Me reí silenciosamente, pero todos en la sala lo notaron. ¿Para qué? No es lugar ni momento para esto, me dijeron que me porte bien. Se me calientan los cachetes y  me pongo todo rojo, pero no me puedo aguantar. Me tapo la boca con las manos para que no salga el ruido y escondo la cabeza entre las piernas para disimular, pero es tarde. No hay vuelta atrás. ¡No puedo creer que me sigan pasando estas cosas a los cinco! …Las rítmicas ráfagas de aire que suben por el pecho me hacen sonar los labios y la nariz  y los músculos de la panza me queman. Están duros como piedras. ¡Por favor, solo tratá de no hacerte pis, te están mirando todos! Me voy cayendo de la silla de a poquito pero no lo puedo evitar, tengo las manos ocupadas tapando toda mi cara. ¡Pensá en algo feo! En bañarte, en berenjenas.  Es inútil. Espío entre los dedos y una vieja con cara de vaca me mira seria. Y es todavía peor.

¿Qué hago acá? En esta sala blanca con toda esta gente preocupada. Papá siempre me deja en lugares raros mientras él hace sus cosas. Y miren lo que pasa. Ya en el piso veo que viene un pelado todo vestido de blanco a buscarme y del susto se me mete la risa para adentro. Me levanta de la cintura y me alza. Esto no puede ser bueno. Empieza a caminar mientras me lleva colgando de su brazo y veo a todos esos tipos meneando la cabeza. Todo por culpa de papá. Mamá lo va a matar, estoy seguro.

Pasamos por un pasillo largo, todo blanco y con mucha luz. ¿Será un loquero? Me vieron reírme sin parar y piensan que estoy loco. Maxi me contó de estos lugares, a su abuelo lo tienen en uno. Puedo gritar y patalear para que me bajen, pero si hay algo que aprendí de las pelis es que todo lo que diga puede ser usado en mi contra. Tiene que haber una forma de que mamá se entere, sino papá no le va a contar para que no lo reten y me voy a quedar encerrado para siempre…

Atravesamos dos barreras de puertas de esas que se abren al medio empujándolas y doblamos luego a la derecha. Otra puerta y un cuartito cuadrado y chico, sin más que una pileta para lavarse las manos y muchos cajones abajo y arriba, todo blanco con detalles en gris. El pelado me deja en el piso y se pone frente a la pileta dándome la espalda. ¿Qué estará haciendo? ¿Por qué me descuida? No sabe que puedo escapar…

Agarra algo de uno de los cajones y se da vuelta. Se agacha frente a mí y me pone algo en la cabeza, como un gorrito descartable. No hay duda, me están preparando para dejarme encerrado. Abre otro cajón, saca un delantal de algodón y empieza a pasármelo por un brazo y después por el otro. Me lo abrocha por el pecho con bastante cuidado. Me trata demasiado bien para ser un preso, pero no habla, se mantiene serio, sabe bien lo que hace. Se da vuelta sobre la pileta y abre la canilla. Es mi momento de escapar. Vuelvo para la puerta, la abro silenciosamente y paso del otro lado, mientras se escucha el ruido del agua y sus manos fregándose. Corro a toda velocidad y doblo a la izquierda. Nunca fui tan rápido. Llegando a la primera puerta que me separa de la libertad lo veo aparecer por el pasillo  tras de mí. Con tres grandes zancadas me alcanza y me levanta de las axilas. ¡Qué tonto soy! Estos guardias están muy entrenados. Por ahí son samuráis o boinas verdes.

De nuevo en el cuartito, me deja en el piso y sigue con sus manos. Sabe que no me animo a volver a escapar. Probablemente tenga poderes mentales. Creo que no tengo salida. Voy a tener que cumplir mi condena en este loquero y ni siquiera pude despedirme de mamá. Espero que le grite mucho a papá, me encanta cuando es su culpa y no la mía. El traidor ni volvió a buscarme. Que van a decir los chicos en el jardín, nadie me va a hablar nunca más. Voy a ser el loquito. Si es que me dan pocos años. Por ahí de viejo sigo acá, con el abuelo de Maxi.

El pelado gira y me levanta de nuevo. Me pone sobre las zapatillas otra cubierta de tela. Creo que es para que me resbale si trato de escapar. Pasa la puerta para el siguiente ambiente y hay otro cuartito, tan chico como el anterior. Pero este tiene una puerta toda de vidrio por la que se puede ver para adentro. Desde acá se ve una cama, demasiado grande para mi, podría correr por arriba de ella o jugar con mis amigos. Me emprolija toda la ropa de preso y se dispone a abrir la compuerta llevando su mano libre a la manija. Mis últimos segundos de libertad, en los brazos de este pelado samurái.

Abre la puerta con bastante esfuerzo. Se ve que pesa hasta para los entrenados guardias. Una vez adentro pasa por el pie de mi futura cama pero sigue de largo. ¿Que hace? ¡Ey pelado, es acá! No me da bola y sigue. Se para frente a una cortina blanca que divide la habitación de lado a lado. La corre de un tirón  y no puedo creer lo que veo…

Papá parado al lado de una cama grande igual a la anterior, sosteniendo en su antebrazo izquierdo un bollo de toallas blancas. Mamá acostada en la cama con los brazos abiertos y las palmas de las manos hacia arriba, totalmente agotada. Tiene la cara hinchada y pálida con mechones de pelo negro pegados a su frente por la transpiración. Sus pupilas oscuras brillan inundadas de lágrimas. Sus ojos casi cerrados  por una sonrisa inmensa que surca su cara de oreja a oreja. Me mira y una gota se desliza por su cachete, pero no puede hablar. Los últimos músculos con energía sostienen esa expresión de alegría incontenible.

El pelado me sienta a su lado y papá me encara con su paquete en brazos. Con la mano libre abre un espacio entre las toallas, descubriendo una cara gorda y redonda con los parpados cerrados y la boca abierta como  buscando el aire. Lo miro fijo sin poder creerlo y sus ojitos achinados se abren suavemente. –Mirá Iván- Me dice Papá – Te presento a tu hermanita –

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