El otro día en una de esas infinitas búsquedas por ver o encontrar algo nuevo en Netflix me crucé con un programa que me hizo pensar, una vez más, sobre ese rol tan extraño que a veces termina siendo el “ser turista”. El programa que me llevó a cuestionarme y preguntarme sobre esto fue Anthony Bourdain: No Reservations; y el capítulo era uno en el que el famoso cheff rebelde recorría por segunda vez uno de mis destinos preferidos: Camboya.

Aunque el capítulo lo recomiendo y sirve para que, entre otras cosas, uno pueda conocer un poco más del país que hoy es parte del famoso y super visitado Sudeste Asiático; sirve también para conocer lo que esconde detrás: uno de los genocidios más escalofriantes del Siglo XXI y que muchos -sí, muchos- turistas tienden a desconocer cuando lo visitan.

Antes que nada quiero hacer un alto a mis palabras para contarle quizás al que no sabe que Camboya es un país que le abrió sus puertas al turismo hace relativamente muy poco. Es por eso que entre sus campos de arroz, playas paradisíacas y famosos templos (como Angkor Watt) se pueden realizar cosas tan disímiles como disparar un bazooka (algunos dicen que hasta te pueden llegar a poner una vaca viva como objetivo), comer una happy-pizza en Siem Reap (conocidas como las “pizzas camboyanas con marihuana”) o dormir en hostels con piletas y algún que otro lujo por la módica suma de un dólar.

En su episodio sobre Camboya, Anthony Bourdain nos cuenta el genocidio camboyano realizado por los Jemeres Rojos comandados por Pol Pot entre 1975 y 1979. Un genocidio que tuvo más de dos millones de víctimas y un estimado del 30 por ciento de la población muerta. Un genocidio que hoy se recuerda y revive en los famosos Killing Fields y el Museo de los Crímenes Genocidas “Tuol Sleng”, ambos lugares que visité durante mi paso por el país asiático y donde acepto que derramé alguna que otra lágrima sin saber muy bien porqué.

Todo eso me sirve para desembocar en lo que me llevó a reflexionar el programa: ese rol tan extraño que puede llegar a ser el “ser turista” en un lugar donde la palabra “turismo” no debería ser del todo bienvenida. Y donde nosotros, quizás desde la ingenuidad o la adrenalina por “ver cosas nuevas”, nos paseamos cabíz bajos sintiéndonos parte de algo de lo que no fuimos ni lo seremos…

La tarde que recorrí el Museo de los Crímenes Genocidas “Tuol Sleng” era soleada y muy calurosa. Pero mientras caminaba por pasillos ensangrentados, pateaba cadenas del piso que sirvieron de correas humanas y veía fotos de fosas de fusilamiento; un frío helado recorrió todo mi cuerpo. Uno de esos que te hiela la sangre transformándote en un témpano a punto de estallar. Uno de esos que te vuelve impotente. Los que duelen. Fue ahí, mientras algunas lágrimas caían sin mucha razón de mis ojos, que me sentí fuera de lugar. Fuera de eje, de tiempo y espacio. ¿Estaba llorando por algo que desconocía y de lo que poco sabía? ¿Me estaba afectando realmente o solo me servía para limpiar una consciencia que muy poco tenía que hacer ahí?

Esa noche, con el mismo calor inundando las calles de Phnom Penh, me di un gran chapuzón en la pileta de mi hotel lujoso en el que me alojaba por dos dólares. Aproveché el agua fría para recuperarme, comí un Amok en el puestito callejero de la esquina y emprendí una caminata de diez minutos al único boliche de la ciudad que tenía algo para ofrecerme: alcohol, música, mujeres y algo de movimiento para aclarar la cabeza.

Sí, ahí estaba ese témpano de hielo a punto de estallar: bailando y tomando cervezas Angkor hasta más no poder. Olvidando en muy poco tiempo esas lágrimas que cayeron después de ensuciarme las zapatillas con polvo Jemer y de desearle lo peor a Pol Pot y sus secuaces. Sí, ahí estaba yo, disfrutando lo que Camboya tenía para ofrecerme por unos pocos dólares. Ese turista comprometido y angustiado, ahora era un rockstar rebelde que pedía más y más cerveza. Que movía el cuerpo al ritmo del pop más berreta y que miraba con mirada acechante cada melena que se revolvía en la pista.

En menos de 24 horas estaba acostado en un colectivo con destino a Bangkok. La tristeza infundada en un genocidio ajeno se me hacía lejana. Las cervezas habían cumplido su cometido y el dolor de cabeza me abombada. Recorriendo la ruta que une Camboya y Tailandia, el sentimiento fuerte de ser turista se me hizo presente. La efímera sensación de sentirme parte de un mundo del que nada tengo que ver y quizás olvide a los pocos días, me abrumó por completo. Tal vez por culpa de las pocas horas de sueño, pero en ese instante entendí lo difícil y extraño que puede ser ese rol, el de ser turista en un lugar desconocido, el de derramar lágrimas por culpas ajenas, el de brindar por el derroche y sonreirle a la pobreza. El de creernos especiales unos minutos y volver corriendo a la realidad. Porque ser turista sin dudas es una fantasía fugaz, una de esas fáciles de olvidar a menos que un puñado de fotos nos la recuerden años después en las memorias de Facebook.

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