Por Rocío Maldonado

Recuerdo el dolor en mi brazo derecho. Yo estaba en el piso y él parado, mirándome, temblando. En el rapto de violencia me había tirado contra la puerta de su habitación. También recuerdo que lloraba, porque cuando no sabe absorber y entender el momento débil, llora. Como un nene. Como el nene que es.

Fue en 2014 cuando me di cuenta que algo estaba cambiando en mi familia, posiblemente en mí, pero sobre todo en él. Los ataques de Patricio eran cada vez más frecuentes y cobraban mayor fuerza. Mi papá pasaba muchos días fuera de casa porque había vuelto al fútbol, su mayor pasión después de mi mamá y su familia. Era director técnico de nuevo, en 9 de Julio, lo cual implicaba que de jueves a domingo, cada semana, estuviera allá. A Patricio todo cambio lo desestabiliza. Al no poder entender el porqué, sufre. Por supuesto que no sabe expresarlo, lo cual lo vuelve peor. La adaptación a los cambios le cuesta enormemente, como a todos, solo que a él un poco más (porque no le cuesta sonreír ni decir te quiero o vení ni abrazarte ni quererte ni darte la mano ni bailar ni ni ni…).

A mis 4 años, nuestra hermana mayor, Mercedes, se fue de casa. En ese entonces todavía vivíamos en 9 de Julio, aún no nos habíamos mudado a Capital Federal, y ella fue la primera en irse para estudiar. Todavía me acuerdo como si fuera hoy de las peleas que Pato, tan chiquito como era, insistía en tener con ella. Claro, la extrañaba.

Hacía tiempo ya que venía mal. Era prácticamente imposible convivir en el mismo espacio cerrado más de dos horas sin que estallara. Cuatro días a la semana, Patricio quedaba parcialmente en manos nuestras, de Nacho y mías, pero sobre todo de mi mamá, quien aun seguía ejerciendo de maestra-devenida-en-preceptora jardinera. Su tiempo libre lo dedicaba a él. Y estallaba. Gritaba, era insoportable. Quien se le cruzaba era objeto de bronca, berrinches violentos y dolor. Mi mamá lloraba, nosotros, yo, no sabíamos qué hacer. ¿Hay algo más desgarrador que ver a una madre llorar?

Me levanté del piso como pude, furiosa, roja de bronca y frustración. Lo sentía en el estómago, en la sangre, en el corazón. Lo odié. Y con todo mi ser. Odiaba a Patricio, quería correr y no volver. No tener que aguantar nunca más un episodio así, o a él. Toda una vida entendiendo, veinticuatro años poniéndome en su lugar, tal como me habían enseñado.

Me lleva un año y cuatro meses casi exactos. Él nació en mayo de 1988, yo en septiembre de 1989. Crecimos juntos, literalmente lo hicimos. Con su retraso madurativo y también físico, ese año y medio que tenía de ventaja conmigo, no fue. Aprendimos a caminar juntos, aunque él tenía ayuda de una férula en su pierna izquierda. Las secuelas que le dejó la meningitis afectaron también su parte motriz, del lado izquierdo. Apenas ve con ese ojo, su brazo y mano apenas tienen musculatura desarrollada y funcional, lo mismo su pierna. Por eso necesitó de la férula, lo ayudaba a mantenerse parado. Yo caminaba, él conmigo al lado. No pasaron muchos años para que yo me convirtiera en su hermana mayor, su norte inmediato.

‘¡NO PUEDO MÁS CON ESTO, PAPÁ, ESTOY HARTA!’.

