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Capítulo V

En el centro de la ronda, el rosarino seguía alegrando la plaza con mi guitarra. Una chica con largas rastas rubias tocaba el cajón. Morgan seguía parado, duro como una estatua, erguido, como vigilando la escena. Más atrás, Andre, Poli y Juli cruzaban risas con el otro rosarino. Parecían felices.

  • Che Lucho, ¿ellas saben que estamos acá?
  • Si, las saludé hace un rato.
  • ¿Y, preguntaron algo?
  • Me preguntaron por los “demás”, pero nada muy serio la verdad. Así nomás, de compromiso. Les dije que ya iban a aparecer. A la única que parecía importarle un poco era a Andre.
  • ¿Y Juli? ¿Nada?
  • Casi ni habló ella. Apenas saludó y se fue con el de Central.
  • ¿Y al otro rosarino? ¿Cómo lo saludo?
  • No sé Coco, no me rompas las bolas. Lo único que te preocupa es la mina esta y mientras Robert sigue sin aparecer ¿Le habrá pasado algo?

El pibe me hizo una seña para que lo suplante en la guitarra. Intenté evadirlo, pero su perseverancia contagió a la chica del cajón que yo ni siquiera conocía. No podía exponerme, así que tuve que aceptar la invitación. Lo último que quería era tocar en ese momento. El plan de Morgan parecía funcionar a la perfección, y ahora yo era el boludo que endulzaba con canciones el reencuentro entre el rosarino y Juli. Era insoportable ver como todos se reían, como disfrutaban estar ahí. Era insoportable ver como Juli saludaba al Panza con un beso y un abrazo; y a mí, con una tímida manito a diez metros de distancia. Casi sin siquiera mirarme. Y yo, como un músico contratado para animar la fiesta ajena, solo atiné a devolver el saludo con una pequeña reverencia, y con una media sonrisa. Cuando noté que a casi nadie le interesaban mis versos corté abruptamente la canción, dejé la guitarra apoyada contra el pasto y me prendí un cigarrillo. Me quedé esperando como un jugador suplente a que lo llamen para entrar pero a la mitad del CJ decidí mandarme.

  • Dejaste la viola, que lástima. La estabas rompiendo hermano.
  • No, recién la había agarrado. Vos estabas tocando muy bien. Hola chicas, ¿Cómo andan?
  • Bien- contestó Poli, que parecía ser a la única de las tres que le importaba un poco verme. O quizás era pura cortesía.

Juli ni siquiera me miraba. Para colmo, el rosarino había pasado el brazo derecho sobre el hombro descubierto de ella. Pude ver como se enrojecía toda la suave piel de su cara. Yo volvía a sentir los temblores de hace unas horas.

  • ¿Dónde están parando muchachos?
  • En un camping pasando el río.
  • ¿Por qué no vamos todos para allá y nos instalamos?

Hubo un silencio, corto, pero perceptible. Cómo si en el fondo todos supiéramos que no era la mejor idea. De todos modos, a Andre no pareció importarle.

  • Sí, dale, vayamos así lo veo a Robert.
  • ¿A Robert?- Pregunté ingenuo, sin pensar.
  • Sí, me dijo el Panza que se había quedado en la carpa porque se sentía mal. ¿Es mentira boludo? ¿Dónde se metió?
  • No, claro, se quedó porque estaba para atrás. Debe estar durmiendo.
  • No me importa, ahora quiero saber si está allá o no. Vamos.
  • Dale, vamos.

Agarramos las cosas y nos fuimos los ocho. Morgan se quedó hablando con la chica de las rastas. Cuando llegamos a nuestras carpas, no había ningún rastro de Robert. Fuimos a preguntarle a la señora encargada del camping, pero casi ni se acordaba de nuestras caras. Los demás aprovecharon para registrarse, mientras Andre nos dedicaba todo tipo de puteadas. El Panza insistía.

