Por Rocío Maldonado

0.

Si intento imaginarme cómo era el mundo antes del primer hombre, antes de que la luna fuese la luna y los lirios, lirios, antes de que el sol saliera por el Este y se pusiera por el Oeste, mucho antes de que estos dedos me pertenecieran y las cartas se escribieran, cuando no había poemas que recitar, anillos por usar ni acciones por verbalizar, antes de esos edificios blancos, gigantes, cuadrados, fríos, horribles, distantes, donde los hombres vivían con dos ojos mirando hacia afuera, siempre hacia afuera, con ganas de salir y no de morir, cárceles, escuelas, hospicios, antes de que los perros ladrasen guau y el azul fuera mi color favorito; si hago un esfuerzo y pienso cómo era todo antes de esta canción que retumba en mis órganos y me hace vibrar y estas dos lupas que, con detalle, te ven, antes de que mi mamá fuese un metro cincuenta de la más pura generosidad, paciencia y amor, antes de que mi papá me enseñara el poder que tienen los principios y el valor de respetarlos y exigírselos al mundo, antes de la garganta que traga con fuerza y esfuerzo todo lo que quiero decir pero callo, ¿qué veo?

Este mundo es nuestro. Cada cosa nombrada nos pertenece.

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1.

Resolví:

Esta es mi verdad. No es gran cosa, pero de algo estoy segura: es mía.

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2.

No sé qué hora es, pero me doy cuenta de que es temprano. Aún con los ojos cerrados lo sé. El cuerpo lo sabe y se encarga de hacerle llegar la información a mi cabeza también. Con la confusión con la que amanecemos todavía envolviéndome, cálida, que me abraza caprichosa e intenta arrastrarme de nuevo hacia el mundo de los sueños, trato de ubicar dónde estoy. No sé qué hora es, pero sé que es temprano. Sigo con los ojos cerrados y escucho el crujir de la madera del piso de madera flotante, la maldición de mis noches. Yo, que nací con el estigma del sueño liviano, marcado a fuego en mi identidad de insomne, siempre detesté este cálido beige. Bastaba con que Nacho, mi hermano menor,, caminara por su habitación para sentir el zapateo en la mía. Él dice que exagero y yo que tiene razón. Mi mamá tiene esa manía que tienen todas las madres: la de limpiar incansablemente. Hace un años, los sábados a la mañana, cuando la casa estaba vacía, intransitada, callada, ella limpiaba los pisos. En esa época salía más que ahora y me acostaba tarde, así que mis sábados solían ser de amaneceres tempranos: escoba, trapo de piso y lampazo, dos cortitas pero ágiles piernas, y una energía que solo las madres como la mía tienen (hiperquinética, ocho hijos, maestra jardinera, esencialmente perfecta). Ah, y el piso de madera flotante. Crac crac.

Ya lo vi, todavía tengo los ojos cerrados pero ya lo vi. No habla, no emite sonido, pero agazapado y gatuno, siento su presencia. Lo conozco demasiado, sé que está ahí, parado en la puerta, mirándome pero sin ver nada porque está oscuro, porque es temprano, porque seguro no son ni las 6 de la mañana. Si abro los ojos, sé que se va a dar cuenta. Siempre se da cuenta. Y está parado en la puerta, esperando que yo dé alguna señal para venir y acercarse, pero son las 6 de la mañana y yo me acosté a las 4, ¿y cómo le hago entender?

–  ¿Cumpleaños?

Miro el reloj, mis sospechas confirmadas. El alba.

– Son las 6 de la mañ… ¡Es temprano! Andá a acostarte.

– ¿Cumpleaños?

– Falta.

– ¿Venir? ¿Vos?

– A la cama, ya.

-¿Venir? Dale.

– No, no voy a ir porque son las 6 de la mañana, es temprano, estamos en marzo y tu cumpleaños es en mayo.

– ¿Cumpleaños?

– Sí, pero falta.

Lo llevo desde mi cama hasta la suya y en el camino me golpeo con todos los muebles. Carajo, se va a despertar mi mamá. Solo cuando llego a su habitación me doy cuenta de que está bañado y cambiado: jean, camisa, medias y zapatillas. Todo él y su ropa están mojados, seguro se la puso así como salió de la ducha, sin secarse con una toalla. Noto que además está frío. Qué pendejo, ya se bañó. El reto del momento es convencerlo de que se ponga el pijama, porque es temprano, son las 6 y diez de la mañana, su cumpleaños es en mayo y estamos en marzo. Lo más importante es que no se enoje, y para esto aprendí que lo mejor es hablarle bien, sin crisparse. En su hermosa sensibilidad (que lo destaca) un ruido muy fuerte, una cara que no entiende o una respuesta que no esperaba, pueden desatar un caos.  Cuando una persona adulta que no lo es, no entiende de razones y solo está motivado por el ambiente, por lo que siente y lo que desea, un maltrato innecesario no es el camino a elegir. Como un guante de seda, delicado y suave, hay que tomárselo con calma y no apurarlo, se puede rasgar. ¿Y quién querría dañar algo tan bello?

