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Morgan estaba en el piso agarrado por Sebastián, el Panza y uno de los pibes que había dejado entrar Poli. Así y todo, el yankee se las ingeniaba para soltarse de vez en cuando y pegarle a alguno. Cada golpe era devuelto y multiplicado. Sobre todo por el rosarino que tuvimos que sacarlo porque casi le revienta la nariz. La única opción de suplantarlo era yo, ya que Robert estaba con el brazo roto y el otro de los pibes elegidos por Poli se había escapado despavorido. De pronto me vi apoyado sobre el pecho de Morgan agarrándole los brazos y con su cara justo frente a la mía. Tenía los ojos más grandes que de costumbre, casi que se salían de sus orbitas. Estaba mojado, empapado de sangre y calor. Me dijo algo imperceptible que supuse que era algún insulto. Yo le tenía mucha bronca. Era un enojo que se fue agrandando con los días sin ninguna explicación más que la paranoia y un sentimiento estúpido de excesivo patriotismo quizás. De todos modos, no me importaba lo que había hecho con la chica de rastas ni al dueño del bar. Al menos, no me importaba en ese momento. Tampoco me importaba que haya querido levantarse a Juli en Cachi. Creo que estaba enojado con él, porque no tenía los huevos de enojarme conmigo. Eso pensaba mientras lo miraba, con un poco de lástima y asco.

La sirena casi ni se escuchaba con la tormenta. Era una sola, pobre, sin luz que no tardó en llegar a la puerta del bar. Detrás suyo, un auto celeste, casi gris, con una luz roja en el techo en silencio. Entre la ambulancia y el auto del policía hacía una sirena, como las que estamos acostumbrados en la capital. En el primero venía Lucho con un enfermero y un médico. En el patrullero gris, Ariel y dos policías, uno de ellos era el que noches atrás nos había ayudado con la búsqueda de Robert. No pareció contento al vernos. Nos miraba con una mezcla de vergüenza y miedo. Como si fuéramos la causa de los últimos males del pueblo.

El hombre herido estaba apoyado sobre las piernas de la mujer que no había parado de llorar ni un momento. A su vez, ella era contenida por Andre, que entre palabra y palabra alguna lágrima filtraba. Pudieron detener la hemorragia hasta que llegó la ambulancia y entre el médico y el enfermero se lo llevaron junto a su mujer.

Los policías cerraron la puerta del bar y echaron a los pocos curiosos que se habían acercado, la mayoría mochileros. Nosotros tuvimos que quedarnos adentro como testigos. Me acerqué a Juli, pero ella seguía consolando a Ludmila y pareció ignorarme por completo. Le puse mi mano en su cuello pero siguió ignorándome así que empecé a pasarla por su pelo y a frotarla. Me miró mal, como queriéndome decir que no era el mejor momento. Lo entendí, y me fui otra vez con Robert. Aunque seguí mirándola a ella. Eran mis últimos momentos del viaje y quería mirarla el mayor tiempo posible. No me importaban los policías, ni Morgan, ni la sangre y las lágrimas, ni las tucas que el suboficial confiscaba pidiendo explicaciones. Era la última noche de un viaje que había sido atravesado por Juli. Lo único importante era ella. Y yo.

Y fue una larga noche que termino en día. Todos declarando en la comisaría, por lo de Ludmila, por lo del hombre del bar, por los porros y la merca, por estar vivos, de vacaciones. Pudimos zafar, gracias a Morgan que había desbarrancado un poco más. Faltaban un par de horas para que saliera el bondi de vuelta a Buenos Aires así que después de declarar nos fuimos para el hospital. Ahí nos dijeron que el hombre estaba bien, que por suerte el cuchillo no había atravesado ningún órgano vital y que en unos días ya podría volver a su casa. Fue un alivio general, como si todos tuviéramos un poco la culpa de lo que le pasó. Después nos separamos. Quedamos en encontrarnos en una hora y media en el camping, y aproveché ese tiempo para ir a dar el último paseo con Juli. Fuimos bordeando el río hasta donde termina el pueblo. Antes, frenamos en un almacén a comprar galletitas y una botella de agua. Le dejé mis últimas monedas, y el resto, o la mayoría lo puso ella.