  • Nos dijo que se quedaba acá porque se sentía mal. En serio te digo. Capaz que se cansó y se fue a dar una vuelta.
  • Dale pelotudo, decime la verdad.
  • Pero Andre, es la verdad. Cuando nos levantamos, él se quedó durmiendo.
  • Ah sí, y ahora ¿Dónde se metió? ¿Por qué no está con ustedes? No me molesta que no esté, sino que me tomes por boluda.
  • No sé, no le dijimos a donde íbamos. Nos debe estar buscando. Lo que pasa…
  • Basta Panza. Déjate de joder con esto. Andre, Robert estaba con nosotros pero le pintó irse solo por ahí. Se fue al medio día y todavía no volvió. Debe estar bien, tranquila. No entiendo porque este boludo te dijo que se sentía mal.
  • No quería que se preocupe.
  • ¿Preocuparme? ¿Por qué se fue solo a dar una vuelta? No tiene nada de malo eso. Pero si me mentis, pienso que estas escondiendo algo boludo.
  • Perdón, pero hace una banda que no aparece. Mirá si le pasó algo.
  • Seguro que va a volver en cualquier momento. Ya es de noche.
  • No sé Lucho, mirá si le pegó mal como a este gil y está perdido por ahí.
  • ¿Qué cosa le pegó mal?
  • La pepa.
  • ¿Qué cosa?
  • La pepa. Ácido. Nos convidó el yankee.
  • ¿Ustedes tomaron eso?
  • Sí. No pasa nada. A mi y a Lucho nos pegó genial. Coquito tuvo su momento de crisis pero ya está bien. Es como un porro fuerte. No es nada raro. Todo el mundo la toma y todo bien. Preguntale a tus amigos, seguro alguna vez probaron.
  • No puedo creer que tomaron eso, y que lo dejaron irse solo como si nada. ¿Son boludos? Me voy a dejar mis cosas a la carpa y después vamos a buscarlo. Ni se les ocurra irse.

Nos quedamos en silencio esperando a que volviera. Yo estaba inquieto por lo de Juli y el rosarino, pero después de escuchar al Panza, me había empezado a preocupar también por Robert. Era muy raro que siendo ya de noche no hubiera aparecido. A los cinco minutos volvió Andre, acompañada milagrosamente por Juli. Inmediatamente dejé de pensar en Robert.

  • Bueno, vamos.
  • ¿Y Poli?
  • Se queda con los chicos.
  • ¿Vos venis con nosotros Juli?
  • No, la acompañé a Andre para que no se pierda desde la carpa. Si boludo, por algo estoy acá.

La respuesta a la pregunta estúpida del Panza me anticipaba que la cosa no iba a ser sencilla. De todas maneras estaba cansado de esperar, de ser un cagón. Apenas unos minutos después de emprender la odisea, ni bien pude, agarré del brazo a Juli disimuladamente y los dos quedamos atrás del grupo.

  • ¿Qué haces? Vamos, no es el mejor momento este.
  • Pará. Ahora seguimos, pero esperá que se adelanten un poco.
  • ¿Por? ¿Qué querés?
  • Hace días que quiero hablar con vos. No aguanto más.
  • Mirá, no sé si es lo mejor hablar ahora. Tu amigo está perdido y vos estas drogado.
  • Ya se me pasó el efecto Juli. Necesito que hablemos. Por favor.
  • ¿Qué tenemos que hablar vos y yo?
  • ¿Estás con el rosarino? El de la guitarra.
  • ¿De qué hablas?
  • Dale, no te hagas la boluda. Ya sé que estuvieron en Rosario, y también en Tilcara. Y recién te abrazaba como si nada. ¿Qué pasa entre ustedes?
  • ¿Y a vos que te importa lo que me pasa con él? No tengo porque contarte con quien salgo o a quien me estoy cogiendo. Es tema mío.
  • ¿Y yo que soy entonces? ¿Uno más de los que te cogiste?
  • ¿Sabes lo que sos vos? Un pobre boludo, un cagón; pero por sobre todas las cosas, un egoísta.
  • ¿Egoísta? ¿Qué decís boluda?
  • Si, solo pensás en vos. Los demás no te importan un carajo. Ni yo, ni tu novia, ni tu amigo que está perdido por ahí, que ni sabes si está vivo.
  • Es obvio que está bien. ¿Y qué decís que no me importas vos ni mi novia?
  • No grites pelotudo. ¿O querés que se entere todo Humahuaca? ¿Sabes que es lo que sé yo? Que cuando tuviste que ponerte los pantalones, te cagaste encima.
  • Pero Juli, no es tan fácil como vos decís. Necesito tiempo para acomodar las cosas.
  • Bueno pibe, cuando acomodes tus cosas, si queres volvé y hablamos. Pero no me hagas perder más tiempo con pendejadas.
  • ¿Qué necesitas? Dale decime.
  • Qué te hagas cargo. Eso necesito. O sino, que me dejes en paz.

