• Dame un toque más
  • ¿Seguro? Mirá que ya estás re puesto eh.
  • Dale pelotudo, dame.
  • ¿No querés que nos vayamos mejor? Ya es tarde y esta zona es bastante picante.
  • Vos quisiste venir por acá.
  • Ya se, pero ahora me quiero ir. Dale loco vámonos.
  • Pará persecuta, ¿Qué nos pueden hacer? ¿Afanar? No tenemos nada. Dale wacho, pasame.
  • Bueno tomá, pero no te zarpes. No quiero terminar como la otra vez.
  • No te hagas el gil que seguro te encantó, bien muertito me tenías. No quiero ni pensar las cosas que me hiciste.
  • Sos un pelotudo. Ya vengo.
  • Pará, pará. ¿A dónde vas? Quedate acá. No te calentés.
  • Me voy a buscar algo para escabear. Ahora vuelvo.

Pasaron treinta minutos y Lautaro no aparecía. Una hora, dos, y ni rastros de él. La noche se había vuelto muy oscura allá en esa esquina. Adrián seguía sentado, apoyando el peso de su cuerpo ya ingobernable sobre la pared fría de un viejo edificio. Estaba demasiado drogado para enterarse que su compañero no iba a volver esa noche. Y aunque hubiese querido ir a buscarlo, era incapaz de mover un cuerpo que poco a poco dejaba de responderle.

Estaba duro, y parecía invisible para las pocas personas que, temerarias, pasaban por encima suyo. Solo sus ojos se movían. Lentos y pesados. Un gran charco tibio, iba pintando la vereda por entre sus piernas, formando pequeños ríos que corrían libres por las canaletas que se formaban entre las baldosas hasta caer como cataratas al asfalto negro.

Un gato gris se acercó curioso. Primero desde lejos inspeccionó aquella estatua de huesos que expulsaba líquido. Al notar la inmovilidad, se fue acercando. Primero puso su nariz en una de las canaletas, y luego, con pasos cortitos y sigilosos llegó hasta el hombre. Sacó la lengua y empezó a lamerle el pantalón. Estuvo unos minutos así hasta que pareció empacharse y se acomodó sobre la pierna derecha de Adrián, la más húmeda de las dos. Posiblemente la idea del gato fuera quedarse así toda la noche, pero un par de voces lo hicieron saltar del cuerpo inerte y escaparse por los balcones. Se frenó una vez que se sintió seguro y miró desde arriba como dos chicos se acercaban hasta esa esquina. Una vez que estuvieron frente a Adrián, el pequeño animal no quiso ver más y huyó perdiéndose en la noche.

  • ¿Y este? Mirá como está. ¿Estará vivo?
  • Qué se yo. Vámonos, está todo meado loco.
  • Pará, ¿A dónde vas?
  • Me voy boludo, no tengo nada que hacer acá. No lo toco ni en pedo. Es un asco chabón. Dale, vayámonos a la mierda.
  • No, pará un poco. Mirá, está regalado.
  • Dale, no jodás, debe estar todo infectado. Dale vieja, vamos.
  • Pero papu, esto es un regalo del cielo. ¿Y vos te querés ir? ¿Quién te entiende a vos?
  • Loco, yo a este ni lo huelo. No quiero terminar todo enfermo por este gil.
  • Tomatelas entonces, te veo después. Cagón.
  • ¿En serio te vas a quedar? Estás loco. Chau.

El más petiso de los dos se fue por el mismo lado que el gato. El otro se quedó parado frente al hombre y le revolvió el pelo con su mano izquierda. Después, se agachó y se puso cara a cara. Los ojos de Adrián seguían lentos y pesados la mirada lasciva del nuevo visitante. Este se acercó para olerlo profundo, y mientras inhalaba cerró sus ojos. Se sentó a un costado para no pisar el charco y metió su mano en el bolsillo izquierdo de Adrián. Sacó la billetera y se la guardó. Después, con la ayuda de sus dos brazos logró finalmente poner al hombre de costado.

La noche estaba en su punto más oscuro. Ya no quedaba esperanza alguna de que volviera Lautaro con una botella de vino, ni del gato gris, ni del petiso. Los ojos seguían yendo lentos y pesados.

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