De alguna manera y después de tantos meses le había agarrado el gusto a viajar solo. Estar solo. Fueron muchos días, horas, minutos y segundos de vivir dentro de mi enorme egoísmo, sólo para mí, con la única preocupación de contentar mi ego y sin depender de otro. Me había acostumbrado y había logrado sin darme cuenta aprovechar al máximo esa soledad que me rodeaba.

Era muy fácil: cuando quería estar solo; me aislaba de todo, buscaba un lugar alejado donde nada ni nadie pudiera molestarme y me hundía en un profundo y cálido autoconocimiento. Vivía para contentarme. Sólo eso importaba. Pero cuando la soledad atacaba mis entrañas y un sentimiento parecido al de extrañar empezaba a merodear y molestar mi felicidad, me refugiaba en un hostel lleno de personas y buscaba un compañero/a de viaje. Quizás algo descartable. Por unos días, unas semanas. Alguien que quizás nunca más volvería a ver. Una oreja que me escuche de tanto en tanto, una sonrisa para compartir alegrías, unos brazos para un abrazo e infinitas ganas de compartir una cerveza. Sólo eso. No era mucho pero bastaba y me daba las fuerzas para volver a mi faceta ermitaña con muchas más energías.

Por eso cuando me llegó ese mensaje, el mundo se detuvo por unos instantes. No era nada de qué preocuparse realmente, pero era algo que me obligaba a parar la pelota y pensar. Interrogarme a mi mismo y darme cuenta lo que estaba pasando en ese momento en mi cabeza. Qué era lo que quería para mi viaje, para lo que quedaba, para lo que venía… Pero aunque intenté, no encontré una respuesta lógica.

Lo leí varias veces y en mi cabeza ese mensaje revoloteó constantemente como una mariposa perdida y sin salida: “Pabli, saqué el pasaje!!! El 10 de diciembre estoy en Bangkok. Avisame dónde vas a estar así nos encontramos!!!”. Las palabras eran nada más y nada menos que de mi mejor amigo, mi hermano, y aunque lo primero que tendría que haber sentido era felicidad algo en mí se preocupaba. Era como que esas palabras significaban que mi libertad y soledad tenían fecha de vencimiento. Caducidad. Me quedaban días, sólo días, de patear veredas por mi cuenta. De charlas y debates entre yo y mi otro yo. De noches en las que la cerveza podía transformarse en una aventura inesperada. De tener como única compañera a la soledad…

Y de repente, sin esperarlo mucho llegó el día. Llegó él. Sí, él. Mi mejor amigo. Mi compañero. Mi hermano… Así, sin mucho aviso, cambió todo. La soledad dejó de ser una opción, y se transformó en una utopía casi inalcanzable que cada vez se hacía más indeseable. Ya no aparecía dentro de mis pretensiones viajeras. Ya no era más parte de mí.

Ése egoísmo que me obligaba siempre a centrarme en mí ahora era compartido, ya nada dependía sólo de mí. Éramos dos ahora, y eso significaba pensar siempre el doble. Buscar otras opciones, alternativas. Preguntar y tener una respuesta de otra persona, tener una segunda opinión, un comentario. A veces, una ayuda, otras un consejo y muchas otras una risa.

Me costó entenderlo. Tardé un tiempo en darme cuenta de que lo extrañaba y que de ahora en más no iba a estar solo. Y eso era bueno. Tardé, pero a la tercera cerveza me acostumbré a volver a tenerlo al lado. Me acostumbré a su vieja y conocida compañía. De contarle todo. Las historias, las risas y los abrazos se hicieron poco a poco moneda corriente. La birra, obviamente, también…

Ya no había caminatas donde sólo se escuchaban mis pasos o viajes largos de “auto-conocimiento”; ahora los pasos iban de a cuatro y venían con una risa compañera. Los vacíos se fueron llenando poco a poco con charlas delirantes e ideas fantasiosas de un futuro en la ruta juntos. Así, casi sin aviso, los silencios se fueron perdiendo entre mares de cerveza fría y la soledad, esa palabra que tanto bien me había hecho en un principio de mi viaje, empezó a convertirse en un océano de letras a punto de extinguirse.

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