Hace algunas semanas me encontré en la entrada de mi departamento con algo muy singular, un objeto arcaico, casi en desuso. Eso pensaba hasta que la vi asomándose por debajo de la puerta. Colándose en la casa sin que nadie la llame, una postal me esperaba. Sí, a mí, a Santiago decía la primera línea. Venía directo de Jerusalem, estaba escrita en inglés, y era de una chica de Corea que decía haberme conocido en Alemania. La carta parecía estar firmada en su idioma. Tenía la dirección del edificio y mi nombre, aunque yo nunca hubiera estado en ese país, y nunca hubiera conocido a una chica coreana. Pero no había dudas de que esa postal estaba dirigida a mí, o al menos el destino hizo que por alguna razón llegara a mis manos.

La leí varias veces. Era una carta de amor, no sé si de uno correspondido, ni siquiera de uno sexual o carnal, pero lo que sí sé, es que había mucho amor en esas líneas, mucha admiración de ella hacía ese tal Santiago que cada  vez se alejaba más de lo que yo realmente soy. “¿Hay acaso alguien más aventurero, inmaduro y de alma más joven que vos? Con esa frase derribé cualquier atisbo de duda que me quedaba de que quizás en algún momento de mi vida me hubiera encontrado paseando por Berlín de la mano de una chica oriental. Era claro que esa postal tenía mi nombre, mi dirección, pero definitivamente yo no era ese tal Santiago. Lo primero que intenté fue descifrar las letras coreanas con ayuda de google. Estaban escritas a mano, y cualquier línea por más pequeña que fuera me hacía dudar entre una letra y otra según la foto que eligiera en el buscador. Lo único que pude adivinar era que una de las palabras era mi nombre. Después puse mi apellido y se escribía muy diferente a los que esos dibujos hermosos me mostraban en la carta. Había mucho amor. Tanto, que olvidó poner su nombre, y en vez de eso, puso el de él en los dos idiomas. Había tanto amor, que no necesitaba apellido. Para ella, era “Santiago”, el único en este mundo. ¿Quién me creía yo para robar su nombre? ¿Quién me creía además para vivir en su dirección, y más aún para tener la postal en mis manos, en mi cara aburrida desprovista de aventuras?

No podía dejar de mirar la carta y de preguntarme porque todavía alguien, en el 2017 seguía mandando postales de puño y letra hasta la otra parte del mundo. ¿Qué clase de romanticismos extraño es ese? Tal vez era un mensaje viejo de otros tiempos, extraviado por décadas en el éter del océano y que venía en busca de un nuevo destinatario. Llegué a pensar cualquier tipo de estupidez hasta que por fin se me ocurrió recurrir a la única persona que podía poner luz sobre tanta sombra chinesca.

No tuve más que abrir la puerta de mi casa y bajar un piso para ver al encargado.

  • Antonio, ¿Vos sabés que es esta carta? ¿Vos la pusiste por debajo de la puerta de casa?
  • Sí, es para vos ¿No? No hay otro Santiago en el edificio.
  • Che, pero igual no es para mí. Qué raro. Acá dónde dice el piso no se entiende bien. Se ve claro que es una C, pero lo otro no se entiende. Puede ser un uno o un siete también. ¿Quién vive en el séptimo?
  • Ahora nadie. Hace meses que está en alquiler. Vivían tres hermanos antes. Dos mujeres y un varón. No me acuerdo el nombre del chico, le decían Tato. Las chicas eran Valeria y Miranda si no me equivoco.
  • ¿Y el apellido? ¿Lo sabés?
  • No, che, que macana.
  • ¿Y no hay nadie que lo pueda saber de acá? El de la administración.
  • A ver, esperame un segundito que lo llamo.
  • Gracias Antonio.

Quizás era porque estaba aburrido, o porque la historia me excitaba más de la cuenta o porque no tenía nada mejor que hacer, pero quería ir al fondo de esta cuestión. Empezaba a encariñarme con aquella chica que se había tomado el tiempo de mandar una postal que cruzara el inmenso charco. Que se había tomado el tiempo, ni más ni menos que en un mundo que cada vez va más rápido. Lo merecía.

  • Santi
  • Antonio
  • Polero era el apellido de los chicos.
  • Muchas gracias.

Subí, me preparé un mate, me armé un cigarrillo y me senté frente a la computadora. Me sentía estúpidamente nervioso. El miércoles que a priori se presentaba como igual a los demás miércoles, ahora me encontraba como una especie de detective de cabotaje buscando en las redes a un tal Santiago Polero.

