Son muchas las mujeres latinoamericanas que pasaron a la historia como “la amante de” o “la esposa de”, a pesar de haber tenido roles relevantes en la conformación de nuestro continente americano. Son mujeres que, a lo largo de los siglos, han sido ubicadas en casilleros discretos o marginales que nada tienen que ver con su desempeño real en la historia de nuestra patria grande. No es casualidad ni error deliberado, sino una pieza más de un sistema que demoniza o anula a cualquier personaje femenino que se saltee alguna regla. Hoy quiero hablarles de una de estas mujeres, la ecuatoriana Manuela Sáenz Aizpuru, mejor conocida como Manuelita.

Estoy bastante segura de que a la mayoría su nombre no va a sonarle para nada. Yo misma la conocí hace solo cinco años, de pura casualidad. Cuando se trata de Manuela, al menos en Argentina, hay dos opciones: o no la conocés, o te la nombraron como “la libertadora del libertador”, porque andaba con uno que sí se ganó una foto en nuestros libros de historia y que seguro te suena: Simón Bolívar.

Hace un tiempo llegó a mis manos un libro que compila las cachondas y apasionadas cartas de amor que Manuela y Simón intercambiaron a lo largo de 8 años. Quedé sorprendida no solo por la profundidad de la relación entre ambos y lo expuesto de su deseo; sino por el compromiso que ambos sentían por la independencia patria y el lugar importante que le otorgaban al amor.

En estas cartas, los amantes discutían de todo, desde levantamientos militares hasta intimidades y pensamientos filosóficos. Manuela tenía un cierto sentir posmoderno, y muchas de sus planteos podría haberlos hecho yo o cualquiera de mis amigas. De una cosa estuve segura una vez terminado el libro: no hay nada más atrapante que un romance epistolar latinoamericano; lleno de insinuaciones sexuales, estrategias militares y planes independentistas.

Fue a partir de esa lectura y de una visita fortuita al museo de Manuelita Saenz en el Centro Histórico de la ciudad de Quito, que me puse a investigar un poco más sobre la mujer que tanta vida interior mostraba en sus cartas, y que por amor a la libertad se vistió de hombre para luchar por lo que creía correcto.

De ella se dijo de todo: que era ligera, demasiado excéntrica, que se enfiestaba con todos y todas y hasta que amamantaba a un oso. Sí, leyeron bien. Por eso quiero hablar un poco más de la Manuela que menos prensa tuvo, la que además de divertirse con Simón, fue una grosa: militar, estratega, sensible, transgresora y comprometida. Una figura capaz de sostener la tensión entre roles que juzgamos contradictorios o incompatibles, para demostrarnos la riqueza que existe en ese espectro indefinido.

Cuenta la historia que Manuelita le salvó las papas del fuego a Bolívar en varias ocasiones. No solo, por ejemplo, al avisarle que conspiraban contra su vida en la llamada “Conspiración Septembrina” y ayudarlo a escapar por una ventana, sino enfrentándose a varios levantamientos del ejército contra Bolívar. Imagínense, una mina en un ejército, una mina que se plantaba, una mina con injerencia política. Revolución.

Algunos escritos minimizan su participación militar, pero lo cierto es que tuvo no uno, sino varios títulos militares. Caballeresa del Sol de la Orden El Sol del Perú, otorgado por nuestro conocido General José de San Martín[1]; Tenienta de Húsares por su participación en la Batalla de Pichincha y Coronela del Ejército Libertador por su desempeño en la Batalla de Ayacucho. Por último, por haberle salvado la vida a Bolívar y reiteradas veces advertirle sobre conspiraciones en su contra, Manuela lleva el título no oficial de Libertadora del Libertador. Todo esto siendo mujer en el 1800…pero no la conocemos.

