Hay una porción de cielo que corta como una flecha las nubes. Llega abrupta, con fuerza, como los ríos bravos. Yo casi muero, casi me vuelvo tormenta; y ahora, estás vos. Y después no vas a estar. Pero ahora vivo, y ahora estás.

Te miro con miedo. Con miedo a que me miren mirándote. Tengo una sonrisa atrás de esta cara fría. Vos lo sabés. Puedo esconderla para el resto. Esta sonrisa profunda, cautiva, es solo para vos.

En el fondo de esta casa hay una gran pared blanca. Pensé en llenarla, y así llenarme. Pero ahora que estoy vivo, y estás vos, no hay pintura que lo valga. Puedo pintar otras cosas. Puedo pintar el cielo, y puedo pintarte a vos.

Ahora de un lado hay menos nubes. Pero del otro hay más, y también hay más personas. Quieren robarse el cielo, vienen oscureciendo el camino. Yo te sigo mirando aunque de a poco veo la sombra comerse mis pies. Escucho el ruido de sus voces gruesas y amargas.

Peregrinación_a_la_fuente_de_San_Isidro

¿Habrán visto mi sonrisa? Tengo un poco de miedo, y confirmo que realmente estoy vivo. La sombra empieza a subir por tu vestido, pero no lo puedo ver, porque tu vestido es negro. Pero sé que está, porque tiene la voz gruesa y cada vez más fuerte. La sonrisa queda atrás y comienzo a temblar. Siento que la sombra está llegando a tu pecho blanco, y no lo voy a soportar.

Ver tu cuerpo contaminado me hace llorar. Pero como cuando río, también lloro detrás de esta cara fría. Pero vos lo sentís, y tus ojos se llenan de fuego. En esas pupilas repletas de sangre los veo venir con sus voces gruesas. Tu mirada me alerta. Cuando la sombra te tapó entera y ya no te veo, entiendo que ya están acá, ya están atravesando el parque.

Te dejo un beso flotando en alguna parte de ese cuarto oscuro y me voy. En el fondo sigue la pared blanca. Al principio me encandila, me quema un poco. Me quedo ciego un momento y eso me desespera. Muevo la cabeza y me froto los ojos, pero siguen ciegos. Me agacho hasta tocar la madera y me raspa. Me sale sangre y pienso que todavía estoy vivo. Me vuelvo a frotar los ojos entonces y ahora puedo ver. Pero todo lo que veo es de color rojo. Hay un tacho en un rincón. Voy hasta él y meto la mano en el líquido denso. Meto la otra y las junto en forma de cuenco. Antes de que el líquido se escurra lo lanzo contra la pared blanca. Se forma una mancha negra. Sigo tirando hasta pintarla entera y dejo el tacho donde lo encontré.

Ahora es un cuarto rojo con una pared oscura como la noche sin luna. Camino hasta ella y me apoyo a descansar un instante. Estiro mis brazos y me doy cuenta de que ahora son negros. Me recuesto sobre la madera rasposa y me muevo lento para que no lo noten. Las astillas del piso me abren heridas pequeñas. Son miles y se multiplican. Pero no me ven, no pueden encontrarme y ya casi llego. El último metro lo hago sin respirar. Llego al tacho y lo agarro fuerte de los costados. Es pesado pero encuentro la fuerza para levantarlo. Gritar me ayuda a hacerlo. No pueden escucharme, porque al igual que cuando lloro o río, aprendí a gritar solo para ella. Me vuelco el tacho en mi cabeza y el líquido espeso baja lento y pesado. Va oscureciendo las heridas, y cubriéndome el cuerpo. Ahora por mis párpados solo pasa el color negro.

Sé que está oscuro, y sé que estás lejos, pero ya no veo todo rojo. Y ya no huelo sangre. Sé, que aunque ya no queda un pedazo de cielo a la vista, en esta noche perpetua, yo aún estoy vivo.

FIN

Las dos pinturas que ilustran el texto pertenecen a Francisco de Goya.

La primera es La Leocadíay la segunda Peregrinación a la fuente de San Isidro. Ambas pintadas en óleo sobre yeso, en la gran pared blanca de la quinta del sordo, en las afueras de Madrid.

Comentarios

Comentarios