Por Matías Blanco

Desde que soy pibe, el prócer nacional que más tengo presente es Manuel Belgrano. El barrio en el que vivo, el colegio al que fui y el club del que soy socio, llevan todos su nombre. Además, en los actos de primaria me tocó representarlo más de una vez. Me acuerdo a mi vieja preocupada porque el traje militar no estaba en stock en mi talle. En fin, Manuel Belgrano es uno de los íconos preferidos de la historia nacional y, siempre que puedo, trato de leer y aprender sobre él.

A pesar de ser una figura clave de la revolución y haber sentado las bases para el proceso de independencia, para muchos la figura de Belgrano está asociada a un único hecho: la creación de la bandera.

Según el mito, los colores que lleva la bandera argentina se inspiran en el cielo (como dice la canción “el firmamento su color le dio”). Pero, leyendo un poco sobre Belgrano, uno se topa con que en realidad lo que hizo aquel 27 de febrero de 1812, en las barrancas del Río Paraná, fue uno de los actos de rebeldía más importantes de aquel entonces y que la inspiración no le surgió una tarde tirado en el pasto boca arriba.

Bien conocido es el cantito “el que no salta es un inglés” y  Belgrano fue el primero en saltar. Cuando en 1806 era el Cónsul de Buenos Aires (el primero en su cargo) y llegaron los invasores ingleses al Río de La Plata, les hicieron jurar lealtad a la bandera británica a todos los funcionarios nacionales pero el único que no lo hizo fue él. “O el viejo amo o ninguno”, habría dicho mientras partía al este. No fue condenado a muerte porque el establecimiento inglés en Buenos Aires no prosperó. De hecho él fue un partícipe importante en la victoria de los nuestros sobre los ingleses, expulsándolos de estos territorios en aquellos primeros años del siglo XIX.

La escarapela, esa insignia que nos ponemos en el suéter en las vísperas de las festividades patrias, fue la mentora de los colores de nuestra bandera. En realidad eso que se izó en 1812, como decimos los futboleros, fue un trapo. Un trapo rectangular de colores azul y blanco, tejido a mano por una vecina de la ciudad de Rosario y luego entregada al General. Los colores de la escarapela fueron tomados de la Casa de los Borbones, de la que era miembro su Católica Majestad Fernando VII, que por ese entonces era el Rey de España y en nombre de quien se habían llevado adelante los sucesos de mayo de 1810. Pero este acto de patriotismo no le salió barato a Don Manuel a quien, desde Buenos Aires, reprendieron porque nadie había hablado sobre enarbolar otra bandera que no fuese la española en este territorio, que todavía no se llamaba Argentina.

Quien alguna vez haya ido a Rosario, seguramente pasó por el Monumento a la Bandera. ¿Qué hacía Belgrano en esa ciudad? No fue a ver a Central, ni tampoco a Newells, faltaba mucho para que empezaran a existir. A propósito, qué golpe duro sería para los porteños unitarios de aquella época enterarse que ahí, a la vera del Paraná, muchos años después se construiría el Monumento Nacional más importante, íntegramente ligado a la figura de Belgrano.

En Buenos Aires gobernaba el Triunvirato al mando de Rivadavia, quien quería tener a Don Manuel bien lejos ya que sus ideas molestaban, y mucho, por ir en contra de la idiosincrasia centralista porteña. ¿Qué mejor idea que mandarlo lejos y a la vez cubrir las orillas del Paraná de los ataques de los realistas? Era matar dos pájaros de un tiro.

Quiso el destino que fuera en Rosario donde naciera una historia que hasta hoy tenemos todos presente y que a muchos nos llena orgullo. Además de tener a Fontanarrosa, Fito Páez, Messi, el Loco Bielsa, Luciana Aymar, el Negro Olmedo y la mejor noche del país; también tienen esa enorme estructura que nos recuerda a los argentinos la cuna de nuestra insignia patria.

Aquel día de febrero de 1812 Belgrano juntó a todas sus tropas en las orillas del río y, una vez izada la bandera, se dio una escena digna de una película hollywoodense al estilo Mel Gibson en Corazón Valiente. Cuenta Bartolomé Mitre en su libro “Historia de Belgrano y la Independencia”, que Belgrano iba subido a su caballo y recorriendo la primera línea de las tropas de lado a lado. En un momento se adelantó y, mirando a todos, alzó en su mano la escarapela y gritó “Soldados, hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional […] Juremos vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores, y la América del Sud será el templo de la Independencia y la Libertad. […] ¡Viva la Patria!”.

La relación entre  Manuel Belgrano y Argentina, va mucho más allá de la bandera  y se podría escribir mucho más que estas simples líneas sobre su vida. Pero hoy toca hacer este humilde homenaje a un hombre que fue abogado, político, militar y periodista pero, por sobre todo, un tipo que dio su vida entera por un país.

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