Por Matías Ezequiel Blanco

De los nombres que leemos en los manuales de historia en la escuela, esos que hay que memorizar antes de un examen y que cuentan las aventuras de tipos con patillas largas y caras serias, uno del que no sabemos tanto es del portugués Fernando de Magallanes. Personalmente, uno de los personajes de historia del viejo continente de mis preferidos. Tiene, tras de sí, aventuras dignas de una película ganadora del Óscar.

Como nos explicaron en la primaria, cuando Cristóbal Colón llegó a América pensó que en realidad había llegado a las Indias Orientales (Asia) y de hecho, murió creyendo eso. Lo cierto es que hasta ese momento, para los europeos la llegada a las Indias por el oeste era algo irreal.

A la Corona Española siempre la había obsesionado la idea de llegar a Oriente por razones fundamentalmente comerciales. Es ahí donde entra en escena el protagonista de esta historia.

Magallanes le había ofrecido un plan al Rey de Portugal para llegar al Mar del Sur (nombre con el que se conocía en esa época al Océano Pacífico) por un paso cerca del Atlántico Sur, pero el monarca lo desestimó burlescamente, porque no tenía buenas referencias.

De esa manera, y sin darse por vencido, Magallanes llegó a Sevilla a ofrecer sus servicios al Rey Carlos I de España, con el objeto de llegar a Indonesia. Así fue, que luego de las negociaciones en donde, por ejemplo, tuvo que renunciar a su nacionalidad portuguesa y adoptar la española – con todo lo que eso implicaba en ese momento histórico- se ultimaron detalles de la expedición. La compañía de más de 270 marinos y cinco barcos, que partió en agosto de 1519, no imaginaba la cantidad de lugares que estaban por descubrir.

Cuando Fernando, luego de cruzar el Atlántico, llegó al Río de la Plata junto con su tripulación estuvieron muy cerca de la tierra donde hoy se encuentra la capital de Uruguay. Vieron allí lo que conocemos como Cerro de Montevideo y cuenta la leyenda -sí, siempre hay leyendas- que en ese momento lo bautizaron Monte Vidi.

Cabe remarcar que, al respecto del nombre de la capital uruguaya, hay varias versiones y ésta es solo una de ellas. Por ejemplo, otra hipótesis afirma que el nombre es producto del grito de uno de los marineros- de nacionalidad italiana-, que cuando divisó tierra firme gritó ¡Monte Vidi!, que traducido al español es ¡Vi un monte! La historia no siempre es arbitraria y es bueno escuchar todas las campanas.

La expedición se encontraba por estas latitudes y debido a una falla en la ubicación, y en un hecho insólito, cometieron el error de creer que el Río Paraná era el paso hacia el Pacífico. Así que navegaron por él durante quince días hasta que se dieron cuenta de que iban con rumbo Norte, y se avivaron del paso en falso que habían cometido por lo que tuvieron que dar marcha atrás.

Continuaron navegando paralelo a la costa argentina, y el 31 de marzo de 1520, llegaron a una gran bahía, que Magallanes llamó San Julián. Allí, parte de la tripulación de los 5 navíos inició un motín que duró un tiempo considerable pero que fue neutralizado. Como resultado del amotinamiento se perdió un navío, provisiones y claro, hubo varias bajas.

Representación del motín

En la Bahía de San Julián (actualmente provincia de Santa Cruz) se asentaron durante el invierno.  Fue durante ese tiempo cuando se supone -no hay registros claros al respecto- que los marinos hicieron contacto con los nativos de la región. Y es en medio de esas suposiciones donde nace el mito del nombre de la pintoresca región del sur argentino ya que, sorprendidos por el gran tamaño corporal de los originarios, los lusos los llamaron “patagão”, que en portugués antiguo significaría algo así como “pie grande”. Según los registros, los europeos apenas pasaban la cintura de los locales.

Esta es solo una de las tantas hipótesis que hay respecto del origen del nombre de la región patagónica.

Así fue que, pasado el invierno, la expedición siguió hacia el Sur, y el 1 de noviembre de 1520 entraron al estrecho, que denominaron Canal De Todos los Santos, por la festividad cristiana celebrada ese mismo día. Fernando nunca hubiera imaginado que en un futuro llevaría inmortalizado su nombre por orden del mismísimo Rey.

El Estrecho consta de 565 km y se tardó 22 días en llegar al Pacífico, nombre que el propio Magallanes acuñó debido a la misteriosa calma de sus aguas. La hambruna fue una fiel compañía para todos los hombres de la expedición durante esa etapa del viaje. Según cuentan los relatos, el único alimento que tenían eran galletas llenas de polvo y gusanos. Además, a esa altura ya no quedaba agua potable y muchos estaban enfermos de escorbuto.

Si será importante a la hora de conocer la historia de los nombres de esa región el notable marino portugés, que hasta hizo lo propio con la provincia más austral de Argentina.

Mientras navegaban las angostas aguas hacia el Pacífico los marinos pudieron divisar grandes fogatas que los originarios habían realizado a modo de señales. Por el carácter rico en gases naturales del suelo, el humo de esos fogones perduraba por mucho tiempo, razón por la cual la llamó la Tierra del Fuego.

Una vez que llegaron al Pacífico, bordearon la costa chilena y llegaron a las Islas Marianas, en donde pudieron recargar las provisiones. Esas islas, junto a otras, conforman el archipiélago de la actual Filipinas. Y fue en ese lugar donde nuestro entrañable personaje cayó en una batalla -como buen prócer- frente a los nativos. Así, vaya ironía, el primer hombre en conseguir el camino para darle la vuelta al mundo murió sin haber podido darla.

Su tripulación regresó a España comandada por Juan Sebastián El Cano. Lo hicieron luego de atravesar el Océano Indico y de dar la vuelta a África. Llegaron con una sola nave y 18 marinos. Fueron los primeros de su especie en lograr dar la vuelta entera al mundo.

 

 

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