-Pablo, ¿podemos hablar un segundo en mi oficina?

Bastaron esas simples palabras para que el mundo se me viniera abajo. Mi futuro laboral se había hipotecado días atrás por culpa de un maldito mail que mandé sin prever las duras consecuencias. ¿Pequé de boludo? ¿Inocente? ¿Exploté por temperamental? Vaya uno a saber a esta altura, lo cierto es que ese llamado había venido de la oficina de Gonzalo, el dueño de la agencia de marketing en la que hasta ese entonces -y por solo unos minutos más- estaba trabajando.

La cabeza me venía explotando desde hace un largo tiempo. No solo porque hace varios días que estaba maquinando sobre qué hacer con mi trabajo: si dejarlo o no, buscar algo más a fin a lo que me gustaba o en su defecto hablar con alguien de adentro de la agencia para poder hablar sobre mi descontento con mi supervisora. Si no también porque sabía que ese mail me iba a traer grandes problemas.

Juan,

Cómo estás? Quería avisarte que a partir de ahora no voy a estar más a cargo de la cuenta. Me paso al departamento comercial y en mi lugar va a estar trabajando Maru. Pero ojo, es un poco complicada…

Abrazo y gracias por todo!

Pablo

Le di click al botón de enviar e instantáneamente sentí que algo había hecho mal. Lo presentía. Sabía que esas palabras, por indefensas que parecieran, iban a ponerme contra las cuerdas. Aunque complicada era una forma muy sutil de describirla, resumía de alguna manera el tipo de trato que habíamos tenido ella y yo en los últimos meses: algún que otro grito, mensajes con algunas palabras algo desubicadas y mentiras. Sí, muchas mentiras…

El primero de los problemas llegó pocas horas después de mandar el mensaje, cuando mi nueva jefa del departamento comercial, me citó en su oficina para hacerme saber que mi mail había hecho eco y mi advertencia sobre lo “complicada” que podía ser Maru ya era vox populi.

Disculpame Caro, acepto que se me fue la mano con el mail. No sé que se me pasó por la cabeza cuando lo mandé. Pero bueno, hay muchas cosas que pasan acá adentro que vos quizás ni te enterás. Por eso te pido perdón a vos como cara de la agencia. A Maru no creo que le tenga que decir nada”. Otra vez pequé, pero esta vez por presumido. Mi descargo no sirvió de nada, y aunque esa noche dormí tranquilo, no fue más que una pequeña calma antes de la tormenta.

-Sí Gonza, ¿Necesitás algo? ¿Pasó algo?

-Vení, sentate. Seguro te imaginás por qué quiero hablar con vos…

Sí, me lo imaginaba. Aunque a veces la mejor manera de evitar conflictos es hacerse el boludo, acá no existía posibilidad alguna de hacer de cuenta que ese mail no había existido. Y claro, la tormenta había por fin llegado y como si ya no hubiese bastado con sumergirme solo dentro del ojo del huracán, los fuertes vientos empezaron a pegarme en la cara poco a poco.

-Mirá Pablo, yo no puedo aceptar actitudes de este estilo en mi agencia. Lo que pasa acá, queda acá. Pero incluir a los clientes es inaceptable. ¿Me entendés?

-Obvio, te entiendo y te pido disculpas. No sé qué pasó. Se me fue de las manos, reaccioné mal. Me hago cargo y si es necesario hablar con alguien no tengo ningún problema, lo hago.

-Es que la verdad es que yo te veía mucho potencial acá adentro. Pensé que dándote el nuevo puesto ibas a estar contento. Pero bueno, entendés que no me queda otra opción, ¿no?

El mundo se me vino abajo en un instante. Lo entendía, o eso creía. Y sí, me estaban despidiendo de una forma muy sutil, casi pintoresca, pero despidiendo al fin. Mil cosas se me pasaron por la cabeza, desde pelearla hasta algún que otro insulto. Pero no, mi reacción fue otra, totalmente impulsada por mi deseo de irme de ese lugar que ya tanta incomodidad me había generado el último tiempo.

-Te entiendo Gonza. Todo bien. Igualmente yo hace un tiempo que vengo pensando en irme. Creo igual que hay muchas cosas que deberían cambiar y mejorar en esta agencia, pero eso quedará para otro momento.

Escupí esas palabras con altura. Creyéndome el rey del mundo, el que la tenía más clara que nadie. Aunque por dentro mi autoestima se destrozaba en un millón de pedazos, por fuera tenía que mostrar entereza. Tenía que hacerlo. Y solo se me ocurría una forma…

-Te puedo pedir un último favor antes de irme – pregunté buscando en mi cerebro cómo destrabar esa difícil situación a la que me enfrentaba.

-Sí claro, decime Pablo.

-¿No me darías un mate?

Su cara se descolocó completamente. No sabía si era una joda o no, pero no podía negarme ese último mate con dos cucharadas de stevia que tomaba todas las mañanas cuando llegaba a su oficina. Agarró el termo con su mano izquierda, volcó el agua algo tibia en la yerba y me lo pasó con su derecha.

Fue sin dudas el mate más largo de mi vida. Mientras aspiraba por la bombilla sentía como los segundos se hacían eternos. Pero entendía que eso mismo pasaba del otro lado. De un momento a otro empecé a tomarle el gustito a la situación. Ese pequeño dulzor se hacía todavía más azucarado para mí, y muchísimo más amargo para él. La situación de poder lo había desbordado por unos instantes. Me miraba sin entender por qué había dicho que sí a ese pedido tan absurdo: “Un último mate”.

Tomé hasta la última gota de agua y se lo devolví. Ya estaba todo dicho. Se paró invitándome a salir y antes de despedirnos intentó darme un abrazo de consuelo. Lo miré fijo por dos segundos, di media vuelta y me fui por la misma puerta por la que meses atrás había tenido mi bienvenida a la agencia. Pero esta vez con un mes de vacaciones pagas bajo el brazo, una indemnización impensada y la certeza de nunca volver a ver a la cara a esa persona “un poco complicada”.

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