Es lunes 06 de Febrero, son las once de la mañana y acabamos de llegar a la misión de Mangundze, en la provincia de Gasa, Mozambique. En una antigua y enorme galería, azotada por el sol,  saludamos a los abrazos a nuestros compañeros de equipo, que ahí nos esperaban. Algunos desde hace un par de días, otros desde hace un mes. Agobiado, lo único que podía pensar yo era como hacían para moverse por la casa de huéspedes y sus alrededores sin que el calor los quemase. Como es que no los afectaba  y como podían estar de tan buen humor.  Hasta quisieron almorzar ahí afuera sin ningún reparo, pero los recién llegados no estábamos dispuestos.  No señor, vamos a hacerla bien. Vamos a encerrarnos en un cuarto los veinte y a comer en el piso, chivando y esquivando los rayos que se filtran por las ventanas.

Cuando nos hubimos terminado la “masa con molho de tomate” nos arrastramos hasta el árbol más grande de los cercanos y nos tiramos  a esperar a que pasen las horas y la temperatura se vuelva soportable. Adentro de la casa era imposible y solo debajo de esa sombra se podía estar, siempre y cuando no moviésemos un solo músculo.

Recién ahí pude descansar y creo que hasta me quedé dormido. Cuando recuperé la conciencia había varios chicos que nos miraban. La jornada escolar había terminado y no podían volver a casa sin antes ver esa manada de animales exóticos, débiles y agotados, vaya uno a saber porqué.

Algunos de los que yacían a mis costados empezaron a incorporarse lentamente y a interactuar con los visitantes. Yo solamente abandoné mi posición horizontal para apoyarme en mis rodillas sin entender mucho todavía.

Pasó un rato en el que, mientras nos despabilábamos, charlamos, cantamos y jugamos con los chicos, y dejamos al menos de pensar en el calor.  Seguíamos abajo del mismo árbol parados en ronda, cuando apareció Luis, un negro alto con la camiseta de Racing. Venía a avisarnos que en un rato se juntaban en el “campo” a “jogar bola” y no quería dejar de invitarnos. Yo me reí y miré a los costados buscando sonrisas cómplices en esas caras que conocía no hace mucho, pero no hubo respuesta. Parece que no era joda,  había que jugar al futbol.

Después de elegir la ropa que iba a arruinar, me junte en la galería con los demás condenados, preguntamos donde quedaba y encaramos para la cancha. Cuando llegamos yo ya estaba para pedir el cambio. Para aclarar, con “cancha” me refiero a un rectángulo  gigante de arena roja agrupada en regulares dunas de medio metro, con dos arcos enfrentados y las esquinas invadidas por yuyos, huellas del mato que le hace de hinchada y parece desesperado por colarse en el campo. Por el medio del terreno cruzaba una franja lisa de aproximadamente un metro de ancho. Era el camino por donde pasaban los barriles llenos de agua que arrastraban los vecinos, valiéndose de aquel arcaico pero imprescindible invento humano llamado rueda.

Todas las tardes los muchachos de la zona de cualquier edad se juntaban a entrenar, siempre y cuando cumplieran con la única exigencia, ser hinchas de Racing. El motivo de este requisito era el dueño de la pelota, del predio y de sus esperanzas, el cura Juan Gabriel. La premisa era divertirse, aún así Juanga se tomaba los partidos bien en serio y no regalaba nada. Por suerte en el armado de los equipos me tocó de su lado. A los “balungos” nos dividieron mitad y mitad y los negros completaban los equipos. Nuestro equipo jugaba con remera, para el otro tocaba cuero.

Ni bien arrancó el partido se notaron las figuras. De su lado un arquero seguro de arriba y de notables reflejos y  “Yaya toure”, el apodo que le puse al moreno alto y grandote que manejaba los tiempos en la mitad de cancha.  Del nuestro, un central fuerte con alma de karateca que conocía bien el terreno y reventaba todo lo que le pasaba cerca – así fuera de cuero o de carne-, Rivaldo un puntero rápido y habilidoso, y por supuesto, el entrenador y capitán, Juanga.

Entre el calor y la humedad, la arena y la irregularidad del terreno, llevar la bola era imposible, lo mismo que dar un pase por abajo. El juego era completamente distinto al que estamos acostumbrados y las ganas de demostrar el talento argentino se diluyeron en pocos minutos. La prioridad era no pedir el cambio muy temprano y “divertirse”, algo inaceptable en nuestra tierra natal.

Arrancamos jugando mejor y por una mala salida de ellos metimos el primero. Unos minutos más tarde, con un zapataso de afuera, nos empataron. Inclinamos la cancha a base de presión y centros de fútbol playa, y con los primeros tres pases seguidos convertimos el segundo. Después de eso el partido entro en una meseta, un poco porque su arquero se convirtió en figura y otro poco porque no podíamos más y buscábamos aire como un pez fuera del agua con los brazos en jarra. Suponiendo que en algún momento no lo fue, el partido se puso trabado y los argentinos empezamos a calentarnos.

