Holanda es reconocida por ser la tierra de Vang Gogh, por sus infinitos jardines de girasoles y tulipanes, por ser el hogar de la Corte de la Haya y de nuestra por demás endiosada Máxima. Ahí gambetearon Cruyf, Davids y Kluivert, se puede visitar la zona roja más conocida del planeta y consumir la mayoría de las drogas de manera legal y sin mucho problema. Pero para mí, además de todas estas cosas, Holanda es el lugar donde se esconde la fábrica de enanos más grande del mundo. Y sí, tuve la suerte de verla con mis propios ojos…

Las buenas historias en Ámsterdam suelen estar acompañadas por algún ingrediente poco convencional y difícil de conseguir en el resto del mundo. En mi caso, un pequeño puñado de trufas alucinógenas que compré con unos amigos en un “smart-shop” del centro de la ciudad. Porque claro, en Holanda se puede estar loco.

Para quien no sabe, las trufas alucinógenas se pueden conseguir en casi cualquier “smart-shop”, coffee-shop y lugares de souvenirs en Ámsterdam. Y aunque muchos las confunden con los hongos, estas llegaron para reemplazarlos luego de ser prohibidos en la capital holandesa en 2008. ¿La gran diferencia? Son menos potentes y crecen bajo tierra, aunque el viaje termina siendo muy parecido dependiendo la experiencia del usuario.

Tipos de trufas mágicas que se pueden comprar en un Smart Shop de Ámsterdam

Habíamos llegado a Ámsterdam luego de varios días de viaje en auto por Inglaterra, Francia y Bélgica; y teníamos como gran objetivo probar los hongos de los que tanto habíamos leído y escuchado. Teníamos tres días antes de agarrar la camioneta y seguir viaje a Praga en República Checa, por eso sabíamos que el día ideal era comerlas el del medio, que justo coincidía con la noche de cumpleaños de uno de nosotros.

No se si exista un lugar ideal para comerlas, aunque creo con total seguridad que si bien todo viaje es diferente, comerlas en un lugar público y lleno de gente no sería la mejor opción.

En nuestro caso la primera mitad de los casi 10 gr que habíamos comprado por persona, los comimos en una plaza muy cerca del centro y de los principales boliches de la ciudad. No sabíamos porque, pero veíamos con buenos ojos terminar la noche festejando en uno de esos inmensos templos de la música. Nos equivocamos…

Pasaron varios minutos desde esas primeras difíciles masticadas con gusto a acero que habíamos hecho en la plaza. Decidimos caminar, como para darle lugar a la imaginación, y perdernos por algunos de los recovecos pintorescos que Ámsterdam tiene para ofrecer. Fue ahí cuando la cosa se empezó a poner intensa. No me acuerdo cuánto tiempo exacto pasó, ya que tanto eso como el espacio pueden tornarse bastante impredecibles dentro de un viaje alucinógeno, pero más o menos cerca de los 40 minutos habíamos empezado a reírnos. Mucho. Esa risa sin parar y sin sentido que te ataca muy pocas veces en la vida y que logra hacerte doler la panza de felicidad. Sí, esa misma nos había agarrado a los seis y al mismo tiempo.

La segunda mitad la empezamos a masticar entre la risa incontenible y la caminata, y para cuando nos dimos cuenta que la cosa se empezaba a poner verdaderamente incontrolable ya era demasiado tarde. Seis personas sin sentido del tiempo ni del espacio, perdidas en callecitas irreconocibles de una ciudad donde todo es posible. Sí, hasta lo inimaginable. Voces retumbaban por mis oídos, colores vibrantes y en formato 3-D atacaban mi retina y un tacto electrificante me perseguían sin siquiera tener contacto con mi cara.

La noche había cubierto el cielo holandés y las calles se habían transformado en oscuros laberintos llenos de experiencias sensoriales que alimentaban nuestros sentidos. En algún momento entre poderosas risas me vi encerrado en una pequeña calle llena de graffitis, música y movimiento. Era tal la intensidad del momento, que el solo hecho de pararme a ver lo que pasaba en esos pocos 100 metros eran como una explosión de fantasías oníricas sacadas de mi más retorcido inconsciente.

Fue ahí, en esa transitada calle artística, donde me topé con la sorpresa más grande -y bizarra- de mi vida: una fábrica de enanos. Sí, un lugar único donde los humanos podían dejar su cuerpo estilizado y reemplazarlo por uno de tamaño bolsillo. Algo así como el paraíso para Blancanieves, pero escondido no en un bosque sino que en el centro de una de las ciudades más importantes del mundo. Mis ojos no podían creer lo que estaban viendo. Mi cabeza mucho menos entenderlo. Durante varios minutos vi como hombres y mujeres entraban por una puerta de un garage, del que se escuchaba música y se veían destellos de luces, y salían en formato miniatura. Una y otra vez. Sí, entraban y salían, entraban y salían…

Tardé en reaccionar. Lo hablé con un amigo, el único para ese entonces que quedaba a mi lado -la mayoría habían desaparecido sin dejar rastro alguno- en lo que parecía ya no ser un viaje alucinógeno, sino uno al cerebro de los hermanos Grimm. Desde unos 50 metros veíamos cómo funcionaba esta extraña fábrica de enanos y algo en nosotros, tal vez el instinto periodístico o simplemente la curiosidad, hizo que quisiéramos ser parte de esa locura.

