La primera vez que lo escuché recitar poesía fue en el Matienzo, un centro cultural que lleva el nombre de la calle en la que originalmente estaba ubicado y que alguna vez fue alternativo. En ese entonces no sabía que la gente se paraba en escenarios a leer lo que escribía.

Pero no fue ahí cuando empecé a enamorarme de Pablo, sino mucho tiempo después. No tengo una fecha exacta ni una estación del año de referencia como suele suceder. El compás de mi romance con él fue una cuestión sudorosa, íntima. El olor podía sentirse y la piel estaba pegajosa, sin embargo, las gotas eran invisibles.

Nunca supe cómo sentirme con respecto a esa relación que con obsesión cultivé durante varios años. Como todo arrebato que se instala por demasiado tiempo sin ningún motivo racional, mi historia con Pablo provocó estragos. Si hubiese un adjetivo que capturara la historia de nosotros dos, pienso siempre, sería ‘incómodo’. Pablo siempre me quedó incómodo.

Tenía 20 años cuando me enamoré de él, de eso sí me acuerdo. Lo mío fue algo unilateral, de esos altares que se construyen adentro de un armario y se alimentan de tickets, fotos photoshopeadas y pulseritas rescatadas del piso.

Mi solitaria devoción duró más de dos años, hasta que finalmente Pablo descubrió lo que no era un secreto para nadie. Le dije lo que me pasaba. Él estaba un poco sorprendido, de eso sí me acuerdo bien. Como el acto reflejo por el cuál la pierna se levanta cuando el doctor nos pega en el lugar exacto de la rodilla, de la misma manera – automática y abrupta-, Pablo me invitó a salir al escuchar mi confesión. Quién sabe para qué la pierna se levanta.

“Entonces salgamos, hagamos algo el fin de semana”, dijo él. “¿Este fin de semana?:, pregunté yo. “Sí, este”. Teníamos una cita.

Y así, ambos dimos inicio a varios años de flagelo emocional, convirtiéndonos en autores de otra novela posmoderna que intenta hablar de amor. El punto de inflexión nos llegó después de dos años de relación. Para ese entonces ya éramos novios.

“Creo que me voy a Madrid”, dijo Pablo, mientras nos duchábamos juntos como hacíamos cada martes y jueves a la mañana. Yo tenía los ojos cerrados para que shampoo no los hiciera arder. Entre el ruido de la ducha y la ceguera temporal, el mensaje llegó a medias. “¿Qué?”, pregunté. “Me ofrecieron irme a Madrid”, Repitió él, mientras escupía agua para no tragarla.

Listas de pros y contras, llantos nocturnos de muchas horas, botellas de vino y abrazos largos culminaron en Ezeiza. Pablo se fue a Madrid. Yo me quedé en Buenos Aires.

“Nos vemos en ocho meses”, me dijo él con su boca pegada a mi oreja, pero el susurro no fue suave. Yo lo apreté fuerte contra mí, como si buscara exprimirlo o al menos entenderlo. Me acuerdo que le dije que sí, que disfrutara, que era una gran oportunidad y que la distancia era solo temporal. Le dije todo lo que se suponía que tenía que decirle.

Los ocho meses resultaron ser 365 dolorosos días. Le había tomado el gusto a Pablo, a compartir con él y planear con él. Mi trabajo mediocre y los dramas familiares de turno eclipsaban lo excitante de mis 24 años, signados por una melancolía precoz. Los ocho meses se hicieron un año hasta que los ahorros y los quehaceres mundanos hicieron espacio para la visita. Entonces sí, me fui para allá a ver a Pablo.

El que estaba en Madrid era él pero no era él. Su tonada había adquirido cierto desvío forzado que no dejaba adivinar entre qué fronteras había nacido aquel hombre ahora barbudo y casi sofisticado. Pablo usaba palabras nuevas y frecuentaba bares que servían gin tonics que no se llamaban gin tonic pero eso eran. Y entonces yo, que seguía siendo yo, con mi tono de siempre y mis palabras viejas, me sentí simple. La persona que me hizo sentir el unicornio que Cris Morena me prometió me hacía sentir ahora pacata y aburrida.

