Parte uno: ya nadie va a escuchar tu remera

La campana suena y los ojos se le endurecen de las piñas recibidas. La cuenta regresiva le aturde los oídos. Levanta un puño ensangrentado con la fuerza de la voz de Luca estallando desde el océano. Lo lleva bien alto y lo intenta imponer como si fuese el riff de JiJiJi en la misa más grande del mundo. Pero no puede. Se cae tomando la última bocanada de aire que dejó Gustavo y se pregunta porqué. ¿Por qué le hicieron esto? ¿Cuándo dejó que lo avasallaran así sin darse cuenta? ¿Por qué esos que levantaron su bandera en escenarios y remeras lo patean desde el piso? ¿Esos que lo hacían verso y poesía lo escupen en la cara? Por qué se pregunta, pero no puede entender. Claro, el rock quedó por primera vez al borde del knock-out.

Estas últimas semanas el rock argentino se enfrentó a uno de sus mayores miedos y fantasmas: el machismo. Y dijo basta, no soportó los golpes y tuvo que caer de rodillas pidiendo perdón por fomentar esa actitud patriarcal que tanto enalteció durante sus más de 60 años de vida. Y como el pez por la boca muere, las redes sociales que tanto ayudaron a difundir a la nueva generación fue el puñal que terminó de clavarse en su pecho. Porque los últimos días cientos de testimonios de mujeres se hicieron escuchar ante los incontables abusos de poder, psicológicos y físicos, que sufrieron en los últimos años por parte de algunos músicos que encima “defendieron” su lucha y la enmascararon en frases de manual, palabras rebuscadas y colgándose el #NiUnaMenos como bandera.

Hace unos meses el primero en caer y empezar esta avalancha fue Cristian Aldana de El Otro Yo. El cantante, que hoy está detenido y procesado en Marcos Paz por abuso sexual gravemente ultrajante y corrupción de menores; cayó luego de que más de cinco mujeres lo denunciaran ante la justicia. Obviamente primero muchas de ellas lo hicieron sin ser escuchadas. Pero dado la gran cantidad de personas que se unieron a su lucha, lograron que sus testimonios sean tenidos en cuenta y que hoy su ex “ídolo” descanse en un pabellón recluido esperando su sentencia.

Obvio, esto no fue de un día para el otro y tardó más de diez años desde que se produjeron los abusos hasta que Aldana terminara en Marcos Paz. Muchas de las víctimas lo denunciaron y contaron sus experiencias, pero no fueron escuchadas hasta que en enero de este año por fin detuvieron al músico. El rock hasta ese momento era intocable, pero…

Esta semana una chica en Twitter se armó de valor y se animó a contar una experiencia con Santiago Aysine, cantante y líder de Salta La Banca, en la que relató un encuentro no deseado con el músico. “Él salía del baño de un bar, me vio, me encajó un beso y me tocó cuando en ningún momento le di a entender que quería eso. Lo naturalicé mucho tiempo porque fue algo mínimo y también porque era menor…” confesó @_SoleMerk2. A partir de eso una catarata de relatos con la misma persona como protagonista empezaron a circular en las redes.

 

Insultos desmedidos, relaciones sexuales violentas, abuso de poder y hasta abortos. Sí, todo eso se relataba en incontables mensajes sobre encuentros con el cantante de una de las bandas más convocantes de nuestro país. Y aún así nadie creía que pudiera ser cierto. ¿Por qué? Porque hasta ese momento esa forma de machismo era parte intrínseca de nuestro rock y de alguna manera lo justificábamos.

Claro, todavía muchos se preguntaban en Internet si esas denuncias eran legítimas y si lo que se anunciaba como “abuso” era realmente así. Intentando explicar las palabras que se leían en cientos de tweets y desvalorizando la lucha sobre la violencia de género. Así, poco a poco la olla se iba caldeando y la discusión se viraba para otro lado; el de las definiciones  y exactitudes para defender lo indefendible.

Pero gracias a que la historia está escrita hace un largo tiempo, y por culpa de la existencia de una creencia de que el varón tiene una posición superior sobre la mujer, la ONU en 1995 definió ciertamente lo que hoy podemos describir como violencia de género:

Todo acto de violencia sexista que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psíquico; incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de la libertad. Ya sea que ocurra en la vida pública o privada de las personas”.

Informe de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer
Beijing, 4 a 15 de septiembre de 1995

Esos “micro-machismos” a los que estábamos acostumbrados y minimizábamos, empezaron a caer por su verdadero peso. No hacía falta tener que escuchar la palabra “violación” o “femicidio” para entender de qué se trataba. De entender que abuso no es solo sexual; sino físico y psicológico. Que la violencia es también simbólica, psicológica y económica. Y que este tipo de conductas que están “aceptadas” desde nuestro lenguaje y actos en el rock, son las que hacen que el machismo se imponga en nuestra sociedad. Son, obviamente, las que tenemos que erradicar. Urgente.

