Por Sofía Cash

Viernes 11 am, hace frío, llueve, y estoy entrando a una cárcel de máxima seguridad. Dos portones, una reja de hierro y una puertita en un muro después, de repente, entre la paleta de grises sobresale un pasto bien verde rodeado por una pared donde se lee “Espartanos”.

Llegamos a su “pedacito de cielo” como me lo describirían después, la cancha de los “Espartanos”, el equipo de rugby compuesto por los internos del Pabellón 8 de la Unidad Penitenciaria N° 48 de San Martín.

Su historia comenzó en 2009 cuando Eduardo “Coco” Oderigo, abogado penalista y ex rugbier, visitó la cárcel y pensó en hacer algo por ellos. Empezaron a entrenar, a jugar partidos, visitaron clubes y hace unos años hasta fueron al Vaticano a conocer al Papa. Al principio eran 7 jugadores, hoy, el programa de la “Fundación Espartanos” se replica en 28 unidades penitenciarias de 9 provincias, alcanzando a 900 internos con al apoyo de 360 voluntarios en todo el país. Entre los que pasaron por el programa, la tasa de reincidencia, que en la Provincia ronda el 60%, bajó a un 6%.

Se podría decir que los Espartanos ya son algo así como “famosos”, pero ellos hoy no son las estrellas, sino las chicas: “Las Espartanas”. El equipo de rugby de mujeres del penal 47 de San Martín vendrá esta mañana a conocer la cancha de los Espartanos y a jugar su primer partido oficial como equipo. Del otro lado de la línea del medio, las espera un conjunto formado por mujeres rugbiers de varios clubes de Buenos Aires.  Se espera que lleguen a eso de las 12 hs, todavía se están firmando autorizaciones para que puedan salir y recorrer las dos cuadras que separan el penal de hombres del de mujeres.

Mientras las esperamos, las chicas “de afuera” entran en calor y unos cuantos hombres de diferentes pabellones se acomodan en la tribuna. En San Martín se formaron varios equipos.

 –“Hey vení, tomate unos mates si querés hasta que lleguen.”

Tete me arrima una silla y me siento en ronda con él y Luis en el quincho que está al lado de la cancha. Las paredes del vestuario están llenas de camisetas y escudos, reliquias de las visitas de diferentes jugadores. También hay estantes con muchos botines en todos los talles que se usan y se devuelven para que entrenen los próximos.

Ambos son internos del pabellón 8 y están próximos a salir en libertad.

-“Yo en noviembre me voy. Y ahí va a estar el verdadero desafío. Estas cosas (señala la cancha y se agarra la camiseta con las dos manos. Tiene de la de San Fernando) te preparan. Tuvimos suerte. El sistema de la cárcel está mal, uno sale peor de lo que entra, porque aprende, se conecta con gente. Ponele, yo robé un banco, vengo acá y aprendo a robar un blindado.

A mí el rugby me empezó a salvar, me dio un motivo. Esto tiene que pasar en todas las cárceles.”

A Tete le gustaría escribir un libro sobre la vida en la cárcel. Tenía unos cuadernos pero en una requisa se los mojaron y los tuvo que tirar. Quiere contar cómo es estar adentro “no como en las novelas que nada que ver”. Cuando salga planea trabajar en un taller. No tiene mujer ni hijos, pero no descarta que eso suceda algún día. “Afuera puede pasar de todo” dice, y percibo en su voz que su optimismo no es del todo forzado.

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De lejos la veo a Carolina Dunn, entrenadora de las Espartanas, que va y viene por la línea de lateral mirando el teléfono. Son las 13:30 y todavía no autorizaron a las internas a salir. Las chicas le mandan mensajes, tienen miedo de que la tan esperada salida no se concrete.

Carolina es también la coordinadora del programa. Junto con un grupo de personas, día a día se esfuerza para intentar cambiar historias. Con cada entrenamiento trabajan para que las chicas desarrollen el sentido de pertenencia y prevalezcan valores como la unión, el respeto y la confianza en ellas mismas y sus compañeras.