Eso le grité cuando me vino a ayudar. Desde las entrañas, sentido y en llanto. Nunca había gritado así. Me dolía la garganta del esfuerzo y la cabeza por la confusión. Como pude, me fui pero sin saber muy bien a dónde. Era octubre y hacía calor, no tuve que agarrar nada más que las llaves. De casualidad tenía algo de plata en el bolsillo, que la destiné a comprarme una lata de cerveza en el supermercado de la otra cuadra. Caminé sin parar, empapada en lágrimas. Le había gritado a mi papá, a quien nunca, jamás, me había atrevido. Y de forma injusta. Lágrimas. Mi hermano y yo nos habíamos peleado, y me había tirado al piso. Lágrimas. Lo odiaba, pero lo amaba más que a nada en el mundo. ¿Cómo podía ser tan incoherente y sentir eso por él, que no tenía la culpa de nada? ¿Por qué no podía entenderlo? ¿Por qué me había pegado así? ¿Acaso no me quería más que a nadie en el mundo él también? ¿Qué significaba eso? ¿Era la peor hermana del mundo? ¿Cómo podía ser la peor hermana del mundo? Lágrimas. Caminé por horas y en círculo, no me alejé más de cuatro cuadras de casa. Había un hilo que tiraba de mí y me mantenía cerca, no me dejaba ir más lejos. ¿Por qué le había gritado así a mi papá, quien siempre me había dado todo? ¿Cómo podía ser la peor hija del mundo?

Se fue la tarde y empezó a anochecer, el día terminaba y había terminado conmigo también. Me sentía agotada, pesada, enojada, inmadura, triste, responsable, chiquita, frágil. Decidí sentarme en el cordón de la vereda, como si estuviese en mi casa de 9 de Julio, como mi primo y yo hacíamos cuando éramos chiquitos, como aún hoy hacemos con Pato, a media cuadra de mi casa. La atracción me llevaba de vuelta al hogar, a él, pero no quería volver. No soportaba la idea de verle la cara, de mirar a mi papá, o de explicarle a mi mamá por qué estaba llorando. Me senté y agarré el celular. Lo que me salió, de forma sincera, fue mandarle un mensaje a la única persona que conocía ese costado mío, que me había escuchado y contenido al confesarle la horrible persona que podía llegar a ser con Patricio. Hacía más de medio año que estaba de viaje, ya no hablábamos, y esa sería una de las pocas veces que lo haríamos. Pero necesitaba contarle a alguien, aunque me avergonzara la idea de confesar lo que había dicho y, sobre todo, de cómo me había sentido. Lo necesitaba a él. Todavía sentía adentro restos de un veneno que sin ser letales, me estaban consumiendo. El demonio (seductor, horrible) que había crecido dentro de mí desde el 20 de septiembre de 1989, día en el que, con ese primer llanto y entre brazos amorosos que me recibían, me abría camino en este mundo, tenía que ser exorcizado.

Imaginar no poder verbalizar lo que me pasa me desespera. No ser capaz de darle sentido al torbellino de emociones que tengo dentro me resulta un infierno. Un infierno privado del cual no se puede escapar. Qué lucha espantosa. Me valgo de las palabras, sin mi armamento vocal no soy nada. Con mayor o menor precisión, esta vida es una puja constante por entender y hacernos entender. ¿De qué sirve vivir rodeado de gente si no puedo decir lo que me pasa? Mi dulce Patito, ¿qué pasará por tu incansable mente? ¿Qué te mantiene despierto cuando todos solo queremos ir a descansar? ¿Qué es lo que te hace bailar cuando la música ya no suena? ¿Qué motiva tu contagiosa risa cuando estamos en silencio? ¿Qué te hace llorar? ¿Tenés sueños? ¿A quién destinás tus palabras de amor? ¿Cómo es que no sabés romper un corazón? ¿A dónde van los lamentos que nunca tendrás?

Todo eso pensaba mientras terminaba la cerveza y escribía el mensaje que iba a atravesar océanos y, como por magia, llegaría al futuro. Mientras lloraba y pensaba. Más pensaba, más lloraba; y más lloraba, más lloraba. Pero cuanto más lloraba, pensaba, escribía, exorcizaba, odiaba y amaba, extrañaba, necesitaba, me deshacía y volvía a aparecer; cuanto más temblaba, luchaba conmigo misma y soñaba con irme (siempre, siempre irme para volver), mientras me deconstruía y renacía con los segundos, llovía a pedazos y en silencio, me reconciliaba con el mundo y me abrazaba con lo dado; mientras retumbaban mis órganos y una canción empezaba a sonar en mí, mientras miraba hacia adentro y explotaba hacia afuera, entendí algo:

Esto sólo nos hará más fuertes.

Pato y yo.

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