Después de desayunar nos recostamos sobre el pasto a mirar el incansable río. Hablamos de cosas ajenas al viaje. Me contó que cuando era chica daba grandes paseos con su mamá por la costa del río Paraná. Que compraban siempre garrapiñadas hasta que se rompió un diente con una, y nunca más quiso comerlas. Pero que los paseos los hacían igual, aún en invierno cuando había sol. Le pregunté porque y cuando habían dejado de hacerlos. Me dijo que fue cuando su mamá se enfermó y estuvo de reposo casi un año. Y que ese tiempo, ya se había conseguido otro que la acompañe a pasear. Sentí celos por no haber sido yo el que la acompañara. Me reí de mis celos, y se los conté. Me sonrió. La sonrisa me llenó el corazón, y también me empezó a calentar. Le di un beso, cortó. Después uno más largo y ella me agarró la cabeza. Nos empezamos a doblar, a encajarnos. El sol nos tocaba los pies, pero el resto de nuestros cuerpos estaba a la sombra de un árbol. Le metí la mano por la espalda y fui bajando hasta donde empezaba su cola. Miré un segundo a ver si pasaba gente, pero parecía no haber más vida que nosotros dos y el río que sonaba. Seguí explorando el cuerpo que ya conocía. Ella hacía lo mismo conmigo. Nos empezamos a masturbar mutuamente. Le saqué la mano porque no quería arruinar el momento antes de tiempo. Yo seguí con la mía hasta que estuvo empapada. Me puse el preservativo que me había dado el Panza y bajándole el pantalón de bambula se la metí, primero tímida, y después con toda la fuerza. Ella me miraba y se mordía los labios. Soltaba apenas un hilo de grito, un gemido parejo que fue ganando volumen hasta que la callé con un beso. Al tiempo que mi boca se chocaba con la suya, mi cuerpo explotó. Los dos gritamos, casi en silencio. Un grito que solo nosotros escuchamos, y quizás el río.

***

  • Coco, vos seguí caminando, no seas boludo, no pares.
  • Pero ahí está la vieja.
  • No importa, no la mires y seguí.

Pasamos por al lado de ella, como si fuera invisible, siempre mirando al frente y caminando cada vez más rápido. Empezó a gritarnos. Nunca nos frenamos. Detrás nuestro no venía nadie más, ni Robert ni Lucho. Nosotros dos seguimos hasta que pudimos mirar para atrás y no ver más a la vieja. Cruzamos el puente y recién ahí paramos a descansar y esperar al resto. Las primeras en aparecer fueron Juli y Poli.

  • ¿Y los demás?
  • Siguen en el camping, están arreglando como pagar.
  • Son boludos, les dije que no tenían que frenar.
  • No tuvieron alternativa, además de la vieja, aparecieron dos tipos.
  • Como zafamos Coquito.
  • Yo si fuera ustedes me iría de acá porque los dos flacos estaba bastante calientes y creo que los iban a ir a buscar.
  • No pasa nada boluda, ¿Te crees que van a armar semejante bardo por dos pendejos? Seguro pasa todo el tiempo Poli.
  • No sé, no creo que pasé todo el tiempo que se escapen de la manera que lo hicieron ustedes. No fueron muy vivos. Te cuento que Andre va a tener que poner guita por ustedes además. Yo ni en pedo pongo un peso.
  • Yo tampoco.
  • Tranquilas, nadie les pidió. Son bravas Coco eh.
  • No sé, Panza, no daba para irnos así. Mejor vámonos de acá.
  • Pero no pasa nada, esperemos a Robert y a Lucho y nos vamos para la terminal.
  • Los esperamos directo allá en la terminal.
  • Y bueno, si tan cagón sos, vamos.

Robert y Lucho aparecieron cinco minutos antes de que saliera el bondi. Venían agitados, transpirando por ellos y por nosotros dos. Andre venía más atrás puteándonos desde lejos. Le pedimos perdón, el Panza le dio plata, yo no tenía nada. Yo me había escapado porque realmente no tenía un peso. El Panza lo había hecho por deporte.

Ya era la hora. Despaché mi mochila y me volví para donde estaba Juli. Cuando estaba por decir algo, ella me calló. No hace falta decir nada, me dijo. Te voy a extrañar estos días, la pasé muy bien, y fue muy lindo conocerte agregó. Para mi fuiste lo más lindo de las vacaciones le respondí. Y le dije que pronto nos íbamos a volver. Casi se lo prometo, pero preferí no hacerlo. En cambio la abracé, fuerte, para dejarle mi cuerpo marcado en su espalda; y le di un beso nuevo. Un beso de despedida, dulce y amargo a la vez.

El bondi arrancó, y yo me volví a sentar con el Panza. Y otra vez me dejó la ventana. Pero cuando miré para ver por última vez a Juli, ella ya estaba caminando con sus dos amigas, y solo alcancé a ver su espalda, y la marca de mis brazos en ella.

FIN DEL VIAJE

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