sentí como un nudo, quizás el mismo, se volvía a acomodar en mi garganta. Mica ya no estaba. Me levanté y me fui del aula. Cuando estaba yendo para el patio vi que el resto de mis compañeros venía caminando para la clase. Entonces me apuré y me encerré en el baño. No fue el lugar más inteligente para esconderme, fue el más cercano. A los pocos minutos, Felipe me encontró.

  • ¿Qué haces acá Benito? ¿Te sentís bien?
  • Sí, si ahora voy.
  • Dale apurate.

Me dejó solo. Salí del baño pero en vez de ir para el aula, me fui disimuladamente para la parte de arriba de la escuela. Era una especie de terraza a la cual solo habíamos ido una vez con Lautaro y Mica, pero bajamos rápido porque escuchamos un ruido. Esta vez no me importó si había alguien, o si estaba prohibido estar ahí. Necesitaba estar solo, al menos por un rato. Fui pasando por distintos sectores hasta llegar a unos baños que parecían bastante abandonados. Estaba triste y angustiado, y en mi mente no había lugar para el miedo así que me metí. Había humo y voces adentro. Empecé a hacerle un lugarcito al miedo. Decidí que lo mejor era volver al aula pero cuando estuve por irme, vi como un chico y una chica se acercaron.

  • ¿Quién sos? ¿Qué hacés acá?- me preguntó el chico mientras escondía el cigarrillo detrás suyo.
  • Perdón, ya me iba.
  • Pará. ¿Quién sos?
  • Benito. Soy de quinto grado.
  • Dejalo – le decía la chica al chico mientras le acariciaba el hombro.- Yo soy Julieta, y él, Martín.

La miré a ella. Era flaquita y con el pelo bastante largo. Era linda.

  • Che Benito, ¿Por qué no bajás mejor?- me dijo mientras seguía acariciando el hombro de Martín.
  • No quiero ir al aula.
  • ¿Por qué?
  • Porque no tengo ganas. Quiero estar acá.
  • Dale pendejo, mejor andate.
  • Pará, no le digas así boludo.

Ya no escondía el cigarrillo, ahora lo pitaba fuerte, profundo. Se adelantó un paso.

  • Che, nene, ¿Por qué mejor no te vas y nos dejás tranquilo? Eso sí, ni se te ocurra decirle a nadie que estamos acá.
  • No me quiero ir. Dejen que me quede. Sino los buchoneo.
  • No te hagas el vivo pendejo.
  • ¿Me das un cigarrillo?
  • ¿Qué decís pelotudo? Volá de acá.
  • Dale, dame un cigarrillo o le digo a la directora que estaban fumando.

Se acercó todavía más, casi su nariz contra la mía.

  • Pendejo pelotudo, ándate ya de acá o te voy a tener que pegar.
  • Hacé lo que quieras, yo me voy a quedar acá.
  • ¿Pero vos estás escuchando a este mocoso?
  • Sí, vámonos nosotros y dejémoslo acá. No es para tanto, quiere estar solo.
  • No quiero estar solo. Quiero quedarme con vos, fumando un cigarrillo.
  • Con los dos, querrás decir.
  • No, solo con vos. Él se puede ir por mí.

No fue una gran decisión la última frase. La mano derecha, abierta, de Martín me pegó en toda mi cara, y reboté contra la pared.

  • ¿Te volviste loco pelotudo? ¿Cómo le vas a pegar así?
  • Fue una cachetada nomás. Para que se calle la boca. Vámonos de acá.

Los dos se fueron. No me importó para nada. Yo me quedé solo, tirado en el piso de ese baño casi abandonado, respirando el humo del cigarrillo. Aspiré profundo y todo ese olor de adolescencia entró por mi cuerpo, deshaciendo lo que quedaba del nudo en mi garganta. Me sentí poderoso, grande, alto y eterno. Me sentí más vivo que nunca. Al menos lo que duró el respiro.

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