Los mozambiqueños  todo lo contrario, se gritaban entre ellos en tono de joda (andá a saber en qué idioma) y se olvidaban del partido. Cuando dos jugadores trababan y salían volando al piso  -cosa que sucedía con bastante frecuencia- se torcían de la risa y perdían de vista la pelota. Ni hablar de los goles, cada vez que había uno, festejaban y se abrazaban sin importar siquiera que fuera del otro equipo.

Más que cualquier otra cosa les divertía nuestro lenguaje dentro de la cancha. De repente nos encontramos pronunciando frases como “joga meio” o “trocala toda” o “tira cruzamento”, seguidas de “mano”, el diminutivo de hermano, como se llaman todos los jóvenes por esos pagos.   Aún así, cualquier incoherencia que dijéramos era perfectamente interpretada, eso es lo lindo del idioma del fútbol.

En eso nuestro equipo se fue quedando físicamente. El ninja del fondo dejó de llegar a todas y nosotros  ya jugábamos completamente estáticos. Por una contra que nos agarró mal parados y dos malas salidas de abajo que pusieron loco a juanga, nos hicieron tres goles en pocos minutos y quedamos 4 a 2 abajo. Nuestra cara cambio completamente. Ya estábamos bien metidos en el partido y una derrota así no le gustaba a nadie.

Subimos un poco el ritmo y empezamos a atacar. Juanga pedía la pelota y se ponía el equipo al hombro. Las indicaciones de todos tomaron un tono más agresivo. Los acorralamos contra su arco y  en un despeje de ellos la pelota le cayó a felipao en tres cuartos de cancha que impulsado por nuestro grito desesperado de “balisaaaaa…” “balisaaaa….” remató de larga distancia. El tiro tenía destino de arco pero la trayectoria fue interrumpida por los brazos de un defensor que intentaba cubrirse el estómago y del impacto de la pelota. “Penal”. El alarido pelado de los de nuestro equipo  interrumpió la tranquilidad de la tarde. Se armó una pequeña discusión en torno a la intencionalidad de la mano, pero el cura agarró la pelota y la clavó a doce pasos. Made, que no venía fino, tomó una larga carrera y le rompió el arco. Gol y 3 a 4.

El sol empezó a bajar y nos quedaba poco tiempo para empatar. Cada vez se veía menos, pero sabíamos que el partido no iba a terminar sin que tengamos alguna más, así que decidí adelantarme en el campo. Recuperé una pelota en mitad de cancha, aprovechando que yaya toure se fue al piso al toparse con una duna en un intento de enganche, y arranqué para adelante. Lo encaré  a guchu que se hacía ancho para impedirme el paso, pero le tiré una bici y quedó desairado. Abrí para Made que picaba por la derecha al grito de “tirala” y fui a buscar la pared. Me la devolvió para la carrera, le di de zurda medio mordido y la pelota pegó en el arquero que estaba bien parado. Me agarré la cabeza fuerte con las dos manos como para que no me vean y  en vez de elogios por la jugada recibí reprimendas de juanga por no buscar el rebote. Ahora sí que estaba re caliente.

Seguimos presionando alto y parecía que estaban al caer. Ya casi no se veía. Un nuevo revoleo al cielo de sus defensores y esta vez le cae a felipao, que ahora jugaba abierto por la izquierda. La pasó al medio para juanga que me le abrió a mí  a la derecha. Me frené, levanté la cabeza y lo vi a Made que pedía cerca del corner. Se la dejé corta y corrí al área a buscar el centro. Made enganchó y amagó una vez. Todos lo miraron, el tiempo se frenó. Tiró un rastrón fuerte que como siempre fue saltando y dibujando una trayectoria impredecible. Con el último pique la pelota se levantó un poquito, se detuvo en el aire y me quedó a media altura para mi pierna derecha. Cerré los ojos y definí con furia. No hubo nada que los buenos reflejos del arquero pudieran hacer. Golazo y 4 a 4.

Corrí a la esquina, a ese único lugar con “césped” gritando enloquecido.  Me tiré de rodillas agitando los brazos y me dejé caer de espaldas. Era todo arena. Miré al cielo ya cubierto de estrellas y sentí la gloria. Enderecé el cuello, miré alrededor y vi la foto perfecta,  el cielo naranja combinando con el rojo del terreno, eran lo único que interrumpía el verde del tupido mato en kilómetros a la redonda. Todos, mozambiqueños y argentinos se acercaban corriendo. Uno a uno se me tiraron encima y nos fundimos en un eterno abrazo.

 

 

 

 

 

 

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