Martes 4 de octubre, ocho de la mañana. Despertador. Luis lo pospone diez minutos, le cuesta levantarse. se revuelca inútilmente hasta que vuelve a escuchar el molesto sonido, parece que hubieran pasado solo segundos. Siempre que duerme más que de costumbre le cuesta mucho salir de la cama. Se dice a sí mismo que está viejo.

Pidió entrar tarde al trabajo, hoy tiene turno con el neumonólogo. Se prepara él mismo el mate, que siempre le sirve su mujer. Se viste mientras va tomando, con cada chupada se siente un poco más lucido. Una vez listo, se mete en la boca dos galletitas de agua, agarra las llaves del auto de la mesita de entrada y sale a la vereda. Es un día muy agradable, la mañana está fresca pero promete calentarse y la niebla que atenúa el sol empieza a diluirse lentamente.

Se sube al auto y lo enciende. Como cada día, espera cinco minutos a que caliente y arranca, justo antes de que vuelva a invadirlo el sueño. Agarra por la calle Estados Unidos hasta el ramal Escobar y se dirige al sur por el Acceso Norte. Conecta con la avenida General Paz, luego Lugones y finalmente la autopista Illia. Llega al peaje y se forma en una de las filas. Mientras espera, se mete la mano en el bolsillo de atrás. Lo molesta el cinturón y lo tiene que desabrochar. Completa la maniobra, abre su billetera y adentro ve dos billetes de doscientos, uno de diez y otro de dos. La apoya en el asiento del acompañante.

Llega a la ventilla y saluda al joven que lo atiende.

– Buenos días –

– Buenos días, señor –

Abre la billetera, toma uno de los billetes grandes y se lo estira. Rápidamente el joven le devuelve un ticket, acompañado de $ 85.

– Te faltan cien – le dice – te di un billete de doscientos –

– No señor, se equivoca, me dio uno de cien – Le contesta el torso que se asoma por la ventanilla de la caseta.

– Disculpame, pero estoy seguro, tenía en la billetera solamente dos de doscientos –

– No tengo acá uno de doscientos, se tiene que haber confundido –

El tono liviano del muchacho lo irrita.

– No pibe, fijate bien – insiste, mientras empieza a crecer el sonido de los bocinazos.

– Le di bien su vuelto señor. Le pido por favor que avance, se juntan los autos. –

– ¡La concha de tu madre hijo de puta! no me vas a cagar así, dame lo que me falta o llamá a tu jefe. No me pienso mover de acá. – mientras le grita su cuerpo se tensiona, el cuello se le entumece y siente un fuerte mareo.

– Tranquilícese señor yo estoy trabajando, no me falte el respeto, además lo están filmando.-

– Si está filmado lo quiero ver, no me voy hasta que me lo muestres. – Se endereza en el asiento y mira hacia atrás por el espejo retrovisor para ver la desesperación de los de la fila. La discusión y el ruido se vuelven una combinación insoportable.

– Acá no se lo podemos mostrar señor, tiene que liberar el carril. –

En eso, por la otra ventanilla del auto un hombre de camisa blanca y corbata le golpea el vidrio. Luis abre y escucha entre cortado, un poco por las bocinas y otro poco por el nerviosismo:

– Avance a la banquina señor, para que podamos ayudarlo. –

Sobrepasado por la situación, Luis menea la cabeza con disgusto, mete un cambio y le hace caso. Pone balizas y estaciona a los pocos metros. Se saca el cinturón y sale del auto con dificultad. Se le acerca un policía. Luis le explica lo sucedido, a lo que el oficial le contesta:

– Si estás seguro seguíselas a muerte, son unos hijos de puta, se la hacen a todo el mundo.-

– Es que no me puedo quedar acá todo el día, tengo turno con el médico y no lo puedo perder. –

– Hacé lo que quieras, pero no tengas dudas que te están cagando, son unos mafiosos. –

Mientras tanto llega el hombre de la camisa blanca. El policía le hace lugar y se queda escuchando.

– Señor acabo de hablar con el muchacho y me dice que no tiene ningún billete de doscientos, que le dio bien su vuelto. –

Se inclina sobre la humanidad del hombre y le grita, abriendo grandes los ojos y gesticulando exageradamente:

– Me importa un carajo lo que diga, yo estoy seguro. Me chupan un huevo los cien pesos, pero no me van a chorear ustedes, manga de garcas. –  Gotas de saliva vuelan de su boca.

– Es imposible señor, no tiene billetes de ese valor, no sé qué decirle. – Le contesta, más concentrado en esquivar los proyectiles que en solucionar el problema.

Luis respira hondo intentando mantener la calma.

