Cuando era pibe lo único que me importaba era el fútbol. Sabía mucho más de lo que se ahora siendo periodista deportivo. Cuando me dejaban mirar la tele solo me concentraba en los canales de deportes o en su defecto en dibujitos como Súper campeones. El resto del tiempo me dedicaba a jugar a la pelota o a algún fichín como el FIFA o el Winning Eleven. Pero todo este fanatismo extremo por el fútbol me hizo vivir mi primera experiencia de angustia profunda.

En 1998 yo tenía nueve y estaba muy cerca de cumplir diez. El Mundial que se disputaba ese año en Francia era el primero que iba a vivir con pasión y entendiendo la importancia de la competencia. Empecé a leer diarios, comprarme revistas y hasta terminé mi primer libro, uno largo que había sacado La Nación sobre la historia de los mundiales.

Las publicidades me emocionaban y me hacían creer cada vez más que no había chance que Argentina no saliera campeón. Nunca me voy a olvidar de la  propaganda de Quilmes que comenzaba con un hombre ondeando la bandera argentina mientras el locutor decía: “Gente del mundo estamos yendo a jugar el mundial, queremos ese mundial y vamos a buscarlo. Les enviamos a 22 de nuestros mejores hombres que llevan metidos bajo su piel a 33 millones de personas sedientas de una copa más…”

 Ahora yo era parte de esos millones de argentinos que lo único que les importaba era ganar este torneo. Pero para peor el final de esa publicidad terminaba de engrandecer más mis ilusiones. El locutor enloquecía y gritaba: “El fútbol no se piensa el fútbol se siente ¡Hagámosle sentir la camiseta, hagámosle saber al mundo lo que somos capaces de hacer cuando bebemos todos de una misma copa!”

Todo lo que estaba pasando era hermoso. Pero claro, faltaba entender que la copa no estaba regalada y que la podíamos perder.

Casi todos los partidos de Argentina los vi en casa, salvo el que jugamos con Croacia que recuerdo verlo en una televisión chica de tubo junto a 60 compañeros en el colegio. Cuando jugamos con Inglaterra sentí por primera vez esa sensación de nervios mezclados con ansiedad. Me salían insultos hacia el petizo veloz inglés, Michael Owen, que venía volviendo loca a nuestra defensa- hasta ese momento nunca se me había ocurrido putear enfrente de mis viejos- y gritaba los goles de Argentina por la ventana para sentir la unión por un mismo propósito con mis vecinos. Cuando terminó ese partido salí a la plaza a golpear una olla hasta que la destroce y en mi cabeza ya éramos campeones del primer mundial que yo veía con uso de razón.

El marciano con una guitarra que salía de una pelota en la publicidad televisiva del diario El Gráfico me excitaba más todavía y cantábamos su canción en el colegio: “Miércoles si, pobrecita Inglaterra inventaron las reglas que aprendan a jugar, el diario del mundial, el diario del mundial…” Festejo, festejo y un poco más de festejo, nada podía salir mal.

Llegó el 4 de julio de 1998. Teníamos que jugar con Holanda. Como les conté antes en ese momento sabía bastante de fútbol o por lo menos me conocía a todos los jugadores. Sabía que era un partido difícil pero mi fe hacia el equipo argentino era enorme. Nada de cábalas ni ninguna gilada de esas que puedo tener ahora con 28 años, simplemente confiaba a morir en la celeste y blanca y en quienes la llevaban puesta.

El dolor que sentí ese día hizo que me olvide de como viví el partido pero si recuerdo bien lo que me pasó desde el minuto 87 en adelante.

Mi ídolo entraba al área y le hacían un penal – no fue falta – y este jugador a quien yo amaba con locura cometía el mayor error de su carrera deportiva, le pegaba un cabezazo al arquero holandés. Nos quedábamos sin el mejor jugador argentino  y todavía faltaba el tiempo extra, que como todos sabemos nunca llegó a jugarse.

Iban 88 minutos y luego de un contraataque fallido de Argentina, Frank de Boer tiró un pelotazo de atrás de mitad de cancha hacia nuestra área y un rubio con la 8 en la espalda de apellido Bergkamp la bajó de manera impecable, dejó pasar al central y faltando 60 segundos para que terminara el tiempo regular clavó la bola en el ángulo del arco de Carlos Roa.

Se acabó mi sueño y una sensación nunca antes vivida me invadió de pies a cabeza causando principalmente un terrible malestar en mi estómago y pecho.

Terminó el partido y no paraba de llorar. Me encerré en mi cuarto y caminé en círculos. Sonó el teléfono:

– ¿Juampi vamos a andar en bici?

– ¿Vos me estás cargando? ¿No viste lo que acaba de pasar? Sos un pelotudo. Chau

Que tipo insensible ¿A quién se le ocurre ir a boludear después de tremenda decepción?

Así fue que sentí la angustia profunda por primera vez. No prendí la tele porque ni de asomo quería ver algo de la Copa. Guardé mis posters, revistas, figuritas, libros y todo lo que estaba relacionado con ese mundial de mierda. No quería ir al colegio, ni cruzarme con otro que no comprendiera mi mal estar.

Mientras fui creciendo sufrí dolores mucho más grandes. Por mujeres, temas de salud, asuntos familiares y mil cosas más de distinta gravedad.

Con el tiempo – aunque me costó- fui comprendiendo que mi vida no puede ser manejada por un deporte y que Denis Bergkamp no era mi máximo enemigo que había arruinado mi sueño, sino que era un gran jugador, pero igualmente nunca voy a poder sacarme de la cabeza lo que fue vivir el primer peor día de mi vida.

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