A partir de estos relatos contra el cantante de Salta La Banca muchos empezaron a caer. A cada minuto una historia distinta, de una persona diferente y con un nuevo protagonista. Pero todos con algo en común: el abuso de poder por su condición de “ídolo” del rock. Claro, porque ese “¿vos sabés quién soy?” que tan bien se impone en nuestra sociedad, es el que le pegó la trompada sin anestesia a nuestro rock nacional.

Parte dos: kill your idols

Max Weber, filósofo y sociólogo alemán, explicó en un ensayo de 1922 que existe un tipo de liderazgo llamado carismático que es quien consigue esta posición gracias a “las habilidades superiores que le confieren sus seguidores”. Obviamente que en ese momento al tipo ni se le cruzaba por la cabeza que casi 100 años después sus estudios servirían de ejemplo para analizar todo: política, cultura, trabajo y, en este caso, el mundo del rock. Sí, porque este “liderazgo carismático” que explicaba es el que hoy pone a los músicos en un altar casi intocable. Hasta ahora…

Max Weber

En el mundo del rock el discurso sobre abuso y violación estuvo siempre, de alguna manera, legitimado. Primero, en parte por los músicos, y luego en un segundo plano por sus seguidores. Con discursos que avalan este tipo de micro-machismos dentro de la cultura del rock y que en un principio ponen la culpa dentro de la víctima -recurso muy común no solo en este ámbito sino en todos los que ejercen la violencia machista en la sociedad.

Esto se vio exageradamente al descubierto el viernes pasado cuando Santiago Aysine de Salta La Banca decidió “dar la cara”, y le dio una entrevista a Mario Pergolini. El músico quería aclarar lo sucedido y pedir disculpas “si es que había hecho algo mal en sus relaciones”. Pero una de las respuestas del conductor de Vorterix es la que demostró que el rock, como muchos otros espacios, es un ambiente machista: “Vos no podés hacerte cargo de esa mezcla, si ahora te salen novias despechadas o relaciones que no han crecido” respondió cuando el líder de la banda contaba sobre la gran cantidad de denuncias surgidas en Twitter.

Los ídolos del rock -al igual que muchos líderes de opinión, referentes, portavoces, etc.- tienen la legitimidad para hacer uso de cuerpos, vidas y de decisiones sin crítica o mea culpa posible; y esto se les da por ser objetos de deseo y seguimiento por miles de personas. La manera en que operan y hacen uso de su posición para tomar poder sobre otros es lo que se impone en esta cultura que tiene como firma constante “sexo, drogas y rock and roll”.

El machismo propiamente dicho y en todas sus acepciones, se basa en una relación de poder entre dos sujetos. La violencia se sustenta en esta relación asimétrica, que tiene que ver con la idea de que las vidas son propiedad del sujeto que abusa de ellas. A partir de esa legitimidad puede hacer cualquier cosa, y no importa lo que encuentre del otro lado: una negativa, una oposición o una sumisión.

Es por eso que a veces hasta nosotros, los mortales, tenemos que “matar a nuestro ídolos” y sacarlos de ese Olimpo inalcanzable para darnos cuenta que son personas como nosotros. Porque la llegada de muchos de estos casos a la agenda pública ayudó a tumbar la estatua intocable en la que estaban parados hace un largo tiempo. Los micromachismos que suceden día a día y la aparición de abusos sexuales, tienen estrecha relación con que las mujeres hoy encuentran espacios donde poner su voz sobre situaciones de violencia que se suceden en la vida cotidiana. Y las redes sociales, claramente, son un gran paso para esto.

Pero aunque las estatuas caigan, hay que saber separar el arte de las personas. No porque estas denuncias salgan a la luz y sean escuchadas, tenemos que reparar en lo bueno o malo de su obra. El músico realiza su arte sin importar su persona; es recién ahí y por la aceptación de sus seguidores que se transforma en ídolo. La caída de éste no está directamente relacionado con la importancia de sus canciones.

No sabemos qué mancha le quedará al rock después de todo esto y mucho menos todavía qué pasará con la idolatría en una cultura donde el machismo se ejerce desde todos sus estratos. Pero es importante que podamos detectarlos para poco a poco ir limpiando la imagen de un rock nacional que supo ser refugio de millones de almas perdidas y nos dio la suerte de escuchar a Spinettas, Garcías, Ceratis y Solaris.

 

 

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