Llegué a él por un conocido.  Fue en un momento de desesperación. Ninguno de mis amigos me daba la respuesta que buscaba y terminé escribiéndole a cualquiera.

“Cómo andás tanto tiempo? Te hago una consulta, tendrás el teléfono de un transa?”

“Sí, decile que le escribís de parte de Marcos”. Mi conocido, que no se llama Marcos, me adjuntó un contacto guardado bajo el nombre de Silly que como foto de perfil tenía a un Bart Simpson con gorra para atrás.

“Hola, me pasó tu número Marcos”.

“Cómo andás?”

“Bien, te hago una consulta: tenés faso?”

“Tengo paragua a $60 el gr, Black Widow a $150 el gr y Lemon a $180 el gr. Las Widow te dejan tonto”.

Le mandé mensajes a algunos amigos para ver si se sumaban a la compra. Varios me dijeron que sí. Entre todos hicimos: 10 gr de paragua, 25 gr de BW y 20 gr de Lemon a un total de $7950.

¡Debemos el ABL pero tenemos faso!

Esa noche algunos amigos pasaron por casa y me trajeron parte de la guita. Lo que faltaba lo busqué a la mañana siguiente por el banco. De ahí me fui al Mc Donalds de Santa Fe y Callao. Me encerré en uno de los baños, ordené la plata y la puse adentro de un sobre.

Salí sin comprar nada y me fui hasta Arenales y Rodríguez Peña, la esquina en la que habíamos pactado encontrarnos. Por las dudas le mandé un mensaje: “Estoy parado en la puerta del Havanna, estoy vestido de traje”.

Diez minutos más tarde apareció. Me saludó como si me conociera y me dijo que lo acompañe caminando hasta la otra esquina. Sin mirarme nunca a la cara me preguntó cómo estaba y si para el fin de semana tenía planes. Antes de que le pudiera responder, me dio una bolsa. Asumiendo que era el porro, la guardé en mi mochila. Después saqué de mi saco el sobre y se lo pasé. Llegamos a la esquina de Arenales y Montevideo, me saludó con un beso y siguió caminando. Yo me fui a trabajar.

Recién después de un mes se nos acabó todo el arsenal. Silly tenía razón, la Widow te daba directo en el cerebro. Le volví a escribir, está vez le pedí menos.

No sé por qué, pero aunque obviamente le escribía porque quería comprar porro, me daba cuenta de que también le escribía porque quería verlo a él. Ese único encuentro que tuvimos en pleno Recoleta le dio a mi rutina un nivel de adrenalina que pocas cosas le dan.

Quedamos en encontrarnos en la misma esquina. Yo volví a llegar unos minutos antes, él ya estaba ahí. Está vez fui decidido a que nuestra conversación no acabara tan rápido. Apenas empezamos a caminar hasta la otra esquina, él me dio la bolsa. Yo en cambio me tomé mi tiempo. Le hice algunas preguntas personales, él sorprendentemente me contestó con bastante soltura.

Me contó que trabajaba en una oficina cerca de dónde nos encontramos y que para poder salir le dijo a su jefe que iba a comprar comida. Le pregunté si la marihuana la cultivaba él y me dijo que él ni siquiera fumaba, que tanto el porro como las otras “cosas” que vendía, se las conseguía un amigo.  También me contó que hacía poco había empezado a salir con una chica de Escobar.

Cuando llegamos a la esquina le di el sobre. Esta vez nos despedimos con un beso y una sonrisa. A las tres cuadras me llegó un mensaje de él: “Me diste $50 de más. Te quedan para la próxima ;)”.

No fuma, solo vende, hace algo ilegal y no se queda con el vuelto. Rarísima combinación que hizo que quisiera saber mucho más de él.

Empecé a quedar con Silly cada quince días. Aunque yo no necesitara porro, siempre encontraba a algún amigo que quisiera comprar.

Nuestras charlas dejaron de ser de esquina a esquina para pasar a durar hasta 5 o 7 cuadras. Él también disfrutaba hablar conmigo. Yo era de las pocas personas que lo escuchaba y que además sabía a qué se dedicaba realmente sin discriminarlo por eso.