Se adelantó hasta donde estaban Andre y los chicos. Yo me quedé en el fondo, acompañado con un cigarrillo, como de costumbre. Y también por las pequeñas gotas que comenzaban a caer como cada noche. Preguntamos en todos los lugares típicos a donde íbamos. El barcito, la plaza, la pollería, la peña de Vilca, las otras peñas menos conocidas. Hasta fuimos a la terminal. Nadie recordaba haberlo visto. Habíamos llevado nuestra cámara de fotos para que lo vieran bien, pero así y todo nadie tenía la certeza de haberse cruzado con Robert.

  • Vamos a la comisaría. Allá deben saber.
  • ¿Por qué van a saber?
  • No sé chabón, deben estar al tanto de los boludos que se pierden por ahí. Además ya fuimos a todos lados.
  • Y bueno vamos.

El oficial de guardia no parecía muy feliz de ver a cinco jóvenes mochileros alterar su paz. Le prometimos no robarle más que un minuto de su merecido descanso. Le mostramos una foto de Robert pero negó con la cabeza casi sin mirar. El Panza, que seguía muy arriba por el ácido, insistía, le hablaba, le imploraba. Todos mirábamos la escena tensos sabiendo que había una línea muy fina que estábamos a punto de cruzar. La que dividía la tranquilidad del policía de la ira.

  • Por favor oficial, colabore con nosotros. Estamos muy preocupados por nuestro amigo. No se quede callado.

Con un marcado acento jujeño y una pasividad inalterable nos invitó a retirarnos alegando que no tenía tiempo para “cosas de chicos borrachos y drogados”. Nos fuimos antes de que El Panza empezara su glosario de puteadas. En la salida de la comisaría nos alcanzó uno de los policías, seguramente de un rango menor al amable oficial. Nos pidió que le mostráramos la foto. No lo reconoció pero nos dijo que su novia, enfermera, le había comentado de un joven que había ingresado en el hospital con algunas heridas. Nos miramos, primero incrédulos y después con miedo. Nos indicó como llegar hasta allí, a unas pocas cuadras. En el camino me bajó mucho la presión. Intenté disimularlo, no quería llamar la atención, no era el mejor momento. Pero unos metros antes de llegar al hospital, me desvanecí por completo. Oportuno lugar para caer rendido. Nadie me vio caer, me había quedado último en la fila y los demás caminaban con mucha prisa. No se cuanto tiempo habrá pasado hasta que abrí los ojos y vi la cara de Juli. Me abanicaba con una revista y no paraba de hablarme. No podía distinguir si eran palabras de enojo o de preocupación. Me puso una botella de agua en la boca y fui tomando  pequeños sorbos hasta incorporarme. Tardé algunos minutos.

  • Coco, ¿me escuchas?
  • ¿Qué pasó? ¿Dónde estamos?
  • En la calle. Te desmayaste.
  • ¿Y qué hacemos en la calle?
  • Te desmayaste Coco, acá mismo, en la calle.
  • ¿En serio? ¿Y Robert?
  • En el hospital. Está bien.
  • ¿Cómo sabes?
  • Porque Lucho me avisó, que está en una cama pero que está consciente.
  • Menos mal.
  • ¿Y a vos que te paso? ¿Por qué no avisaste que te sentías mal?
  • No sé Juli, te juro que no lo sé. No tengo idea porque me siento así. Tampoco entiendo como todo esto se volvió una mierda. Como puede ser que este viaje se haya convertido en esto. Todo está saliendo como el culo.

Las últimas palabras anticiparon el llanto, los espasmos, los mocos. Nada de eso era estratégico. Nada de eso buscaba sensibilizarla. Era una descarga, total. Sin embargo sus brazos, finitos, suaves, tomaron mi cabeza y la pusieron entre sus pechos tibios. Yo seguía temblando, con un llanto tormentoso que se confundía con el diluvio norteño. Nos amparaba un pequeño techo, sobre todo a Juli. A mí, la que me amparaba era ella, su cuerpo, su boca húmeda sobre mi pelo, sus piernas al aire rozando las mías.