Pablo estaba mimetizado con su nueva ciudad. “Estás madrileño”, le dije entonces yo. “Pf, qué sabés lo que es ser madrileño”, me contestó él. Era verdad, no estaba segura de lo que significaba, pero me pareció algo lindo para decir. Sin embargo, a Pablo le cayó mal y peleamos por eso un par de veces.

Julio en Madrid no es lo que uno se espera, a menos que uno se espere una piña en la cara y otras cuantas en la boca del estómago. Cualquier historia de amor sucumbe a 45 grados centígrados sin aire acondicionado,  o al menos eso fue lo que pensé cuando todo se empezó a ir al carajo.

Me acuerdo perfecto. Paseábamos por Cibeles y Pablo me explicaba por qué había una fuente de agua y algunas estatuas mientras se arremangaba la remera para improvisar una musculosa. A mí su relato me aburría. Del edificio del ayuntamiento de Madrid colgaba un cartel: “Welcome Refugees”. No recuerdo haber transpirado tanto ni en toda mi vida, el sol me daba de frente en los ojos y me había olvidado los anteojos en su casa.

“Un año para esto”, se me escapó de repente, como si las palabras hubiesen estado listas desde siempre. Pablo me escuchó. Empezó a caminar rápido dejándome atrás. Cuanto más intentaba disculparme, acelerando el paso para no perderlo, más me convencía de lo que acababa de decir, y más me enojaba con Madrid, con Pablo, con su acento de boludo y conmigo; sobre todo conmigo.

Dos cuadras más tarde, ya empapado por la transpiración, él se dejó caer en la silla alta de un bar de tapas. Los madrileños no saben nada de comodidad, pensé, mientras planeaba qué iba a decirle y cómo iba a mirarlo a la cara.

Pero no tuve que pensar demasiado, Pablo empezó a hablar primero. Como si fuera un acto reflejo, igual que la pierna que se mueve cuando se golpea la rodilla en el punto exacto, o igual que aquella primera vez en la que me había invitado a salir; empezó a hablar de inmediato.

Que un año era demasiado, que yo ya no lo entendía como antes, que sus planes eran ahora una secuencia de viajes internacionales concatenados, y que recién se daba cuenta de todo esto, por eso no me lo había dicho antes.

Sentí los 45 grados en la piel, en cada parte del cuerpo, y en especial en la cara. Estaba prendida fuego.

Quise decirle de todo a Pablo. Que era un boludo, que me arrepentía de mi colección de papelitos y mis años de amor secreto, que no podía creer cómo había gastado todos mis ahorros en un pasaje para esto, que los chupines verdes le quedaban pésimo y, sobre todo, que me dolía el pecho y quería irme a llorar a 12 mil kilómetros de distancia. Pero no le dije nada, ni siquiera lo de los pantalones. Más tarde le enviaría mensajes de Whatsapp llenos de puntos seguidos y emojis agresivos, pero en ese momento todavía no lo sabía.

Me di vuelta y empecé a caminar; me metí en el primer lugar que parecía tener aire acondicionado. Compré lo que tuve que comprar para poder ocupar una mesa sin que nadie me molestara y apoyé los dos brazos cruzados sobre la mesada, formando una almohada humana sobre la que después descansaría mi cabeza. Cerré los ojos y sentí con placer el frío helado del aire acondicionado sobre mi piel transpirada. Dejé ir de a poco todas las promesas que me hice durante un año de espera, dejé ir los recuerdos exagerados y todo lo que siempre quise hacer caber a donde no cabía.

Sentí alivio por primera vez en mucho tiempo y repetí en voz alta: un año para esto.

Comentarios

Comentarios