Neurótico y cachondo. Por su mugre y sus vendedores de objetos obsoletos-¡pero qué precios!-. Por cada pedacito de pared que no es vidriera aprovechado para promocionar cursos de Windows 93; por Florida y su abrazo incondicional a esos músicos todavía anónimos. Por eso y más, entre puteadas y revoleos de ojos, lo admito: el microcentro tiene un erotismo particular.

Me excita la imaginación ese menjunje de pasantes ambiciosos y gerentes en busca del nirvana; todos transpirando trajes de mejor o peor calidad, caminando desquiciados, whatsappeando a todo dar. Y como me encanta este lugar enajenante, y me gano la vida dando el presente en una oficina inserta en uno de sus edificios; me desplazo desde el barrio de Belgrano hasta la República del Microcentro todos los días, de lunes a viernes, ida y vuelta, sin excepción.

Hoy es martes, el peor de los días malos- que serían lunes, martes, miércoles y domingo-. Llego tardísimo, y el traqueteo del subte le suma dramatismo a mi modorra matutina. Voy parado, como siempre; observando a mis compañeros de vagón para apalear el embole . Hoy tenía reunión, me van a matar.

70 por ciento caras de culo, versus 30 por ciento de sonrisas entre optimistas y sugerentes. Con aplomo, miro la pantalla de mi teléfono 547 veces por segundo. Vuelvo a confirmarlo cada vez aunque intente distraerme: estoy llegando más tarde que nunca. Inminente Apocalipsis.


Scalabrini Ortiz. Me olvidé los auriculares en casa, no traje el libro porque era pesado y rechacé el diario que reparten gratis para no tener que llevarlo en la mano hasta el final. Sin distracción alguna a disposición, mi única alternativa es sumergirme en diligencias antropológicas y entretenerme con la enclenque humanidad de mis compañeros de viaje.

Bulnes, Agüero, Pueyrredón. Tracatá tracatá tracatá. En la próxima se bajan todos los héroes. Siempre me dan ganas de bajarme en Facultad de Medicina poniendo cara de altruismo, pero hoy llego tardísimo y no hay tiempo para soñar.

Facultad de Medicina. La tropa de orgullosos con ambo y Crocs hacen grupito y se bajan con aires de vedette. Pelotudos,  murmuro. El pelotudo soy yo, me acaricio. Y en medio de este diálogo conmigo mismo, el tren arranca de nuevo y el destino final parece menos inalcanzable. Capaz no es tan tarde, me miento.

Tribunales, vamos carajo. Acá se bajan todos los bogas cagados de calor por el traje y la angustia existencial. Se desocupan varios lugares y violando las leyes universales de Murphy, uno de ellos está justo en la hilera que estoy custodiando desde Juramento sin disimulo y el anhelo de un halcón con hambruna milenaria.

Con un mínimo de astucia y empujones amistosos, me desplomo en el minúsculo asiento y enseguida un alivio supremo me recorre el cuerpo entero. Tarde pero sentado. Cierro los ojos por un segundo y siento una gratitud desmesurada, teniendo en cuenta que hace 25 minutos me  achuro a 20 metro bajo tierra, amotinado con una horda de gruñones imponentes. Pero cuando el cuerpo encuentra sostén, las inquietudes filantrópicas  se postergan en pos de un “gracias totales” que llega en forma de alivio físico, psicológico y-¿por qué no?- espiritual.

9 de Julio, se bajan todos los que se quejan de que laburan lejos pero no tienen ni idea de lo que significa la parada extra que soportamos  “los de Catedral”. Les ponemos cara de culo y nos regocijamos. Nos fascina quejarnos del puchito extra que nos toca soportar en el lomo cansado; después de todo, hay un tanguero sacrificado y quejoso en todo auténtico porteño.

Parada final, ansiedad  mal manejada, modales escurridizos, inercia a prueba de balas. La caballeriza se agita entre mochilas y carteras que pesan demasiado. Yo me debato entre el placer y el deber. Llego recontra tarde pero…

Dejo pasar a todo el mundo. Aunque pueda confundirse con bondad, en realidad no tengo ganas de moverme de mi asiento; mi conquista inesperada, mi tesorito de morondanga. Tampoco quiero enfrentarme a las puteadas en la oficina. Cuando desde el altavoz nos urgen a abandonar cuanto antes el vagón, levanto mi pesado cuerpo de ese trono regalado y me acoplo a la muchedumbre para atravesar los molinetes infernales que día a día magullan los muslos de rebeldes e impacientes.

La espalda del tipo de adelante está amalgamada con la camisa blanca a causa de la transpiración. Dale, dale. No somos lindos cuando salimos de la “D”, a veces tampoco somos buenos tipos Paso por el molinete y la procesión de vacas torpes se dispone a sortear el próximo obstáculo antes de ver la luz en Diagonal Norte.

Levanto mi pierna derecha como si me hubiesen amputado la original y en su lugar estuviese maniobrando la de alguien más; obesa y perezosa. La deposito en el primer escalón y procedo a hacer lo mismo con la izquierda. Mi mente va a mil pensando en la hora, pero mi cuerpo no acompaña. Delante de mí una milenaria señora se debate entre una casa solitaria y austera y esta batalla mundana y cruel. La espero. Decido tener paciencia. A los pocos segundos me desplazo para el otro lado porque el temple me abandona de manera virulenta. Como cada día, por alguna razón, quedo posicionado en el carril de la derecha de las escaleras y, como todos los días, sé bien que a los de esta fila nos queda todavía un obstáculo más antes de recibir el abrasivo bautismo del sol porteño de enero.

Avanzamos de a poquito, como sucede en cualquier amontonamiento. Dale, dale, dale, dale. Casi llegando al entre piso, antes de la escalera final, el menjunje de gente se aglutina y un apelotonamiento robustece el desorden. Veo cómo los de adelante se desplazan hacia la izquierda o sortean algún tipo de obstáculo con un salto cansino. Algo pasa, y yo llego cada vez más tarde.

Ya sé de qué se trata, es lo mismo cada día. Un tipo barbudo y con ropa harapienta duerme sobre cuatro cartones roñosos e insuficientemente grandes como para contener su humanidad. Llega  mi turno. La duda me paraliza y mi consciencia – atontada por el caluroso viaje subterráneo- me grita desde algún lugar que no puedo simplemente saltar o evadir. Saltar o evadir. La ciudad a veces te salta y te evade.
Los de atrás empiezan a putear, llegan tarde a sus cubículos eternos, y yo al mío. Presionado por la masa le pido perdón a esa alma frágil y cansada que intenta acomodarse en el medio de la psicosis y la frialdad del deber irreflexivo. “¡Perdón!”, pienso con el pecho; y salto para no aplastarlo. Salto y me siento brusco y avergonzado. Dejo atrás, una vez más, al bulto que todos los días obliga a miles de autómatas a saltar para seguir. Tal vez mañana tropiece, tal vez mañana no salte.

*El texto fue premiado con una mención de honor en el concurso de la Legislatura Porteña, “Yo te Cuento Buenos Aires”, en el 2015.

Comentarios

Comentarios