De a poco el llanto se fue apagando. De a poco el calor de sus brazos, de su cuerpo se fue propagando. En mi oído izquierdo tenía su corazón acelerado que rebotaba en toda mi cabeza. Nuestros cuerpos se fueron acomodando como un rompecabezas que iba tomando temperatura, que se volvía febril. Mi pierna derecha entre la suyas, y la otra entrelazándose. Mis brazos envolviéndo a su pequeña y hermosa espalda. Mi nariz respirando el olor de su cuello. El perfume que tanto había extrañado esos últimos días. Le di un beso casi imperceptible para el mundo pero imprescindible para los dos, tanto que apenas mis labios se apoyaron toda su piel se erizó. Sentí como tragó saliva. Sin dudarlo, fui directo hasta su boca pero esta vez con un beso abrupto, torpe, chocando sus dientes y rebotando. Retrocedí y volví al ataque con lengua y todo. Buscaba literalmente comerme su boca, su cara.

La erección la sentía en todo mi cuerpo que buscaba atravesar la ropa, aniquilarla. Sin despegarnos, y como pudimos, nos corrimos hasta la parte de atrás del hospital. No tenía forros. Nunca pensé que los necesitaría, mi optimismo agonizaba hasta este momento. Ella lo sabía, y era muy generosa. Antes de que fuera tarde agachó la cabeza y me bajó los sucios pantalones. Tomó aire y conteniendo la respiración empezó a lamer de a poco. Hace varios días que yo no me bañaba. Por un instante sentí vergüenza y hasta un poco de lástima, pero cuando lo metió todo en su boca me entregué por completo. A los pocos segundos descargué toda una semana de desesperación, desilusión y furia. Apenas llegué a hacerle una seña para que se corriera. Bañé parte de su cara y cuerpo. Por suerte seguía lloviendo cada vez más fuerte.

*    *    *

  • Perdón, no quería hacer esto, me dejé llevar.
  • ¿Perdón? Fue lo más lindo que me pasó en esta última semana de este viaje de mierda. Lo único te diría.
  • Pero no está bien Coco, estamos confundiendo las cosas.
  • No pensemos tanto Juli, tratemos de disfrutar mientras se pueda.
  • Pero no es fácil.
  • No me digas que te enganchaste con el chabón este.
  • No, pero que se yo. Vivimos en la misma ciudad al menos, y no tenemos que mentirle a nadie.
  • Pero no te gusta.
  • Yo te gusto.
  • Sí, yo te gusto. Y vos a mí, mucho. Mirá, yo no tengo idea de lo que va a pasar y la verdad que tampoco me importa demasiado creo. De lo único que estoy seguro hoy es que quiero estar con vos, quiero abrazarte, agarrarte de la mano, ir a pasear por esta ciudad que hasta ahora me parece horrible. Quiero que estamos últimas cuatro noches sean inolvidables. Quiero irme feliz, porque ahora, hasta hace media hora, yo era un infeliz.

Nos quedamos quietos un instante. La tormenta parecía amainar a nuestro ritmo. Era un silencio distinto a los otros silencios. Era un respiro en mitad de la noche. Era tomar impulso para volver con toda la fuerza. Al menos para mí. Vi la debilidad en ella, sentí que había un hueco por el cual podía entrar, una filtración donde podía convencerla de cualquier cosa. Podía darle el mundo entero y hacía allá fui.

  • Juli, estoy convencido de que esto, de que nuestra historia no se va a terminar acá. Por algo nos cruzamos, y por algo estamos mojados en la puerta de atrás de este hospital.
  • ¿Y la distancia? ¿Y tu novia?
  • Todo eso tiene arreglo.
  • ¿Cómo? ¿La vas a dejar?
  • Claro Juli. –Sonaba convincente, aunque por dentro dudaba como nunca. El final tenía que estar a la altura del viaje. El cagón se reservaba para Buenos Aires. Ahora me llevaba el norte por delante.
  • No sé qué decir Coco. Tengo miedo la verdad. No quiero sufrir.
  • No vas a sufrir, eso te lo aseguro.

Me quedaban cuatro días para convencerla, y convencerme. Por ahora, el discurso estaba bien. No había que abusar, y además tenía un amigo internado a metros.

  • ¿Vamos?- me miró con nostalgia, le sonreí y me devolvió la sonrisa. En la caminata hasta la puerta me abrazó. En este vaivén de emociones, mi corazón llegó hasta el pico más alto. Hasta ese lugar que queda después de las tormentas. Ese lugar que nos hace saber que todavía estamos muy vivos. El amor, o lo que fuera, se disfruta mucho más cuando tiene sus cicatrices.

 

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