– Mirá flaco, yo me estoy sintiendo como lo orto ya. Me voy a morir acá de un bobaso y vos te vas a comer flor de garrón. Traeme el vuelto porque no me voy. –

– Si está tan seguro puede hacer el reclamo y pedir la filmación señor, pero no le podemos dar la diferencia.-

Abre los brazos y mira hacia a un costado con expresión de resignación.

– Claro, me la van a poner, me van a hacer dar toda la vuelta para ver ese video de mierda y voy a perder el turno con mi médico. –

– No es así señor, para ver la filmación tiene que esperar diez días.-

– ¡Diez días!… a vos sos un caradura. Te crees que estoy al pedo, que puedo venir acá a perder un día entero por cien pesos de mierda. Son unos ladrones. Vamos a hacer esto, me vas a dar el nombre y número de legajo del pibe que me atendió y yo voy a ver que hago. –-

– ¿Tiene el ticket ahí, señor?-

– Si acá lo tengo. –

– Me lo puede pasar un segundo. –

– ¡No! ya sé lo que me vas a hacer, me lo vas a romper y me vas a cagar el único comprobante que tengo. –

– No, señor. Le voy a mostrar donde figura el número de la operación, después se lo devuelvo. –

-Yo te lo voy a dar, hay un policía acá así que ojo con lo que vas a hacer. –

El hombre de la camisa toma el ticket de la mano de Luis, saca una birome y apoyando en su mano subraya un número en el papel. Luego se lo devuelve.

– Ahí lo tiene señor, con ese número puede pedir la filmación. –

– Sin anteojos no veo un carajo, esperame un segundo. – Mira al policía y le pregunta: – oficial, ¿me puede decir que es lo que me marcó?

– Es un número, pero no tengo idea que significa. –

Mira nuevamente al otro hombre y le dice:

– Te crees que no voy a volver, ¿no?… vas a ver… Voy venir en diez días y no me vas a arreglar con los cien pesos que me cagaste, sinvergüenza…-

– Vuelva señor, no hay problema. – Contesta, da media vuelta y se va.

Luis le agradece al policía y se vuelve a subir al auto. Cuando lleva las manos al volante se da cuenta que le tiemblan. Cierra los ojos y apoya la frente en el pequeño espacio de manubrio comprendido entre sus manos. Ahí se queda unos segundos, tratando de tranquilizarse. Suspira y se incorpora, se abrocha el cinturón de seguridad y arranca.

Continúa por la autopista Illia hasta la avenida 9 de Julio. Una vez en el centro da un par de vueltas puteando al aire y buscando un lugar para estacionar. Finalmente deja su auto. Camina cinco cuadras hasta el consultorio de su médico y se anuncia en la recepción. La consulta le devuelve la tranquilidad, su bronquitis evoluciona favorablemente.  Al fin una buena.

Finalizado el trámite, vuelve a buscar su auto y maneja hasta el trabajo. Sus compañeros de sector reciben las buenas noticias con alegría y el ánimo de Luis sigue mejorando. A la hora del almuerzo, en la mesa que ocupan sus viejos amigos de toda la vida, cuenta lo sucedido:

– Vos también sos boludo, Luisito. Yo pongo el freno de mano, tiro el asiento para atrás y me acuesto hasta que me traigan la guita. –

– ¡Son unos ladrones hijos de puta!… es como la quinta vez que me cuentan lo mismo. Se cagan en la vida de la gente, saben que no vas a volver y te la ponen. ¡A mí, esa no me la hacen!

 

La terapia grupal del  mediodía lo hace sentirse un boludo.  Se arrepiente inmediatamente de haber sacado el tema. Queriendo defender su honor en la mesa les dice:

– Tranquilos, muchachos. Voy a volver. Me van a mostrar el video y les voy a hacer un quilombo de aquellos. No me importa la guita, pero no voy a dejar que forreen así a la gente.

Entre risas y burlas amistosas la conversación se desvía a temas más amenos para él, como las recientes elecciones legislativas y la ineludible tabla del Gran DT. Luis queda masticando bronca en silencio y tarda unos minutos en meterse de nuevo en la charla.

A la mañana siguiente, en el trabajo, busca el número de teléfono en el ticket y llama. Lo atiende una mujer y le toma el reclamo. Le da cita para diez días más tarde en una oficina en  microcentro y le pide que lleve el ticket con el número de operación. Ni bien corta empieza a pensar en el poco sentido que tiene llevar esto tan lejos.

Con el paso de los días crece este sentimiento, a medida que se le pasa la bronca. Le gustaría, por esta vez, no ser ese hombre de palabra que dice ser. El día anterior a la cita, vuelve a pedir entrar más tarde a su trabajo, pero esta vez no le dice la verdad a su jefe.

