Continúa de 1era parte

Por primera vez en toda la tarde me puse nervioso pero no me paré, ni fui hasta la cocina ni nada. De repente me quedé sin saber qué hacer. Busqué respuesta en la televisión, en la guitarra, en cada rincón de la casa. Todos parecían darme la espalda. Empecé a repasar todo lo que había pasado desde que tuve en mis manos esa postal. ¿Cómo podía ser posible que el otro Santiago hubiera muerto? Yo lo sentía vivo en cada línea de esa carta de amor. Yo lo había visto nacer y morir el mismo día. En tan solo un par de horas. La historia que se me había presentado tan fascinante, terminaba de la peor manera. Pero, ¿realmente terminaba ahí? Yo no podía quedarme con la postal, no me pertenecía. Tampoco podía tirarla a la basura, olvidarla, cuando alguien se tomó el tiempo necesario para esperar a que llegue hasta la otra parte del mundo. Cuando se tomó el tiempo necesario que no supo tomarse la vida ni la muerte. Esa chica se merecía saber lo que había pasado además, si es que todavía no estaba enterada. Me armé otro cigarrillo y me fui al patio a fumar. Mientras estaba sentado ya en la incipiente oscuridad agarré mi teléfono y volví a ver la foto de los tres hermanos. Parecían felices juntos. Una felicidad que no estaba impostada para el momento, sino más bien una felicidad de compartir el camino juntos. Me detuve en cada detalle de sus cuerpos, sus brazos ligeros, sus sonrisas honestas, sus hombros firmes. Empecé a pensar quien sería el más grande de los tres, quién el más sensible, quien el más ordenado y quien el más despojado. Seguro Santiago, pensé. Un alma libre que ahora había encontrado la última y más pura de sus libertades. Me puse triste. El cigarrillo se había terminado hace rato pero yo seguía sentado en un patio cada vez más negro y más silencioso.

Cuando por fin me levanté, fui dispuesto a cerrar el asunto, pedirle perdón a la hermana y olvidarme de todo el tema. Antes de mandarle el último mensaje a Miranda, miré la foto una vez más, ahora en la computadora, mucho más grande y más feliz y triste. La flechita del mouse se puso justo debajo de la otra hermana. Su nombre, su etiqueta, parecía subrayarle la remera: Valeria Polero. Hice click por inercia. La foto de su perfil directamente era su hermano Santiago arriba de un camello haciendo una mueca. Al pie de la foto decía “pensando en vos siempre”. Una frase de una canción que me encanta. Lentamente empecé a llorar. Eran lágrimas pesadas que bajaban lentas. Fueron pocas pero ruidosas. Su perfil de Facebook estaba abierto a cualquier idiota como yo. Me puse a ver cada foto de cada álbum de Valeria. Sus vacaciones en Miramar, la recibida de su hermana, su cumpleaños número 20 en un bar de Palermo, el viaje con las chicas a Machu Picchu. Eran muchos y los vi todos. Y también leía los comentarios en las fotos donde aparecía su hermano. En la foto del camello, esa que había elegido la hermana para homenajearlo, había más de doscientos mensajes extrañándolo. Los leí detenidamente, como si conociera a cada uno de ellos y ellas. Al primo, a la amiga, al compañero del laburo, al amigo del papá, al hermano de la amiga de la hermana, al arquero del equipo, a alguna novia de la infancia, a todos.

Entre todo este mundo, y todas estas personas, no había rastro de alguna chica oriental lamentablemente. Sin embargo, entre los más de doscientos comentarios encontré siete escritos en inglés, dos en italiano y uno en alemán. Ocho nuevas posibilidades se me presentaban en forma de pestañas. Después de unos minutos de rastreo por los perfiles de esos extranjeros llegué por fin a una foto que dejó atrás mi tristeza. Eran nuevamente tres personas, pero esta vez dos hombres y una mujer. Un croata, Damir Kovac, un argentino, y una chica oriental. Ninguno de los dos últimos tenía etiqueta. Aquellas dos personas, que se abrazaban y sonreían felices en esa foto en Berlín, le daban la espalda a las redes sociales. No hay que ser muy vivo para darse cuenta de que al lado de Santiago, estaba su enamorada chica coreana. Era linda, casi de la altura de él, morocha, claro y con labios finitos y rosados. Él la abrazaba como a una amiga. Ella apoyaba su cabeza como una novia. Eran una linda pareja, al menos en esa foto. Me puse a mirar lo que el perfil del croata me dejaba y llegué a la conclusión de que Damir había ido a estudiar a Alemania y seguramente habría conocido a los otros dos en la facultad. Directamente decidí preguntárselo a él mismo. Le hice un preámbulo de que yo era familiar de Santiago y que necesitaba algún dato de la chica coreana para avisarle lo que había pasado con él. Me saludo correctamente, me dijo que sentía mucho lo de mi “primo” y me pasó el mail y nombre de la chica sin siquiera preguntar porque. El respeto a la muerte tiene sus licencias. Casi nadie se atreve a molestar con preguntas al doliente. De todas maneras le explique lo de la postal y le dije que era importante que ella lo sepa, que había sido importante para él. Ya casi me estaba creyendo mi papel. Por suerte para los dos, dejó de contestarme y después de agradecerle, lo despedí con un saludo frío, que Damir enfrió aún más.

Ya tenía el mail de la chica. Solo faltaba contarle todo lo que había pasado, y terminar con esta historia. Quizás devolverle la postal, o tirarla, o llevársela a la familia de Santiago. Todavía había tiempo para pensar en eso. Ahora lo primordial era que ella supiera que nunca recibiría la respuesta de su Santiago.

“Hwang: soy Santiago López. No nos conocemos pero me llegó una postal tuya que iba dirigida a Santiago Polero. De casualidad vivo en el mismo edificio donde él vivía y por error llegó a mis manos. Quizás entre que mandaste la carta y que llegó hasta acá ya te enteraste, pero por las dudas no quería dejar de avisarte. Lamentablemente Santiago murió hace alrededor de un mes. Me lo contó su hermana. Lo siento mucho, te mando un saludo y que sigas bien. Adiós.”

Lo leí dos veces más, notablemente nervioso y desolado. No me parecía justo lo que estaba pasando. Imaginé a la pobre chica frente a la pantalla con esos labios finitos bien abiertos y temblorosos, con los mocos patinando por su blanca piel oriental, con el llanto salpicando todo a su alrededor. La imagen fue tan fuerte y tan real, que borré el mensaje.

Quince minutos después, desde otro mail, volví a escribir un mensaje para ella pero esta vez decidido a mandarlo.

Hwang: ¿Cómo andas linda? Recibí tu carta. Que alegría saber que estás bien allá en Jerusalem. Yo también te quiero, y extraño mucho todos los lindos momentos que vivimos en Alemania. Espero no decepcionarte con esto de escribirte un mail y no una postal como vos, pero no tengo idea a donde mandártela. Le pedí tu correo a Damir. Me alegro que hayas aprendido de mí, aunque sinceramente no sé qué pude haberte enseñado jeje. Te cuento que ahora estoy bien acá en Buenos Aires estudiando pero que tengo pensado a fin de año volver a viajar. No tengo idea a donde todavía pero cuando sepa te aviso y te das una vuelta así nos vemos eh. Todavía sigo sin Facebook y espero que vos también ja, pero podemos hablar por acá si te parece, aunque vos sabes que soy un poco colgado y quizás me tome mi tiempo. Te mando un beso enorme y espero que nos volvamos a cruzar querida amiga.

Tato, tu amigo de alma más joven”

Lo envié, cerré la computadora y me puse a llorar.

FIN

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