La casa de los Rosetti es como cinco veces la mía.  Su perro también es más grande y más limpio que el mío, aunque definitivamente más tonto. Tienen una señora que les cocina, una tele enorme y un pequeño jardín lleno de juegos. Es como una especie de paraíso en el medio de la ciudad. Nada que ver a las otras casas de mis compañeros.

Es mi primera vez en esa casa. El primer cumpleaños de Felipe desde que había entrado al colegio. Antes vivían en otro país. Yo creo que nunca hablé con él, pero como es nuevo, su mamá no dejó a nadie afuera del festejo. Y ahora yo estoy en esta mansión intentando descifrar ese cuadro que hay arriba de la mesa. No tengo nada mejor que hacer. El cumpleaños es un éxito hasta ahora. Hay golosinas que nunca en mi vida probé, gaseosas como para llenar una pileta y más papas fritas que en Mc Donalds, pero yo me estoy muriendo del embole. Lautaro no vino, creo que por lo del tío, y Mica está en otro equipo. Nos dividieron en cuatro equipos, y cómo si cada uno de ellos tuviera una enfermedad diferente y contagiosa, no nos podemos cruzar. Yo fui uno de los últimos en ser elegido. Por suerte existe Guillermo que gracias a su problema en los pies me salva de la humillación de ser el último orejón del tarro, como dice mi abuela.

Entonces así estamos, divididos en cuatro equipos, esperando el próximo juego. De pronto veo entrar a mis peores enemigos. Las cucharas y los huevos. Desde que tengo uso de razón, que en cada cumpleaños jugamos a ese estúpido juego que consiste en llevar un huevo arriba de la cuchara con los dientes sin que se caiga. Yo pensé que ya estábamos grandes y que lo habíamos superado, pero parece que a Mamá Rosetti todavía le divierte la idea de ver cómo van a limpiar la sala cuando se me caigan los huevos.

Siempre se me caen, no lo puedo evitar. Pero esta vez no estoy de humor para ver como el piso se llena de esa cosa amarilla pegajosa. Prefiero no ser la burla de los demás. Prefiero irme por ahí a recorrer la casa. Con lo grande que es, seguro esconde cosas más divertidas.

Una de las pocas ventajas de ser tan pequeño es poder escabullirte en cualquier momento y lugar sin que nadie lo note. De a poco me fui acercando a la puerta, y cuando la mayoría estaba atento a las explicaciones de un juego que conocen de memoria, aproveché y me escapé. ¡Por fin la libertad! Toda una casa gigante para buscar cosas.

Lo primero que vi fueron unas escaleras al final del pasillo. Miré para todos lados para ver si había alguien pero no encontré a nadie. Así que subí cuidadosamente cada escalón. Arriba había varias puertas, la mayoría de ellas cerradas. Me moría de ganas de saber que había en esas habitaciones. Me puse a mirar por la cerradura de cada una de ellas pero no logré ver nada muy claro. Así llegué hasta la última de las puertas del pasillo. La única de todas que estaba abierta. Había poco más de un centímetro para poder ver lo que pasaba adentro. Me acerqué con mucho cuidado, casi con los pies separados del piso. Puse mi ojo derecho y vi un cuerpo que se movía. Inmediatamente saqué la cabeza de ahí. Dudé unos segundos si volver al aburrido cumpleaños o seguir mirando lo que pasaba. Decidí quedarme. Puse otra vez el ojo derecho, pero esta vez no vi nada. Cuando estaba por sacar la cabeza nuevamente, algo apareció de repente. Una espalda desnuda. Bajé la mirada, y después de la espalda había una pollera. Era una mujer, seguramente la hermana de Felipe. El hueco por dónde yo miraba era minúsculo y era imposible que me viera desde adentro. Por el contrario mi ojo derecho podía ver casi todo lo que pasaba en ese cuarto. Sin previo aviso esa espalda desnuda giró y se puso de frente. Lo que vi, probablemente nunca más lo olvide. Eran las primeras tetas no familiares que veía en vivo y en directo. Las primeras desde que había aprendido a hablar. Las primeras de verdad.

Cambié de ojo para que aquello que veía quede grabado en las dos retinas, pero el ángulo era incómodo así que volví al derecho  antes de que las tetas se fueran. Todavía estaban ahí, firmes y blancas. Únicas. Eran perfectamente redondas. Me las quedé mirando hasta que fueron tapadas por ropa. ¿Por qué algo tan lindo tenía que esconderse? Pensé.

Acababa de ver a la hermana de Felipe desnuda. No había visto algo mejor en mi vida. Tanto que estaba a punto de explotar. Necesitaba ir al baño urgente, pero el único que conocía quedaba abajo, donde estaban todos, con los huevos y las cucharas. Me quedé un rato arriba a ver si se me pasaba pero a cada segundo mi pito se seguía hinchando. Estaba más grande que nunca y mi pantalón no lo iba a aguantar. Entonces bajé lo más rápido y silencioso que pude. Estaba a punto de llegar, inflamado e inclinado, cuando la Mamá de Rosetti me frenó de repente.

  • Nenito, ¿Dónde estabas? ¿Qué hacías ahí arriba?

Me agarró tan desprevenido que no tuve tiempo de ensayar ninguna respuesta. Además, tenía algo creciendo entre mis piernas que no daba tregua.

  • Te hice una pregunta. ¿Qué es lo que hacías ahí arriba?

Yo la escuchaba, pero en mi cabeza solo había lugar para las tetas de su hija.

  • ¡Andá ya para allá y no vuelvas a subir! El festejo es abajo.

El velorio era abajo, el festejo verdadero estaba en la última puerta del piso de arriba. Tuve ganas de responderle eso, pero preferí pedir perdón como pude e ir corriendo con las manos tapándome. Cuando vi que la señora dejó de mirarme, me metí rápido en el baño.

No tenía traba ni llave así que me apoyé contra la puerta. Me bajé los pantalones de un saque y empecé a manosearme. No habrán pasado ni cinco segundos, que pude ver como un chorro blanco y espeso salpicaba todo el piso del baño de los Rosetti. Mi cuerpo se frunció entero y los pelos se me erizaron. Sentí un cosquilleo bajar por todo mi cuello hasta doblarme la espalda. Me dejé caer sobre el piso frío y me quedé unos minutos ahí, con el pantalón por los tobillos, la mano en mi pito y la cabeza en la hermana de mi nuevo amigo. Fue el mejor cumpleaños de mi vida.

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