Por Lucía Borello Taiana

No me podía mover. Allí estaba yo. Inmóvil. Aterrorizada. Sólo lograba pestañear. Quería mover mis piernas y salir corriendo pero mi cuerpo no me respondía. Yacía en mi propia anatomía. No la veía pero la olía y la sentía. Ese olor fuerte y tan único. Mi propia sangre y la del resto. Acostada sobre mi propia vida roja. Cada vez me sentía más débil, debía estar perdiendo cada vez más sangre. Moví levemente la cabeza hacia la derecha y vi un mar rojo corriendo al lado mío. Ya no sentía dolor, ya ese momento había sido superado. Mis piernas temblaban involuntariamente y despacio.

Se me cerraban los ojos a pesar de luchar por no quedarme dormida. Sabía que si me dormía sería mi fin, no había vuelta atrás. Pero no lo logré. Me entregué a la oscuridad. Silencio. Algunos dicen que en la quietud está la belleza. Yo no lo creo.

Tomaba su café mientras hacía algunas anotaciones en su cuaderno rojo. Tenía hambre pero no sabía si pedir algo. Estaba un poco gorda. Su mente volaba a toda velocidad. Estaba inmersa en su escritura. Desconectada de todo lo que sucedía a su alrededor. Absorta a pesar de que el bar estaba atestado de gente. Personas hablando, riendo comiendo y algún solitario emborrachándose a las tres de la tarde. Pero no. A ella todos estos estímulos no la distraían del mundo de sus ideas.

Estaban listos. Preparados. Los cuchillos los tenían afilados y escondidos. Se habían capacitado mucho tiempo para este día. Estaban convencidos que tenían que hacerlo. Ese era su destino. Decididos se bajaron de la camioneta. Los tres en bloque se bajaron de la camioneta. Cruzaron la calle. Pararon frente a la puerta roja. Se miraron serios a los ojos por unos instantes. Entraron.

Oyó un portazo. No le prestó atención. Siguió dándole rienda suelta a su lápiz. Un hombre pasó por al lado suyo y la empujó. Ella levantó la mirada. Era un hombre robusto. “Discúlpame, no te vi”, se explicó el masculino. Se dirigió a la barra y se juntó con otros dos hombres de contextura física similar a el. Se pidieron café los tres. No le dio importancia y bajo la mirada nuevamente a su cuaderno. Logró escribir varias hojas hasta que un grito proveniente de la barra interrumpió su momento de inspiración. La mujer abrió los ojos atónita.

Noté que uno de mis compañeros estaba nervioso. La frente le transpiraba y movía su pierna izquierda de manera frenética. “¿Te podes calmar?” le dije por lo bajo con una sonrisa forzada. Asintió con la cabeza mientras tomaba otro sorbo de café. El lugar estaba repleto de personas. No sabíamos que venía tanta gente a este bar. El muy desubicado de mi otro compañero osó a prenderse un cigarrillo. Lo frené amenazándolo con uno de mis cuchillos. Teníamos que pasar desapercibidos hasta causar el impacto al menos.  

El hombre que me había empujado hacia unos minutos, junto con sus dos amigos habían sacado cuchillos. No podía creer lo que estaba viendo. No me podía mover. Algunos habían tirado sus cafés al piso del susto. Otros gritaban sin consuelo. Y otros como yo permanecíamos quietos sin poder creer lo que veían nuestros ojos. Cuando pude reaccionar. Me escondí automáticamente debajo de la mesa. Rezando que no me vieran, que no me lastimaran. El terror me invadió de un momento para otro. Un calor repentino corrió por mi nuca y mi espalda. Hombres, mujeres y niños caían como moscas al piso. Comenzaban a desangrarse. Algunos intentaban correr hacia la puerta pero no lo lograban. Cuando pensé que estaba a salvo, una mano me agarró del pelo y me sacó de abajo de la mesa. Un grito desconsolado que no reconocí como propio salió de mi boca. El hombre que me había empujado y cordialmente se había disculpado estaba frente a mi. Cerré los ojos con fuerza. Mi cuerpo creyó que si no veía como me lastimaban dolería menos. Uno me agarró de la espalda y él me atravesó con su cuchillo. No sé cuántas veces. Creí haber perdido la cuenta. Me desmoroné. Me encontré con el piso.

Yo sólo quería tomar un café.

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