Está emocionada y bastante nerviosa aunque pone su mejor esfuerzo para disimularlo. Como todo debut, no se sabe bien qué esperar. Empezaron a entrenar a las chicas hace sólo 6 meses. Todos los lunes practican de 13 a 15 hs. en una esquina de pasto y tierra que tiene el penal. En cada entrenamiento a Carolina la acompañan Sofía e Ignacio, los preparadores físicos. Durante dos horas combinan ejercicios técnicos, aeróbicos y siempre hay un rato al final para charlar. Se juntan en ronda y cada una puede contar lo que siente ese día.

Para poder formar parte del equipo les exigen ciertas condiciones a cumplir. Las internas tienen que trabajar y estudiar o asistir regularmente a algún taller y “estar limpias” (sin el efecto de drogas) a la hora de bajar a entrenar.

“Han habido días buenos, normales y muy malos, no fue para nada fácil que se enganchen.” me cuenta Sofía.

“Venían sin ganas, o drogadas. Se peleaban entre ellas. Muchas veces tuvimos que dejarlas sin entrenar. De a poco se fueron metiendo más con el deporte, vieron que se podían distraer un rato de su realidad y conectarse con su cuerpo. Empezaron a sentirse un equipo, a sentir que son importantes para alguien más. La promesa de un partido con gente “de la calle” nos ayudó mucho a motivarlas.”

Los lunes a la mañana Sofía trabaja como personal trainer con un grupo de mujeres en Nordelta. Termina, y unos minutos más tarde por camino del Buen Ayre, llega al penal para entrenar a las Espartanas. Dos mundos casi inimaginables el uno para el otro a solo unos kilómetros de distancia.

Aunque a veces llora en el auto cuando vuelve del penal, le encanta lo que hace. Es una de las personas más bondadosas que conozco. Sofía me trajo a ver jugar a su equipo y a conocer parte de un mundo que está ahí, pero del que mucho no sabemos.

Llegan las Espartanas

Al rato, parece que el juez firmó y vienen en camino. Llegan en una ambulancia de traslado. Bajan en fila, escoltadas por un montón de guardias que se relajan cuando entran en las inmediaciones de la cancha. Están vestidas con camiseta roja, shorts y zapatillas. No hablan, pero miran la cancha y veo que un par lloran. Algunas no salían de los límites del penal hace más de 5 años. Ese día recorrieron 4 cuadras de un penal a otro, 400 metros de calles de tierra mojada por la lluvia y árboles sin hojas.

“La capi” del equipo es Yesy, un gran soporte para el grupo de entrenadores. Confiesa que se levantó a las 5 am por la ansiedad. Ella hoy no puede jugar porque se lastimó una pierna pero está igual de nerviosa. Junta en ronda a su equipo, las organiza, arenga y después de una entrada en calor se paran en la cancha.

“¡Dale Chicas, que esto es Esparta!” se escucha una voz de hombre desde lejos y al tiempo que me recorre un escalofrío me acuerdo que estoy en una cárcel.

Suena el silbato. Se las nota concentradas, tratando de manejar las mil cosas que seguramente están sintiendo. Durante 30 minutos, corren, tacklean, eligen. Libres mientras la pelota gira en el aire.

Como era de esperar, las contrarias las superan técnica y físicamente, pero el resultado no termina siendo para nada malo y hasta hacen 2 tries. Termina este primer partido y ya más relajadas tras el debut, nos sentamos junto con el equipo contrario en la tribuna a comer unos choripanes que prepararon  para almorzar.

Todas conversan y algunas se intercambian números de teléfono para el día en que salgan, quizás poder sumarse a un club “de afuera”.

“¿Te imaginás?” me codea una de las chicas y abre grande los ojos.

 

 

 

 

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