La verdad es que la historia no termina de ponerse de acuerdo en cómo quiere etiquetarla a Manuelita, y tal vez sea porque de eso se trataba ella, de no darle bola a las categorías. Fue libre, en una época en la que la libertad era una excentricidad. Escandalizó a la conservadora sociedad quiteña de su época, eligiendo con determinación y haciendo caso omiso a los estereotipos de género que tanto le quisieron inculcar. Manuela ocupó el lugar que quiso sin esperar aprobación de nadie y amó como creyó pertinente, con plenitud y permitiéndose recalcular (estuvo casada con el Dr. J. Thorne). Así le explicaba ella a Bolívar lo que pensaba, en una carta fechada el 1 de junio de 1825, ante la sugerencia de que debían terminar la relación:

«Usted me habla de la moral, de la sociedad. Pues bien sabe usted que todo eso es hipócrita, sin otra ambición que dar cabida a la satisfacción de miserables seres egoístas que hay en el mundo.

 game usted: ¿quién puede juzgarnos por amor? Todos confabulan y se unen para impedir que dos seres se unan, ¿Por qué S.E. y mi humilde persona no podemos amarnos? Si hemos encontrado la felicidad hay que atesorarla. Según los auspicios de lo que usted llama moral, ¿debo entonces seguir sacrificándome porque cometí el error de creer que amaré siempre a la persona con quien me casé?

 Usted mi señor lo pregona a cuatro vientos: “El mundo cambia, la Europa se transforma, América también”… ¡Nosotros estamos en América! Todas estas circunstancias cambian también. Yo leo fascinada sus memorias por la Gloria de usted. ¿Acaso compartimos la misma? No las habladurías, que no importunan mi sueño. Sin embargo, soy una mujer decente ante el honor de saberme patriota y amante de usted.»

Pero a pesar de las voces críticas, parece que el General Bolívar no sucumbió ante la pacatez de la gilada, y no solo estaba enamorado de Manuela, a quien apodaba “amable loca”, sino que la admiraba y reconocía su talento ante los demás. Así queda demostrado en una de sus cartas al General Córdova:

«Ella es también Libertadora, no por mi título, sino por su ya demostrada osadía y valor, sin que usted y otros puedan objetar tal. […] De este raciocinio viene el respeto que se merece como mujer y como patriota»

 No es mi intención hacer afirmaciones taquilleras, pero si nos basáramos en este extracto y en otros,  podríamos decir que Simón Bolivar entendía mejor el feminismo que muchxs de nuestrxs contemporánexs. Manuela es hoy, para quienes la conocen, un símbolo de muchas cosas y, tal vez, una de las primeras feministas latinoamericanas.

carta

Los libertadores no solo tuvieron vidas fuera de lo común y un ideal por el que pelearon; los libertadores además se sexteaban por correo postal. ¿Quién dijo que la lucha por la independencia no tiene tiempo para el romance? Tal vez eso explique nuestra especial manera de concebir el amor. La próxima vez que un pibe te diga que no te contestó porque “no tuvo tiempo”, recordale que Bolívar le decía cosas hermosas a Manuela por carta, mientras se batía a duelo con los españoles y controlaba arranques reaccionarios entre sus tropas.

Es importante y justo que la historia le haga lugar a personajes como el de Manuelita Sáenz, y acepte finalmente el rol fundamental que muchas mujeres desempeñaron. Nosotras siempre estuvimos ahí: estrategas, comprometidas, excéntricas, enamoradas, testarudas, ambiguas, libres y desafiantes.

Y aunque los historiadores y los documentos históricos no se pongan de acuerdo en una versión única y definida, de la impronta de Manuela no quedan dudas. Al final, los personajes históricos son mitad evidencia empírica mitad proyección colectiva. Son lo que queremos que sean. Son lo que necesitamos que sean. Y son también lo que fueron: carne, hueso, revolución, barro, sangre, determinación, tinta, calentura, romance y convicción.

Leer más sobre Manuelita!

[1] Este título le es otorgado incluso antes de conocer a Simón Bolívar.

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