Era una mañana fría y lluviosa. Ideal para la nostalgia y los recuerdos. Su campera de cuero algo gastada era testigo del momento: la humedad que llevaba era producto de las gotas que el cielo le había salpicado sin querer esas dos cuadras que corrió sin paraguas -siempre se lo olvida cuando es necesario- para llegar a tiempo a la parada del 39 en la esquina de Santa Fe y Talcahuano.

Lo esperó como siempre. El gran karma de todo el mundo cuando llueve: pararse bajo la lluvia y rogar que el colectivo llegue rápido. Pero no… Fueron 10 minutos interminables de cubrirse con el pequeño techito verde de un quiosco de diarios abandonado y rezar para que su esperado 39 ramal 2 alcance la parada.

Se subió algo desganado. Un poco por la espera, otro poco por la lluvia, pero mayormente porque no había pegado un ojo en toda la noche y los pequeños rayos de luz que se escapaban de los nubarrones negros le habían generado una sensación algo extraña. Esa electricidad rara que le recorría el cuerpo mientras subía las escaleras del bondi hicieron que esos $6,25 le dolieran un poco más que de costumbre. Y por eso, cuando el colectivo le dio la bienvenida con un sinfín de oportunidades para sentarse no supo muy bien qué elegir: pasillo con ventanas, su clásico y preferido doble asiento atrás de la primera puerta de bajada o el fondo al lado de una ventana con espacio para estirar las piernas. Optó por la última opción. La única que lo iba a dejar cerca de una persona. No levantó la vista ni le interesó quién estaba adelante suyo. Pero seguramente sentir el calor de alguien cerca lo iba ayudar a despejar la mente y sentirse un poco más querido en ese lluvioso día.

Se sentó, movió el cuello en forma circular para descontracturarse y cerró los ojos por unos segundos para escuchar como la inmensidad del mundo se volvía un vago recuerdo entre luces rojas, bocinas y olor a caño de escape. Abrió los ojos para volver en sí, aunque algún tormento escondido que había intentado olvidar cuando salió de casa reflotó desde lo más profundo  de su cabeza.

Pensaba mientras la ventana se transformaba en un perfecto pizarrón multiuso en la fatídica noche que vivió una semana atrás. Habían pasado algunos días ya, pero de nuevo, la lluvia llama a la nostalgia…

Escribía con su dedo índice letras que él creía que tiraba al azar: M, A, I, R, D, E, O. Aunque no lo decía, se disfrazaban inconscientemente el miedo, el amor y la mierda. Eso de alguna manera lo hacía pensar… o por lo menos describía lo que su cabeza escondía entre risas, cervezas, miradas y llantos.

El colectivo parecía deambular, aunque siempre se dirigía con rumbo más que premeditado, y surfeaba la “onda verde” por la avenida Santa Fe pasando por el Alto Palermo. De reojo, y entre alguna de las tantas letras escritas ya casi vueltas a empañar, miraba como algunos madrugadores esperaban que el shopping abriera para entrar a trabajar. O quizás eran compradores ansiosos. No lo sabía. Tampoco le importaba. Solo el pasar por ahí le revolvía el estómago como muy pocas veces le había pasado. Ya, sin mucho tiempo para olvidarse, había llegado al nuevo EcoParque. Eso no le traía recuerdos. De hecho, ni siquiera le movía un pelo. Pero su cabeza no podía olvidar esos destellos entre-borrados que le había traído pasar por el shopping.

La caprichosa de su memoria no le recordaba el día que había comprado esas Nike Air que tan bien le calzaban y que todavía seguía pagando por esas malditas 12 cuotas. Tampoco le hacía pensar en navidades recorriendo locales buscando un próximo regalo para su hermano. No, la caprichosa iba más atrás. Y no en el tiempo, sino en las calles. Hasta arenales. Al pasadizo secreto entre el Alto Palermo y el cine de la calle juncal. Al Paseo del Sol, más específicamente a la terraza de los de Nelson, el bar que solía ir los jueves antes y después de ver alguna película en el Cinemark. Ahí le había visto la cara por última vez. Ahí le había dado el último beso. Ahí habían compartido esa última birra. Era artesanal, amarga, del estilo IPA, aunque medio caliente por el largo tiempo que intercambiaron palabras sin siquiera tomar un trago. Una lástima.

Ahí habían decidido que se había terminado.

El colectivo avanzaba por el Pacifico cruzando el puente que separa las vías del asfalto. Mientras el 39 cruzaba el tren los sobrevolaba. Como si se tratara de una película de ciencia ficción pero en la realidad. Siempre le dijeron que ese tipo de eventos son ideales para pedir tres deseos. Apoyó la cabeza contra la ventana empañada, cerró los ojos con fuerza, mordió  bien fuerte y pensó. ¿Por qué solo tres? Qué mezquina que es la vida. Egoísta. Pediría tantas cosas…

Su pelo se iba mojando mientras ese mar de dudas lo ahogaba. “¡Qué puta la vida!” pensó por dentro sin darse cuenta que sus dientes ya no estaban apretados y que su boca se había movido sin querer haciendo que sus cuerdas vocales escupieran esa perdida frase en voz alta. “¡Sí, que puta es la vida!”, le exclamó sin vergüenza ese “alguien” que viajaba justo delante de él. Un pelo castaño estilo carré se movía con el vaivén del bondi.

Intentó no darle importancia para concentrarse en esos tres deseos. Pero cuando se dio cuenta, con los ojos abiertos del todo y a la espera de implorarle a los dioses que le den la oportunidad de volver el tiempo atrás a esa noche en el bar, el tren ya había pasado. El colectivo había avanzado también. “Perdí el tren” volvió a decir en voz alta sin percatarse. Ella esta vez se dio vuelta. Con una pequeña sonrisa lo miró. El cuerpo no se veía completo. Pero el flequillo le llegaba a la mitad de la frente. Sus ojos eran marrón oscuro. Bien oscuro. De mirada fuerte. Valiente. Decidida.

“¿Qué tren?” Pregunto esbozando una pequeña carcajada. Él se quedó mudo. La analizó varios segundos. Miró de reojo la ventana empañada y vio que su cabeza había borrado algunas letras. Ahora solo se veían cuatro letras. Se apoyó de nuevo. La miró con los ojos entrecerrados. Sonrió. Los volvió a cerrar. Y a pesar de que el bondi había avanzado un par de cuadras, se animó y pidió un único deseo: “que venga un nuevo tren”.

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