La piba que dejó la carrera y se fue a estudiar Letras. Pienso en ella seguido. Me pregunto qué habrá sido de Cecilia, con quien nunca jamás crucé una palabra en ese año de cursada que compartimos. Solo me acuerdo de cuando me enteré de que se iba. “¡¿Letras?!”, pregunté cuando me dijeron, y solo yo pude percibir el dejo de envidia que hubo en el tono de mi voz.

En la casa de mi mamá hay una máquina de escribir que antes era de mi abuela Zulema. Cuando era chica iba a su casa en el barrio de Devoto y me pasaba la tarde entera tipeando cartas a personas que no existían y jugando con las palabras que apenas dominaba, creyéndome mil. Era fácil ser escritora con una fan como Zulema.

Durante muchos años tuve también diarios íntimos. Cuadernos decorados en donde plasmaba relatos sobre dramas mínimos de todos los días. Imagino que el contenido era parecido a lo que cualquiera hubiese escrito a esa edad: tal me dejó de hablar y no entiendo por qué, todos son fantásticos menos yo, no entiendo la vida, amo a mis amigas, odio a mis amigas, me odio, me gusta un pibito, salí a bailar y nadie me dio bola. Drama, detalles, crueldad en miniatura. Cuando leo hoy, con ojos adultos, a esa chica angustiada entre adjetivos cargados, veo asomar, como asoman a una clase los que llegan tarde- sigilosos-, retazos de algo que se parecía a querer dejar un testimonio más allá de mi propia vida, de mi catarsis adolescente.

Hay más recuerdos. Cuando viajaba, por ejemplo, incurría siempre en la escritura copiosa sobre alguna servilleta que después terminaba arrugada en la valija, y más tarde en el cajón que aunaba trozos de papeles escritos; cuadernos viejos y mamarrachos. El cajón de las ideas que aún no perdían la esperanza, cajón que todavía tengo. Ideas que llegan demasiado temprano para encontrar su lugar y se resguardan lo más prolijamente posible para ser rescatadas en el futuro y poder decir lo que vinieron a decir. Hurgar en estos cajones-mecenas es sumirse en un momento de encuentro y desasosiego total, al no reconocer en esas líneas la propia voz.

Me pregunto a menudo de dónde salió esa certeza que tuve desde siempre, la de querer ser escritora, la de querer decir cosas que pudieran conectar con alguien más, desconocido para mí. Siempre digo que no sé bien lo que quiero y muchos de los que me conocen podrían decir que soy la persona más confundida del mundo. Sin embargo, cuando no tengo que defender ningún argumento, ni demostrar algo, ni hablar sobre “cómo estoy” o “en qué ando” ; cuando estoy sola en mi casa y tengo abierta la computadora y me siento a escribir o a leer; sé perfectamente, con la claridad de los que dicen siempre que saben, lo que quiero ser.

Cuando reviso mi vida y me cuento la historia de mi misma, lo hago con distintos ojos; a veces con los de víctima, otras con los de haber tenido siempre suerte y otras, las mejores, con ojos de escritora. Me recuerdo entonces recolectando ideas, anotando cosas en el celular o mirando una película pensando en lo que escribiría después. Me recuerdo siendo salvada por alguna novela, por un párrafo específico, una confesión que me tiró una soga. Me veo, a lo largo de toda mi vida,  juntando méritos para graduarme de lo que uno no puede graduarse nunca, de la tarea más difícil, la de escribir algo honesto y que no busque solo estar bueno: escribir algo valiente.

A veces siento que me falta mucho para llegar, otras veces no estoy segura de que ‘haya que llegar’ a algún lado. Sea como sea y obviando los clichés; me gusta sentir que hace rato vengo preparando lo que soy o quiero ser. Cuando la pluma se pone difícil, me da confianza saber que la que era a los siete, a los catorce y a los veinte, intuía lo mismo en un cuaderno, una agenda o una servilleta arrugada.

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