Hace unos días me puse a escuchar Cerati mientras caminaba por Buenos Aires. Era uno de esos días de lluvia finita y yo iba mirando el cielo encapotado por la avenida Alcorta, esa que tanto conoció Gustavo. Vale aclarar que no era un día cualquiera, era 11 de agosto, su cumpleaños. Mientras cruzaba la ancha avenida esquivando los pequeños charcos me puse a pensar porque habían pasado tantos años para que yo pueda descubrir a este artista. Automáticamente, como una línea cronológica fui recordando cada etapa de mi vida en que yo me había rehusado a escucharlo.

Primero, los ´90. Esa década donde el rock se volvió una cuestión futbolística, pasional y sectaria. O sos de este, o sos del otro, pero no podés ser de los dos. Y yo, que llegué a mis diez años recién en el ´97 no podía enfrentar a ese tonto axioma. Mi vida era Boca, Buggs Bunny y algo nuevo que empezaba a asomarse y se hacía llamar Los Redondos, porque su verdadero nombre era largo y misterioso. Entonces claro, ni River, ni Mickey, ni Soda. O sos de este, o sos del otro. En casa no había lugar para los dos, aunque tengo que admitir que cada vez que aparecía esa especie de nave espacial en la tele comandada por Cerati y Leo García me quedaba hipnótico y coreando días enteros “adorable puente, se ha creado entre los dos”. Una premonición de lo que sería más adelante. Mensaje subliminal y poderoso.

Después, los 2000, un nuevo siglo y milenio, que empezó a los tumbos pero se fue volviendo más amable con los años. Yo entraba de lleno en la adolescencia mientras caían gobiernos e imperios. El amor por Los Redondos era directamente proporcional a mi pubertad y calentura. Pero ellos me daban la espalda, y se separaban como padre y madre sin pensar en sus hijos. Desde mi cuarto imaginaba aquellos últimos recitales y lloraba en silencio por no poder estar ahí, por no ser lo “suficientemente grande” para ser parte de esas peligrosas misas. Como si acaso, existiera alguna edad para soportar los palos y las balas. Pero yo tenía 13, 14 años y me gustaba el rock, y tenía que sublimar de algún modo esas frustraciones. Había vida más allá del Indo y Skay. Entonces con mi hermano, primo, y amigos empecé a ir a ver a otras bandas, a mis amantes quizás. La Renga, Los Piojos, etc. Todas del palo. Todas, respetando el viejo lema. O sos de este, o sos del otro. En esos recitales se cantaba contra los chetos (yo vivía en Recoleta), contra los ingleses, contra los milicos, y claro, contra Soda Stereo. Sobre todo en los recitales de Divididos. En esos shows siempre se colaba algún tema de Sumo, y era inevitable el cantito final “Luca no se murió, que se muera Cerati la puta madre que lo parió”. Lo cantábamos con la liviandad de quien pide un deseo frente a su torta de cumpleaños. Una vuelta, Mollo nos cayó a todos y pidió que no se muera nadie. Más de uno habrá pensado que era un careta. Yo no me acuerdo.

En el 2007 un slogan inundaba no solo Argentina sino todo Latinoamérica. Me verás volver. Sonaba pretencioso, se te imponía, te obligaba. Pero no iba a caer en eso. No yo, que seguía apaleando mi melancolía ricotera con los discos solitas del Indio y Skay. En ese entonces yo salía con una chica del otro bando, que orgullosa me mostraba la entrada del recital donde los vería volver. Yo no mostré ningún atisbo de acompañarla, ni ella de pedírmelo. Pero inevitablemente alguna que otra canción empezaba a entrarme. – Che, qué lindo tema- pensaba mientras cantaba para adentro “hombre al agua…barco a la deriva”.

En esta segunda década del nuevo milenio, todos nos conectamos por redes invisibles, y las noticias vuelan casi antes de volverse noticias. Y hubo una que nos atravesó y nos dejó mudos a todos. La maldita “moda” esa del ACV dejaba en suspenso la vida y la magia de Cerati. Dejaba en suspenso a casi todo un continente. Su cuerpo cansado se desplomó después de un recital mientras giraba presentando su último disco, Fuerza natural. El último disco que nos regaló, y el primero que yo escuché entero de él. El que me dio la bienvenida. “Puedo equivocarme, tengo todo por delante y nunca me sentí tan bien”. Con esa frase empieza esta obra de arte. Y termina en una especie de ensoñación profunda, contando y flotando en otro mundo hasta que dice “11 yo, 12 vos, 13, dejaré de contar”. Sobran mis palabras.

El 4 de septiembre del 2014 decidió finalmente descansar en paz. Mi novia me llamó exaltada y triste ese mediodía. Se escuchaban sus gritos mezclándose con el sonido ochentoso de Pic-nic en el 4to B. Su infancia entera en esas canciones. La de ella, la mía no. Pero yo lloraba en silencio porque sentía que alguien grande nos había dejado. Pero también entendía que toda esa grandeza estaba al alcance de mi mano, y no podía dejarla pasar.

Hoy cumplo 30 años, y mi novia ya no es más mi novia, es mi mujer. Ya pasaron los ´90, ya estoy más viejo, Bugs Bunny es un recuerdo, pero sigo sufriendo con Boca. Lo más lindo de todo es que ahora ya no soy de uno o del otro. Hace más de 20 que escucho Los Redondos y lo haré toda mi vida. Hace pocos que me metí en el mundo de Cerati y no pienso salir nunca más. Gracias por venir.

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