Por Nacho Andino

Suena el despertador. Marcos lo mira con ojos entreabiertos y suspira. “Seis y media ya”, dice. Se levanta con pereza. Rasca su barba y enciende el televisor. “¡Los países cierran sus fronteras para evitar la inmigración!” se oye desde el aparato. Marcos ceba su primer mate. Reniega solo: “los muros invisibles son los peores. Nadie los ve”.

Marcos proviene de Bolivia y trabaja como albañil para una empresa que se dedica a la construcción de parques recreativos y ambientales en la ciudad de Río Lima. Tiene tres hijos con su esposa pero por consecuencia de su arduo labor los ve poco. Eso es una daga para él.

Sale a la calle, su capucha lo cubre del agua, y mira el cielo achinando los ojos. Se le escapa un insulto por lo bajo. Camina. Camina mucho. Llega a la parada. Asciende y desfila hacia el final. Limpia el vidrio mojado con la mano y ve gente acelerada, se escuchan bocinas y alguna sirena aislada. Mira como un señor camina con su chango buscando quizás plástico o cartón. No para de pensar en las cosas que se perciben en la calle: las personas trabajando inagotablemente, con persistencia; los niños que deambulan por la ciudad en vez de estar en el colegio. Cosas así.

Llega al trabajo y pasa todo el día allí.

Marcos tiene la mirada triste y cansada. Las manos ásperas y arrugadas producto del trabajo, de la vida. Es terco, poco sociable, recto. Pero sensible y curioso. No sabe rezar, no le interesa.

Trabaja, trabaja duro e intenso. En los ratos libres se alimenta y en sus auriculares suena Roberto Goyeneche. Es de esos que les gusta silbar bajito. De fondo de pantalla tiene una foto familiar.

El sol se esconde. Fin de la jornada. Sube al ómnibus, no cabe un alfiler. “¡¡Al fondo!!”, exclama el chofer. Marcos va hacia allí. Al mismo tiempo que quita los cables de sus oídos, oye una conversación de una pareja de alrededor 47 años de edad. Se quejan, hacen muecas. “Al fin cortan con esos subsidios” dice él, a lo que ella responde que “cada cual tiene lo que merece”. La charla sigue con el tema. Murmuran, exclaman, distinguen, excluyen, señalan, hablan pavadas.

El colectivo se libera y respira. El vidrio mojado es el pizarrón ideal de cualquier niño. Marcos y su dedo escriben: “Supe del diablo la noche que al hambriento dijo no. También esa noche supe que el diablo es hijo de Dios”.

Baja, se pone la capucha. La pareja toma su lugar e intentan leer lo escrito. En el mismo momento los dos se miraron sorprendidos, colocando el labio inferior por encima del superior asistiendo con la cabeza. Miraron hacia adelante sin emitir palabras.

A Marcos lo reciben sus hijos con abrazos y cariños. Él sonríe, quizás como pocas veces en el día.

Pienso: quizás el mundo empezó a cambiar.

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