Un amigo gay me contó que cuando tenía seis años (1994) se animó a decir adelante de su clase que quería ser mujer. No es que él realmente lo quisiera, pero era su forma de expresar lo que le pasaba, su forma de decir “gay”, esa palabra que no conocía.

A sus compañeros el comentario les hizo cierta gracia, pero no llegó a escandalizarlos. De hecho, estuvo a punto de pasar como un comentario más y quedar en el olvido. Fue la señorita Paula, la entonces maestra de inglés, la que se encargó de hacerle saber a mi amigo lo terrible de su frase. Frenó la clase y entre risas burlonas le pidió que por favor repitiera lo que dijo. Cuando lo hizo, ella no paró de reírse incentivando así la burla de sus compañeros.

Mientras mi amigo me cuenta esto, el que se ríe es él. Me dice que recién en el último tiempo pudo tomarse con gracia esta anécdota, pero que durante años ni siquiera se animaba a contarlo. Recuerda este hecho como la primera vez, pero no la última, que sintió vergüenza en el colegio por ser quien es.

De este episodio ya pasaron 23 años. En todo este tiempo se avanzó mucho sobre la educación para  no discriminar y entender la diversidad como lo que es, algo natural. Sin embargo, maestras como Paula siguen haciendo del aula un lugar poco tolerante.

La Asociación Civil 100% Diversidad y Derechos realizó en enero de este año la Primer Encuesta Nacional de Clima Escolar para Jóvenes LGBT en la que entrevistó a casi 800 chicos  y chicas gay de entre 13 y 18 años de todo el país. Según la encuesta, 7 de cada 10 chicos encuestados sufre algún tipo de discriminación o acoso por su orientación sexual en el colegio.

De ese 70%, la mitad contó que pidió ayuda en la institución, pero que en el 42,7% de los casos esa ayuda fue “completamente inefectiva”. Es que por lo general, los docentes no están preparados para poder enfrentar este tipo de problemas y terminan actuando bajo sus propios prejuicios.

El informe sostiene que los “estudiantes están expuestos de manera abrumadora a ser víctimas del lenguaje peyorativo, prejuicioso y discriminatorio: casi ocho de cada diez estudiantes informa haber escuchado comentarios como ‘puto’ o ‘torta’ usados de manera negativa. Un 30,6% de las/os estudiantes LGBT informa que el personal de la escuela no intervino cuando se expresaron ese tipo de comentarios a pesar de que casi tres cuartos de los estudiantes LGBT dicen que les molestan en alto grado”.

Obviamente, este hostigamiento termina afectando la calidad del aprendizaje de estos estudiantes. El 38,9% de los chicos encuestados, aseguró que a causa del clima hostil había faltado al menos una vez durante el último mes. Por el contrario, cuando se sentían contenidos por sus docentes, las probabilidades de faltar al colegio bajaban al 26,8%. Además, el 14% de los alumnos reconoció que tuvo que cambiar de colegio en el último año.

Los docentes tienen una responsabilidad muy grande a la hora de ayudar a los chicos a aceptarse y ayudar a que los demás los acepten. Es entendible que muchas veces se vean limitados por su propio desconocimiento y, otras, por sus propios prejuicios . Sin embargo, hay algo que no se les puede escapar y es que si un chico está siendo acosado física o verbalmente simplemente por ser quien es, ellos no pueden hacerse a un lado y mucho menos incentivar a que eso siga pasando.

Mi amigo recuerda las risas de ese día en la clase como una mera anécdota. Hoy ya no le duelen, le sirven para entender quién es. Lo ayudan a comprender que sus diferencias, por más carcajadas que puedan causar, son suyas y tienen que ser respetadas. Pero el problema obviamente no está solamente en esa maestra Paula que “sin querer” fomentó las miradas incisivas y las burlas, porque el gran inconveniente realmente reside en nuestra sociedad. Si hoy el sistema educativo fomentara el respeto por la diversidad sexual desde pequeños, este tipo de discriminación no existiría -y seguramente ningún otro. No solo en las aulas sino en todos los ámbitos de la vida, porque claro uno de los mayores problemas que tenemos como sociedad es la homofobia en los adultos, y para poder terminar con esto tenemos que aprender a aceptarnos y querernos tal cual somos. Para que de una vez por todas, y para siempre, el “puto”, la “torta” y el “trava” desaparezcan de nuestro diccionario.

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