– Pato -le digo bajito al oído, casi como si fuera algo que solo los dos podemos saber, un secreto de hermanos, la complicidad del momento- tenés que ponerte el pijama, es temprano.

Me mira y sonríe.

– ¡Mana! -me dice como solo él sabe decirlo (dulce, adaptado e ideal) y me abraza. Y yo estoy enojada, me duele la cabeza, me despertó a las 6 de la mañana porque cree que su cumpleaños se acerca porque anoche se me escapó la infame palabra en una conversación (“Má, mañana no como en casa, tengo el cumpleaños de Cami”), porque nada le gusta más que festejar y reírse, estar con gente y ser genuinamente feliz, porque no entiende nada de límites absurdos como el tiempo o las etiquetas; y mientras pienso que mi mamá está escuchando todo desde su cuarto, atenta, y veo que Nacho no volvió a casa todavía, su cama está vacía, ahí me tiene, parada enfrente suyo, mientras me abraza y lo abrazo, y le digo sonriendo, enojada pero embobada:

-Sí, Patito, soy tu hermana y jamás me perdería tu cumpleaños.

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3.

Patricio no puede nombrar lo que ve. No reconoce lo que siente. Entiende las emociones básicas, pero no qué las motiva. Tomar Coca-Cola, bailar una canción de cumbia, su cumpleaños o cualquier evento en donde haya música y gente, y nosotros, su familia, son las cosas que lo hacen feliz. Su sonrisa es genuina, sus dos brazos, eternos. Hace unos años empezaron sus episodios. Les digo episodios porque, como los de Lynch y Frost, son momentos, una suma chica, necesaria, de instantes que empiezan y terminan. Como un tornado, o el cambio, que llega y viene y destruye, con calma y rapidez, pero que no cesa ni pide permiso. Y nada de eso importaba en realidad, porque todo terminaba en una sonrisa.

No recuerdo muy bien cómo ni a causa de qué, pero lo cierto es que cada vez eran peores, los episodios. Una palabra equivocada o un ruido fuera de contexto era condición suficiente para que los gritos y el sufrimiento empezaran. Una catarata incesante de “¡Salí!” y empujes y te corro y te agarro y salí, alejate, aunque en realidad no quiero, pero no sé qué es lo quiero porque tengo 2 años, ¿no ves que tengo 2 años y no entiendo qué me pasa? No sé si tuve un mal día en el colegio o si lo que me dijo Nico me hizo enojar, o tal vez tuve un sueño feo anoche y me duele el dedo. ¿Qué es soñar, papá? No sé qué me pasa. Te quiero pegar. Te quiero. Te empujo, te agarro, correte, andate, dejame. ¿Qué me pasa, mamá? ¿Qué es esto que me invade y no entiendo? Te quiero, vení, abrazame que soy chiquito y no entiendo y quiero llorar. Y llora. Y lloro. No entiendo. Y te abrazo y de nuevo.

Salí. Salí. Salí. Salí. Salí. Salí Salí. Salí.

Creo que esa fue la primera palabra de guerra que aprendió, salí. No aprendió muchas palabras más. Mamá, papá, Coca, sí, beso, bombón, ¿Qué?, casar, no, ¡BASTA!, dormir, asado, amor.

¡BASTA! NO. NO. SALÍ. SALÍ. SALÍ. SALÍ. SALÍ. SALÍ. SALÍ. SALÍ. SALÍ. SALÍ. SALÍ.

El problema de lidiar con un hombre de 29 años, pero que emocionalmente no tiene ni 2, es la fuerza que la adrenalina no mide. ¿Qué me pasa, mamá? ¿Cómo se llama eso a lo que me subo y tiene ruedas y puertas y un volante y papá lo maneja y el cinturón de seguridad y me subo y veo árboles, calles, bicicletas, la escuela, la cancha, y que suena Gilda y lo canto y lo canto y me encanta? ¿Qué es esto que me hace querer saltar y bailar y reír y vivir y abrazarte? ¿Por qué primero me saco la remera, después el pantalón y después el calzoncillo para bañarme? ¿Por qué si me acerco a eso que parece fuego, me quemo? ¿Qué es quemarse? ¿Dónde están mamá y papá? ¿Qué es un avión? Quiero que vengan ya. ¿Qué es esperar? Mi cumpleaños. 26. NO. Beso. ¡Coca, mamá, coca! ¿Por qué la gente se muere? ¿Por qué el cielo se ilumina con puntitos todas las noches? Mis hermanos tienen muchos amigos, yo los quiero. ¿Son mis amigos? ¿Puedo salir? ¿Por qué no puedo hablar esto que quiero decir? Quiero participar, papá, dejame decir lo que quiero decir. ¿Por qué no me salen las palabras? ¿Qué son las palabras? ¿Qué es esto que me pasa, Cocó? ¡Ayudame, no puedo! ¿Qué me pasa, mamá? Quiero llorar, ayudame, Cocó.

Esto es un auto.

Esto es angustia.

Esto es frustración.

Eso son las estrellas.

Esto es quedarse callado la boca.

Esto es la tristeza de saber que no vas a volver.

Esto es dolor por no poder ayudarte a entender lo que te pasa.

(Pero nada de eso importa porque todo termina en una sonrisa).

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