Por Sofía Cash

“Los que se alejan de Omelas” es un cuento de la escritora Ursula K. Le Guin que cuenta la historia de una ciudad utópica llamada “Omelas”. Omelas es una ciudad feliz, quizás la más feliz del universo. Pero esconde un secreto. Casi como un contrato social, mantener la belleza y felicidad de la ciudad y sus habitantes requiere que un sólo niño desafortunado sea tenido de por vida encerrado en la oscuridad de un calabozo sin ventanas ni contacto alguno con el exterior. Este chico aparenta tener 6 años pero en realidad son 10, vive en la miseria, a base de medio plato de avena al día.

Al menos una vez en su vida, todos los habitantes de Omelas son obligados a bajar al calabozo para ser testigos del sufrimiento del chico sobre el cuál descansa la seguridad de su sociedad. Cuando esto sucede, algunos lo entienden, otros lloran y hasta se indignan, pero después todo vuelve a la normalidad. La vida sigue, ayudar al chico significaría poner en riesgo su bienestar, y la belleza de su ciudad.

Hace un tiempo, Sygmunt Bauman, sociólogo polaco fallecido este año, reflexionaba sobre la crisis social mundial, especialmente sobre el drama de los refugiados. Siria hoy protagoniza la mayor crisis de desplazamiento del mundo. 7,6 millones de personas se han desplazado internamente y otros 4 a países vecinos. En su última reflexión, este gran sociólogo explica cómo estas personas representan todos nuestros miedos. El miedo a perderlo todo. ¿Quién es esta gente que viene de Siria, de Libia trayendo amenazas de países lejanos?

“Los noticieros televisivos, los titulares de los periódicos, los discursos políticos y los tuits por internet, que sirven de puntos focales y válvulas de escape para las ansiedades y los temores de la población en general, rebosan actualmente referencias a la ‘crisis migratoria’ que aparentemente inundan Europa y presagian el desmoronamiento y la desaparición del modo de vida que conocemos, practicamos y apreciamos”.

Ellos eran como somos nosotros. Y ahora no tienen nada. Son nuestros peores temores personificados. Tenían un hogar, un trabajo, una familia. Pero ahora son refugiados. Se tienen que ir, porque esa vida ya no es suya, tienen que dejarla si quieren vivir, si quieren ver a sus hijos crecer.

El pueblo sirio está en guerra desde incluso antes de ser nación. Su condición estratégica geográficamente la convierte en la pretendida de siempre: tiene salida directa al Mediterráneo en la ruta del petróleo. El territorio que ahora llamamos Siria ha estado siempre bajo el dominio de algún imperio: persa, griego y romano. Luego vinieron las cruzadas como intento de los europeos de recuperar estas tierras, y finalmente, el imperio otomano que se quedó por 6 siglos hasta el año 1918 cuando cayó bajo la ocupación francesa. En 1947 obtuvo su independencia y desde

entonces se han sucedido tiempos de paz, golpes de estado y guerra civil entre el gobierno de la familia Al Assad y la oposición integrada por varias facciones.

Hoy la situación de los refugiados sirios es la mayor crisis humanitaria europea desde la Segunda Guerra Mundial. Más de sesenta millones de personas desplazadas forzosamente, de las cuales casi la mitad son niños y niñas.

Siria acapara los titulares pero el mundo vive una explosión generalizada de refugiados que, según el Foro Económico Mundial, alcanzó los 21,3 millones de personas en 2016. Hoy en día, al menos una de cada 33 personas en el planeta es emigrante internacional. Existen otras emergencias migratorias que evolucionan más lentamente como en México, Venezuela y otros países de América del Sur.

Los diversos canales de noticias nos muestran en un ciclo de 24 hs. noticias de violencia, destrucción y éxodos de refugiados. Estas imágenes son nuestro rito de pasaje, como las visitas a aquel calabozo. Y los ojos se acostumbran. La promesa de un mundo globalizado se ha convertido en su propia antítesis. En la era de la tecnología y las comunicaciones, olvidamos evolucionar como seres humanos. Cada vez más burocracia, leyes, visas, muros y sobre todo, el desinterés hacia el otro nos separan. Mientras tanto, la vida sigue, para todos menos para ellos. Somos mucho más parecidos de lo que creemos. Olvidamos que muchos tenemos abuelos o bisabuelos que huyeron de la guerra, del hambre, de la persecución buscando una vida mejor en otra orilla. Pero sobre todo, que somos seres humanos, y como mismos, tenemos un deber moral hacia ellos.

Lloramos todos con las mismas lágrimas, soñamos de la misma manera, por mucho que traten de mostrarnos diferentes somos mucho más parecidos de lo que creemos”.

Joan Manuel Serrat.

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