Había al menos quince tipos con el mismo nombre dentro de Buenos Aires. Busqué uno por uno aquellos que me dejaban entrar en sus fotos y en su vida pública. No había ningún indicio de nadie que haya estado en Alemania. Hice una especie de selección amateur y hubo dos que cumplieron los requisitos necesarios para llegar a la final. Les escribí un mensaje conciso. Después puse Tato Polero, pero solo aparecieron un salteño cincuentón y un centroamericano. Uno de los “Santiagos” me contestó rápidamente y de manera muy cordial que él no era a quien yo buscaba. No podía darme el lujo de sentarme a esperar que el otro contestara así que mientras tanto decidí buscar a las hermanas. Empecé por Miranda, seguido por la lógica de que probablemente existiesen menos. Ni un solo resultado. Seguí con Valeria. Treinta y siete. Me desesperé primero, después me aburrí y estuve a punto de darme por vencido. Pero no, eran recién las cinco de la tarde y no había mucho por hacer. Volví a intentarlo con Miranda, pero parece que ninguna se había hecho un Facebook o un Instragram entre la primera y la segunda búsqueda. Miré la guitarra colgada de la pared. Quizás lo mejor era olvidarse de todo este asunto absurdo y sin importancia. Me puse a tocar acordes sin ningún sentido ni objetivo. De pronto se me ocurrió que tal vez la chica disgustada por su nombre entero, lo haya cortado para el resto del mundo. Volví a la computadora y puse “Mir Polero”. Una persona encontrada. La que yo estaba buscando, no cabían dudas.

En la foto de perfil estaba con un chico y una chica. Eran parecidos. Eran posiblemente hermanos. ¿Pero por qué había decidido poner una foto con sus hermanos? ¿Qué clase de incesto cibernético o familia Ingalls posmoderna eran ellos? Abrí la foto y solo había una etiqueta: “Valeria Polero”. No decía nada más. Ni nada menos. Las manos empezaron a mojar el teclado y mis piernas no podían quedarse quitas. Estaba cada vez más cerca de mi objetivo y ya me sentía agente de la CIA, o del Mossad, o un detective barrial de poca monta. Su privacidad no me dejaba ver más que esa foto y alguna más pero insignificante. Entonces fui directo al grano.

“Hola Miranda, soy Santiago, un amigo de tu hermano. Nos conocimos en Europa y lo estoy buscando hace unos días pero no sé donde se metió. ¿Sabés si cambió el número de celular? Perdón que te joda y gracias”

Terminé de mandarlo y me fui rápido para la cocina. Cuando llegué ya me había olvidado por qué había ido hasta allá. Volví a la mesa, busqué el termo, fui a la cocina otra vez, calenté un poco más el agua, abrí la heladera, no saqué nada porque no había nada, miré el frasco de las galletitas, agarré dos, estaban viejas, apagué la pava eléctrica, cargué el termo y volví hasta la computadora. El mensaje había llegado, y lo había leído. Me clavó el visto, pensé. Inmediatamente me sentí un boludo, por la frase que había pensado y por estar tan excitado con toda esta historia. Me levanté y prendí la tele. Estaba jugando el Barcelona. Me había olvidado por completo. Me acomodé en el sillón buscando relajarme y dejar atrás el tema de la postal pero cada un minuto revisaba mi celular para ver si la hermana me había contestado. Pasó el primer tiempo y nada. Empezó el segundo y el Barca tenía que hacer varios goles más. Yo solo podía pensar en Mir Polero. De a poco me empezó a caer mal la chica, la empecé a odiar. ¿Por qué no me contestaba? Quería saber de su hermano, no quería nada con ella. Escribí eso, pero no llegué a mandárselo por suerte. Le hicieron un gol al Barca. Partido liquidado dije. No sé a quién, pero lo dije en voz alta.

El último gol lo grité como si fuera uno de mi equipo. No podía entender lo que estaba pasando, tres goles en el descuento. Era histórico. Me paré y fui de vuelta a la cocina. Cada vez que me pongo ansioso me da por caminar por la casa y sobre todo ir hasta la cocina. Esta vez la emoción era más fuerte así que agarré lo único que quedaba de valor de la heladera. Había que festejar. No sé bien qué, pero algo había que festejar. Me tomé la lata de birra en seis tragos. Me senté, me paré y me volví a sentar. Miré la computadora, tenía la indiferencia de Miranda Polero ante mis ojos y mi incipiente borrachera. Era el momento.

“Disculpame que te moleste, lo que pasa es que necesito contactar a tu hermano, es por un laburo. Si podés decirme el celular o algo sería de gran ayuda, y no te jodo más. Gracias”

Para el nivel de ansiedad que estaba teniendo tengo que admitir que la respuesta fue mucho más rápida de lo que podía soportar. Pero muy diferente también.

“Mirá flaco, no sé quien sos pero te pido por favor que no me hables más”

Silencio. Corto.

“Perdoname ,¿dije algo que te molesto?”

Silencio. Un poco más largo. Vi que estaba escribiendo pero frenaba, y volvía a escribir pero volvía a frenar. Entonces arremetí otra vez.

“???”

Silencio tan corto que fue imperceptible.

“Flaco, mi hermano murió hace un mes y medio más o menos. Te pido por favor que me dejes en paz. A mi, y a él”

Muchísimo ruido.

CONTINÚA Tu nombre y el mío (2da parte)

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