27 de septiembre de 2007

La Rusca se retrasó y entramos tarde. Como pudimos nos apretamos en las escaleras del medio de la tribuna y a los pocos minutos comenzó el partido. Yo le agarraba los hombros al Monin y la Rusca me los agarraba a mí.

Los tres íbamos juntos a la cancha hace varios años y desde muy pibes. De hecho – aunque luego nuestra amistad trascendió compartir los mismos colores – son los únicos dos amigos que me hice yendo a ver al club que amamos. Esa noche en la que nos reuníamos en ese lugar glorioso para nosotros, no era una noche más y tenía varios condimentos picantes.

Octavos de final de Copa Sudamericana. Hace un par de años que no ganábamos nada. El partido de ida lo habíamos perdido  1 a 0. Si el equipo no pasaba de fase, el técnico-que no era ningún pichi- había prometido que dejaba su cargo. Cancha llena y distintos sabores. Más de uno prefería que perdamos para que se raje el entrenador y putear todo lo posible a la comisión directiva. La Rusca, el Monin y yo, como siempre, queríamos ver ganar a nuestro equipo.

Cogoteando para ver bien el partido, ya que desde la escalera muy bien no se veía, sufrimos el primer golpe. Gol del rival a los 12 minutos. Duro. Difícil. Preocupante.

Todavía la gente no se impacientaba y los que defendían nuestra camiseta comenzaron a tener el control del partido. Así, a los 31 del primer tiempo empatamos y cuatro minutos después le sacaban la roja a uno de los mejores jugadores del rival. Ahora sí, había  que hacer dos goles, la cancha explotaba y tenían uno menos.

En el entretiempo ni nos movimos. No queríamos perder ese mínimo lugar que teníamos en la escalera. Lo bardeamos un poco más a la Rusca por llegar tarde y comenzamos a golpearnos y a darnos aliento como si fuésemos nosotros quienes estaban saliendo del vestuario para lograr la clasificación. Pero ninguna de estas arengas sirvieron y todo se iba yendo al tacho.

Cuando faltaban pocos minutos para que se cumpla la hora de juego, expulsan a un central de pelo colorado de nuestro equipo. Se acabó lo del hombre de más y las cosas parecían volver a complicarse, hasta que 10 minutos después todo se fue al carajo. Gol de los visitantes: 2 a 1 en contra y afuera todo. El equipo, cuerpo técnico, la gente y la cancha se venían abajo. Así, comenzaban canticos de bronca y dolor.

“Ooooo que se vayan todos, que no quede ni uno solo”

Pasaron cinco minutos del gol que nos había aniquilado y  otro de los nuestros ve la tarjeta roja. Somos nueve, tenemos que hacer 3 goles y falta un cuarto de hora. Nos vimos en Disney.

“La comisión, la comisión, se va a la puta que lo parió”

Es terrible sentir que las esperanzas no están presentes en el lugar donde estás parado. No solo se pierde algo tan lindo como la ilusión, sino que también comienzan a salir todos esos sentimientos nefastos como el odio, la angustia y el sufrimiento.

Cuando se cumplían 73 del segundo tiempo y habían pasado unos segundos de que nos quedáramos con nueve, el jugador que había metido el primer gol, hace otro y así empatábamos 2 a 2. La clasificación era casi imposible. Todavía había que hacer dos más y  faltaba muy poco para el final.

Torcí noventa grados mi cuello y le pregunté a la Rusca: “¿Qué técnico vendrá ahora?” Y su respuesta a mi acelerada pregunta fue: “GOOOOOOL!!”

Solo quedaban diez e increíblemente un pibe de las inferiores con poquísimos partidos en primera ponía el 3 a 2. “Si hacemos uno más pasamos.  Estamos con nueve ¿Qué carajo está pasando?”.

Nunca vi una transformación semejante en tanta cantidad de gente. Es verdad que la dirigencia era un desastre, también era cierto que el técnico se tenía que ir urgentemente, pero todo eso quedó a un lado: dos goles en 6 minutos y con uno menos. Ahora quedaban unos 600 segundos, más el agregado, para levantar un partido que parecía muerto hace rato.

Nuestro ídolo de toda la vida pedía la pelota e intentaba generar esa tan ansiada situación que nos permitiera vivir un momento inolvidable a los tres. Llovían centros de todos lados pero la pelota no entraba. Nuestra defensa estaba regalada y nos salvamos de un par de contragolpes de ellos de milagro. Miraba a mis dos amigos y los tres sabíamos que era muy difícil que se de lo que estábamos soñando, pero si llegaba a ocurrir podríamos llegar a vivir uno de los momentos más felices de nuestras vidas, y juntos.

Faltando un minuto nuestro héroe ya nombrado, tomó la pelota en un costado, se abrió para tirar un lindo centro y quien había metido los primeros dos goles- que se convertiría en Dios por esa noche- se elevó 30 centímetros más que todos los otros humanos que peleaban por esa pelota y clavó el 4 a 2 y el pase a cuartos.

¿Mi reacción?

Me tiré de la escalera al hueco de la entrada. Me lastimé el tobillo pero ni lo sentí. Comencé a correr sordo por el playón de la tribuna. Me tiré al piso y con mis dos manos golpeaba el cemento. Mi pie comenzaba a hincharse y de mis manos caían unas gotas de sangre. Estaba en otra dimensión, disfrutando de la manera más extraña y menos pensada: solo.

Nunca voy a olvidar ese momento y no tengo idea porque mi reacción fue disfrutarlo en soledad, pero cuando me cayó la ficha, iba a venir otra situación que valoraría mucho más todavía.

Volví a correr rengueando hacía la tribuna y en el camino me encontré con un policía, que no podía mirar la cancha porque lo tapaba la gente, pero que sabía perfectamente lo que había ocurrido. Este señor con uniforme, sobre peso y pelo blanco lloraba con la cabeza gacha e instantáneamente cual Rocio Marengo a Marcelo Tinelli, me colgué como un koala del oficial y compartiendo el llanto nos abrazamos fuertemente como la hazaña lo requería. Pero esto tampoco duró mucho porque cuando había salido de mi burbuja sabía que tenía un objetivo que cumplir.

Subí esas hermosas escaleras empujando gente hasta que me encontré con el Monin. Sus brazos se enroscaron en mi espalda, al igual que los míos en la de él y las palabras que nos decíamos no se entendían, pero eso era lo de menos. Al instante la Rusca cayó sobre nosotros dos y el abrazo se volvió una obra maestra.

Esta victoria agónica no nos dio un campeonato – perdimos por penales en las semis – tampoco hizo que se opacaran los problemas dirigenciales, ni futbolísticos, pero sí logró que tres amigos que hoy se conocen hace 15 años, formen una amistad eterna en un abrazo de gol inolvidable.

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