Nos acercamos con sigilo y cautela a un grupo de cuatro enanos que se encontraba afuera del garage. Había algo de miedo y desconcierto en nuestros pasos. No sabíamos con qué íbamos a encontrarnos y mucho menos de qué manera iban a recibirnos. De fondo y en la parte de adentro del lugar, se escuchaba música fuerte y risas. Pero en la puerta estaban ellos, algo así como los patovicas de la fábrica, que nos miraban mientras esbozaban palabras en neerlandés. No entendimos mucho -o nada- y por eso cuando los miramos entre señas intentamos presentarnos. No hubo más que risas. De las fuertes, de las que uno nunca esperaría que salgan de un enano de un metro y medio, seguidas de un saludo de mano incómodo. Porque había en esos pequeños dedos fríos algo de bienvenida y despedida a la vez.

Aunque había miedo, la intriga ganaba por goleada en ese instante donde el mayor objetivo era poder entablar una relación con los enanos y conocer por fin su preciada fábrica. Nuevas risas se apoderaron del momento y la confianza nos ayudó a pedirles si por favor podíamos entrar. Una mano abriendo camino nos dio permiso para pasar y con valentía abrimos ese garage tan misterioso. Ahí estábamos, en la primera y única fábrica de enanos del mundo. Sí, un lugar soñado e imaginado, sacado de una clara fantasía: la mía llevada a cabo por unas trufas alucinógenas.

Porque tras esa misteriosa puerta se encontraban esos seres altos y barbudos que habíamos visto entrar en un principio festejando algún tipo de cumpleaños en lo que parecía ser una cena íntima de amigos. Pero no había ningún enano. Ni una máquina encogedora, ni Blancanieves ni Oompa-Loompas. No, nada de eso. Ahí estábamos nosotros dos, en medio de un viaje de trufas riéndonos de una situación por demás incómoda y sin poder explicar -ni en español, inglés y mucho menos neerlandés- que hacíamos en ese garage.

La situación vista a través de nuestros ojos era por demás extraña. Los colores intensos de las luces nos cegaban y hacían que todo lo que aparecía ante nosotros pareciera sacado de una caricatura de Hanna Barbera. Voces fuertes nos aturdían y mareaban, y todo parecía indicar que nuestra suerte ya estaba echada…

Una torta de cumpleaños decorada con varias velas y colores era el centro de atención del lugar. Alrededor, niños corrían por entre la gente y algunos adultos mantenían la compostura mientras nosotros intentábamos desaparecer sin hacer mucho ruido. Una de las personas, creería que el agasajado, intentó guiarnos a la salida sin ni una mueca de simpatía. Aunque las palmas de las manos unidas para pedir disculpas nos sirvieron para escapar rápido del papelón, algo en nuestra cabeza no cerraba y se quedaba dando vueltas: ¿pudimos estar tan fuera de nuestra realidad para fantasear con algo como eso?

Caminamos varios minutos por callecitas holandesas sin entender muy bien qué es lo que había pasado. El efecto de las trufas iba abandonando nuestro cuerpo y el viaje poco a poco iba llegando a su fin. Nos mirábamos y reíamos, pero esta vez con algo más de consciencia, y recordando el incómodo momento en la “fábrica de enanos”. Llegamos a un pequeño coffee shop donde el encargado, viendo nuestro estado, decidió ayudarnos: jugo de naranja con mucha vitamina C y un brownie; receta perfecta para salir del incontrolable trip del que veníamos.

La furiosa intensidad de ese día había recién llegado a su fin una vez que nos volvimos a subir a la camioneta con destino a Praga. Habían pasado 24 horas desde ese viaje a la “fábrica de enanos” en Ámsterdam. Aunque para ese entonces ya los comentarios sobre lo acontecido se habían transformado en risas, algo en nosotros seguía creyendo que por un instante -uno muy pequeño- habíamos sido parte de algo tan fantasioso como misterioso. Un mundo mucho más vivo y electrizante, lleno de colores y pequeños hombrecitos bizarros festejando un cumpleaños. Y por más de que la culpa de todo eso la hayan tenido las trufas, sabíamos que por unas horas fuimos parte de uno de los cuentos más retorcidos de Disney.  

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