Tulum es un pequeño pueblo de playa a 100 km llanos de la ciudad de Cancún. Famoso por sus paisajes paradisíacos y cautivantes historias de encuentros y desencuentros. Un lugar con una belleza natural inmensurable y una vida social intensa. Especial caldo de cultivo para llegar con mis auriculares y memorias USB, con el fin de poder lucirme en las bandejas de algún club o fiestita en la playa.

Ya hacía casi un semestre de mi llegada a la Rivera Maya. Las cosas venían saliendo bastante bien. Había estando tocando, y por esas cosas del destino (con unos polvazos de oportunismo) me terminaron ofreciendo el mejor laburo que podía ofrecerme este pueblo. Iba a trabajar para la discoteca #1. Sin saber absolutamente nada, me aventuré a una casa que me asignaron. Casa que compartiría con Lalo, el gerente del boliche.

Recuerdo que esa mañana me despedí de mis compañeros de hostal, cargué mi austero equipaje y me tomé el transporte que demoraría alrededor de una hora en recorrer la carretera que separa Tulum de Playa del Carmen.

Una vez llegado, me pasaron a buscar y me llevaron a lo que sería mi casa. Una especie de monoblock en un fraccionamiento a las orillas del pueblo. Me dieron las llaves de mi moto y me dijeron que esperara a Lalo, mi roomate, para presentarme y tener alguna que otra charla sobre cuestiones de trabajo.

No puedo decir que subestimé la intensidad del rubro bolichero mexicano, pero tampoco la dimensioné. En ese momento me sentía en la cima. Llegué a mi habitación, prendí el aire acondicionado y me puse a ver los últimos capítulos de una serie de narcos colombianos. Tenía que tocar esa misma noche en mi debut oficial como residente del club. Me llovían los mensajes, varios amigos nuevos aparecían con un esnobismo escalofriante pero encantador. De verdad pensé que nada podía salir mal.

No me llamó la atención la ausencia de mi roomie, ya que deduje que más allá de ser el gerente de una cueva de vampiros, era lógico que este chabón tuviera una vida. Pensé que seguro estaba en el gimnasio, o visitando algún amigo o quizás en a la playa. Me dispuse a preparar mi set. Esa era mi noche y de verdad, en mi cabeza no había lugar para que nada pudiera arruinarlo.

Me encontraba en el living ajustando en la computadora algunos detalles para romperla, mientras tomaba un whisky que me atreví a robarle a Lalo. Esa noche era mi noche. De repente, escuché un fuerte estruendo en la puerta. En Buenos Aires un golpe de esa magnitud hubiera alertado mis sentidos. Dado el lugar y el entorno, no lo sentí así. Me acerqué y apenas abrí la puerta para encontrarme del otro lado a un hombre claramente ebrio, agitado y nervioso.

“¿Donde está Lalo?” me preguntó sin siquiera saludarme. Le dije que aunque fuera mi roomie, no sabía quién era Lalo y cuando le expliqué quién era yo, me reconoció. El rafagazo de empatía que me generó conocer a este “fan”, hizo que no pusiera resistencia mientras él se dirigía a la sala, se sentaba y se servía del whisky.

Me comentó que era el bar tender del boliche, y que por una injusticia lo habían despedido. Entre que la historia no me despertaba demasiado interés y que mi cabeza estaba en mi performance de esa noche, no puedo recordar con certeza de que se trató esa primera charla. Lo que si recuerdo con exactitud, es cuando a los 15 minutos sonó la puerta por segunda vez.

Pensando que era Lalo y que todo se solucionaría, abrí con entusiasmo. Esta vez del otro lado, encontré a tres petisos (no por eso menos intimidantes) en cuero luciendo sus tatuajes realizados con instrumentos poco convencionales. Fue entonces cuando supe que estaba en problemas. Se abalanzaron sobre mí, me sentaron en la mesa y tomaron completo control de la casa. Primero la revisaron. Vieron mi teléfono en el desayunador y lo estrellaron contra el piso dando una evidente señal de que algo no estaba bien.

Mantuve un profundo silencio. Les recuerdo que mi única información, era la de que tenía que tocar esa noche. Mientras estos individuos demoníacos peinaban sus rayas de cocaína y revisaban todo en busca de algún aguardiente, yo me hacía la idea de que mis posibilidades de salir ileso eran nulas.

De repente, una camioneta alumbró la ventana lindera a la puerta. El motor se apagó y una llave penetró la cerradura de la casa. Fue entonces que sigilosamente me paré y me acerqué a la puerta que daba al patio de atrás. Era Lalo. Sin imaginar lo que se iba a encontrar, abrió la puerta y entró. Traía un bolso y unas gafas, ambos volaron ante el vendaval de trompadas que le propinaron entre tres. Nunca supe nada de armas, pero por algún motivo identifiqué un calibre 9mm saliendo del cinturón de uno de los enanos malos. Inmediatamente dejé de pensar.

Mientras a Lalo lo cagaban a palos, yo aproveché para salir al patio. Una medianera de más de dos metros dividía los lotes de la cuadra. La única opción que tenía era invocar algún video de parkour que había visto e intentar saltarlo.

Tomé carrera, hice pie en una silla malherida y casi logro saltar el cerco, cuando de atrás escucho “¡Oye chingada madre, se está escapando el güero!” Ni llegué a interpretar el significado de la alarma, cuando el enano con la pistolita del counter me bajó de un tirón y me puso el aparato en la cabeza.

“Vas a saber lo que se siente caminar con el diablo” me dijo. “Estás muerto güero” gritó riéndose otro enano desde el fondo. Fue entonces que escuché todos los sonidos del percutor secuenciando mi fusilamiento. No había bala, pero créanme si les digo que lo mismo hubiera hecho los siguientes dos minutos si la bala hubiera salido por el arma.

Entre súplicas empecé a rogar que me dejaran ir. Se reían, me decían “marica, pinche argentino puto”. Yo afirmé su insulto e incluso propuse algunos más con tal de que me dejaran salir de ese lugar. Finalmente, uno me dijo que vaya a Lalo y le diga “te quedas solo cabrón”. Secuencia que realicé sin objeción. Descalzo y en calzoncillos corrí dos cuadras hasta un taxi al que me tiré de cabeza.  Fui a refugiarme a lo de un amigo. Esa noche en el boliche sonó un DJ invitado de último momento.

Lalo sobrevivió y aunque yo no volví a su casa, supe que si quería seguir trabajando en la noche mexicana iba a tener que acostumbrarme a vivir corriendo entre balas y perico.

 

Nota: por pedido del autor, su nombre se mantiene en reserva pero les aseguramos que todo lo narrado es 100% real.

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