Aunque en ese momento tenía alrededor de 35 años y gracias a su “trabajo” juntaba bastante guita, Silly todavía vivía con sus viejos. Me contó que se compró un departamento en Caballito pero que cada vez que iba se sentía solo y que por eso prefería seguir allá.

Una vez, llegó a nuestro encuentro medio bajoneado. La chica con la que estaba saliendo se enteró que él era transa y le dijo que no lo quería ver más.

“¿No sabía?” le pregunté.

“Se lo pensaba contar, pero nunca encontré el momento”.

“Es entendible que le agarre algo de miedo”.

“Si, yo a ella la entiendo. Lo que no puedo entender es cómo se enteró”.

“¿Alguien le contó?”

“Sospecho de un amigo. La conocimos juntos, a él le gustaba y terminó estando conmigo.”

A partir de ese día las charlas fueron monotemáticas. Qué él le mandó un mensaje, qué ella le dijo que no le quería hablar, qué él habló con su amigo, que su amigo le negó todo. Y así varias cosas más.

Un sábado me desperté y en el Whatsapp tenía un mensaje de él:

“Amigo voy a desaparecer por un tiempo. Se pudrió todo. No me escribas, ni me llames. Dejo de usar este número”.

“Qué pasó?” le contesté, pero el mensaje nunca fue entregado.

Durante varios meses estuve sin noticias de él. De hecho, a mi pesar, tuve que recurrir a nuevos transas. Probé con varios, pero no encontré ninguno como Silly. Me decían un día y a la hora me cancelaban. Otros me dejaban de contestar el celular. El más pasable era un pendejo cheto con nombre alemán. Me hacía subirme a su camioneta y me llevaba a dar vueltas a la manzana sin decirme una sola palabra.

Cuando ya me había acostumbrado a una relación distante con los transas, Silly volvió a aparecer: “Amigo, soy yo. A partir de ahora soy Manuel. Este es mi nuevo teléfono”.

“¿Qué te pasó? ¿Estás bien?”

“Te lo cuento cuándo nos veamos”.

A la semana nos encontramos. Esta vez lo hicimos en una nueva esquina, muy cerca de la anterior. Silly llegó nervioso, tenía el pelo teñido.

“¿Estás bien?”

“Me pegué el cagaso de mi vida.

“¿Qué pasó?”

“No te puedo decir”.

“¿Pasó algo con la mina?”

“La mina fue”.

“¿Entonces?”

“¿No se lo contás a nadie?”.

“¿A quién le voy a contar?”

“Me metieron en un auto diciéndome que eran policías. Me cagaron a palos. Sabían de todas las movidas que yo había hecho, me hicieron entregarles guita y cosas”.

“¿Y cómo sabían?”

“Qué se yo, alguien me entregó”.

“¿Sospechás de alguien?”

“Por ahora no”.

Cuándo les conté esto a mis amigos, ellos me aconsejaron que deje de verlo. Les hice caso. Seguimos comprando churro con el pendejo cheto y con algunos otros transas que fueron apareciendo.

Hace poco le volví a escribir.

“Hola! Cómo andás? Tenés faso?”

“Pensé que no fumabas más” me contestó.

Le respondí con un “JaJaJa” y quedamos en encontrarnos en la esquina original, la del Havanna. Cuándo llegó me saludó como si nunca hubiésemos dejado de vernos. Le pregunté si había tenido alguna noticia sobre quién lo “había entregado”.

“Estuve averiguando y parece que no eran polícias, eran chorros. Me enteré que a uno lo mataron en un asalto. Son pibes que no quieren su vida. Son codiciosos, quieren todo” dijo eso y se quedó pensando.

“Alguien podría decir que yo también soy codicioso. Yo tampoco paro, ni siquiera después de lo que pasó”, dijo a modo de reflexión.

“Capaz que no sos un codicioso. Capaz que a ellos, a vos y a mí, se nos hace muy aburrida la rutina”, le dije yo.

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