Repite la rutina de aquel olvidable día, solo que esta vez le dan bien el vuelto. Felicita al muchacho que le cobra, que poco entiende, y sigue camino a la dirección indicada. Deja el auto a varias cuadras y camina. El día está lindo, disfruta del trayecto, pero a medida que se acerca a destino empieza a sentir vergüenza de lo que está haciendo y vuelve a fastidiarse. Con él mismo y con los del peaje.

Entra al edificio, sube por el ascensor y toca la puerta. Le abre la secretaria que lo acompaña hasta una oficina y lo invita  a pasar. Adentro, otra mujer bien vestida y bastante linda lo saluda:

– Buen día señor, tome asiento por favor. –

– Buen día señorita – contesta mientras le hace caso y trata de no ponerse colorado. Como si eso fuera posible.

– Vengo porque me dieron mal el vuelto hace varios días, en el peaje de la Illia.-

– Ok, páseme por favor el ticket con el número de operación. –

 

Saca el papel de la billetera y se lo estira, mientras se excusa:

– Mire señorita, a mi no importa la plata, pero me revienta que me tomen de boludo…-

– No se preocupe señor, está en todo su derecho, para eso se filman estas cosas. –

Lo interrumpe y apoya el comprobante en el escritorio. Empieza a teclear ruidosamente en su computadora. La cara iluminada de celeste brilla seria atrás del monitor.

A esta altura Luis quiere que esto se termine lo más rápido posible, ya no le importa cómo. No entiende cómo es que se mete el sólo en este tipo de situaciones incomodas. Empieza a sentir el latido de su corazón y piensa que quizás hasta ella lo esté notando. También la humedad en sus axilas.

– Bien señor, veamos. – Dice mientras gira el monitor de manera que los dos vean.

– Acá puede ver la fecha y hora, y el número de operación que coincide con el de su ticket. –

Le da play al video y, en una primera imagen, se ve al muchacho de espaldas recibiendo el billete que le pasa el evidente perfil izquierdo de Luis. Lo apoya doblado en la mesada y le devuelve el cambio que ya tiene preparado. Imposible distinguir el valor del billete. Aunque en realidad está seguro de tener razón, Luis se siente aliviado de que no se vea. No es lo que esperaba de su  debut en la TV.-

– No se ve nada señorita, pero yo no tengo duda que le di doscientos. –

– Espéreme un segundo, por favor, voy a hacerle zoom. –

Luis suelta una risita nerviosa y se mueve en el asiento, queriendo acomodarse para ver bien. En la pantalla, la imagen se agranda luego de cada uno de los tres clicks que da la mujer en el mouse.  Tras el último enfoque, se ve con nitidez la mitad del billete que tiene la cara de Evita con su elegante peinado y un número cien en la nuca.

Los ojos de Luis se abren de par en par. No puede creer lo  que está viendo.  En ningún momento había ni siquiera considerado esta posibilidad. Se siente completamente humillado. Un calor le sube por el pecho.  Le laten las venas de la cabeza, al ritmo inclemente de su corazón. Pareciera que toda la sangre de su cuerpo quisiera concentrarse justo ahí.

Para peor, se levanta de golpe pidiendo disculpas, diciendo que no puede creer lo que pasó. No llega a entender lo que le contesta la señorita, pero poco le importa. Gira y apunta a la salida de la oficina. Repitiendo únicamente la palabra perdón, camina a los tumbos hasta sujetarse del marco de la puerta. Pasa el umbral y se apoya con el hombro en la pared de al lado.

Segundos después, la mujer sale atrás de él y le estira un vaso de agua. Lo rechaza con un movimiento de su brazo derecho y sigue su camino afuera. Atraviesa la habitación, con la mirada baja para que nadie lo vea, y pasa la segunda puerta cerrándola detrás de sí. Toca el botón del ascensor y se sostiene con las manos en las rodillas. Suspira para descomprimir la tensión adentro de su cuerpo. Llega el ascensor y se sube.

Una vez en la planta baja, cruza el hall de entrada y saluda al encargado para disimular. Este le contesta sin despegar la vista de su teléfono. Finalmente llega a la calle. El aire fresco lo alivia un poco y el brillo del sol lo encandila. Parado en la mitad de la vereda, mira al cielo buscando espacio. Frunce el ceño mientras sus pupilas se acostumbran la luz. Pasa un joven que, al verlo desorientado, le pregunta:

-Señor, ¿se siente bien?-

-Si pibe, gracias, gracias, estoy bien. No te preocupes. –

-¿Seguro? –

Luis lo mira a los ojos y le sonríe:

– No pibe, a esta altura no estoy seguro de nada. –

 

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