Lo conocí en un congreso sobre políticas públicas que se hizo hace unas semanas en un hotel de San Telmo. Él venía como orador, tenía que exponer en un panel sobre globalización y nuevas formas de representación política. A mí me habían contratado para hacer la técnica de sonido del evento.

Nuestro primer contacto fue mínimo. Antes de que subiera al escenario, lo ayudé a engancharse el micrófono y le expliqué como usarlo, lo mismo que hice con el resto de los oradores.

“Con este botón se apaga. Por las dudas no lo toque. El volumen lo regulo desde la consola”.

La respuesta a mi explicación fue su ceja derecha arqueada. Nunca supe si entendió lo que le dije.

El moderador lo presentó leyendo parte de su currículum: diputado al Parlamento Europeo desde el año 2010; miembro del Comité francés de seguridad; y autor del libro Les revers de la démocratie représentative.

Aunque compartía el panel con otros tres políticos bastante importantes, su exposición sobresalió por sobre la del resto. Todos venían con un discurso que se notaba improvisado, él en cambio presentó una mirada original y poco apocalíptica sobre la política actual. Lo hizo sin ser aburrido y en un español casi perfecto, las pocas palabras que dijo en francés las dijo con tal seguridad que te hacía entenderlas.

Varias personas del auditorio lo aplaudieron. De hecho, cuando el moderador abrió al público la ronda de preguntas, la mayoría fueron dirigidas a él.

Apenas terminó el panel, subí al escenario a buscar los micrófonos. Todos los expositores los habían dejado en sus sillas, salvo él que todavía lo tenía puesto. Una mujer de vestido rojo le estaba hablando así que esperé a que terminara para ir a pedírselo. Cuándo ella se fue me acerqué. Lo primero que hice fue felicitarlo.

“Estuvo increíble”

“¿En serio te ha parecido que estuve bien?” me preguntó en un tímido franceñol.

“Leo bastante sobre estos temas y nunca se me ocurrió pensarlos como los explicó usted”.

“¿Sabes? A mí tampoco. Yo venía con otro discurso. Estas ideas recién se me ocurrieron en el avión. ¿Cómo te llamas?”

“Lucas”.

“Yo Phillippe” me aclaró como si no lo supiera.

Nuestro pequeño diálogo lo interrumpió mi jefe que desde abajo del escenario me gritaba que me apure, que en media hora empezaba la próxima mesa.

“Le pido el micrófono”.

“Seguro”.

Se lo sacó, me lo dio y me despidió con la mano. Apenas se fue googleé su nombre en el teléfono. Encontré fotos de él con la presidenta de Alemania y el de España. También, leí que pertenecía al Partido Republicano Francés, un partido de centro derecha, y que había nacido en Lyon.

Al día siguiente, fue la última jornada del congreso. Hubo tres paneles, uno sobre como la tecnología está remplazando puestos de trabajo, otro sobre minería y un tercero titulado El agro del futuro. No sé si fue por mi falta de interés en estos temas, pero todos me aburrieron.

Esa noche, en el mismo hotel, se hizo la cena de cierre. No tenía previsto ir, de hecho, a los que trabajamos ahí no nos habían invitado pero como a último momento se bajaron algunos asistentes nos pidieron que nos quedemos.

Pensando en que las comidas de los hoteles suelen ser buenas y que para esa noche no tenía ningún plan, acepté.

Antes de la cena hubo un cóctel. Varias de las personas que participaron del evento estaban ahí. Aunque con casi todos había interactuado, pocos me saludaron. Me quedé cerca de la barra para parecer menos solo.

A pocos metros lo ví a Phillippe, estaba hablando con dos expositores del panel de minería y la mujer del vestido rojo, que esta vez tenía uno azul. Un mozo los interrumpió, cuándo Phillippe quiso retomar la conversación cruzamos miradas. A modo de saludo le sonreí. Me respondió de la misma forma.

La mujer del vestido azul se puso a hablar con un petiso de saco escocés y los dos hombres se fueron juntos para el lado de las mesas. Phillippe quedó solo.

Un poco nervioso le fui a hablar. No sabía que excusa inventar para sacarle charla así que le pregunté lo primero que se me ocurrió.

“¿Cómo es ser un diputado en Europa?”

“Igual que en todas partes” me contestó irónico.

“Me refiero a ¿cómo es legislar para un bloque de países y no para uno solo? En Argentina eso no pasa” aclaré para no parecer tan estúpido.

“Implica ponerte de acuerdo con muchas personas muy distintas” dijo dando a entender que era lo más difícil de su trabajo.

Una moza nos avisó que ya iban a servir la comida y nos invitó a tomar asiento. Teníamos mesas separadas. A él le tocó sentarse en la mesa principal y a mí en el fondo.

La cena se hizo larga, era de esas que tienen primero, segundo y tercer plato. Hubo brindis por el éxito del congreso y hasta un show de tango.

Entre tema y tema, me paré para ir a mear. El baño estaba un piso arriba, se podía ir por escalera o ascensor. Elegí ejercitar las piernas. Cuando entré, Phillipe salía. Se notaba que estaba contento de verme. Aunque yo también, me puse nervioso. Tardé en hacer pis más de lo normal. Me lavé las manos, me sequé y salí. Phillipe me estaba esperando en la puerta del ascensor. Bajamos el único piso en silencio. Cuando llegamos a la planta baja me animé a hablarle.

“¿Cuándo viaja?”

“Mañana a las 10”.

“¿Pudo conocer algo de Buenos Aires?”

“Nada, solo el hotel. Me gustaría al menos conocer su noche”.

Le sonreí y lo tuteé para preguntarle:

“¿Querés ir a tomar algo?”

“Si”.

Salimos del restaurant sin saludar a nadie. Caminamos por la calle Defensa con dirección a la Plaza de Mayo. La primera cuadra la hicimos acelerados, como dos adolescentes que se acaban de ratear del colegio. Para tranquilizarlo y un poco también para tranquilizarme a mí, me puse a contarle historias de San Telmo. Supuse que por ser político le iban a interesar los datos Billiken.

Algo le estaba diciendo sobre la fiebre amarilla y los conventillos cuando me pidió ir a un bar. Se notaba que estar en la calle lo incomodaba. Lo llevé a Aldos, un lugar que tiene luces bajas y que queda a tres cuadras de donde estábamos.

Apenas entramos al lugar me dio un beso. Lo hizo de una forma bastante torpe, con la excitación de quien libera ganas contenidas pero al mismo tiempo teme que alguien lo descubra. Nos sentamos en una mesa para dos. Yo pedí un gin tonic y él una Coca Light

“Gracias” me dijo.

“¿Por?”

“Por permitirme hacer esto”

“¿Hacer qué?”

“Estar contigo”.

No supe que contestarle.

“En Europa no es fácil” siguió.

“¿Qué?”

“Estar así… como nosotros”.

La moza interrumpió para darnos las bebidas. Apenas se fue, Phillippe me agarró la mano.

“Las personas que tenemos una vida pública no podemos hacer esto”.

Aunque estaba seguro de lo que quería decirme, necesité preguntárselo.

“¿Hacer qué?”

“Acariciar sin miedo la mano de otro hombre”

A modo de retruco le dije:

“Para los que no tenemos una vida pública, tampoco es fácil”.

Se quedó callado un rato, me soltó la mano y me dijo:

“Una semana antes de viajar para acá me ofrecieron ser vicepresidente del Partido Popular Europeo. Dije que no”.

“¿Por?”

“No estoy preparado para que la prensa se ponga a decir cosas sobre mi vida”.

“¿En el partido no saben?”

“El problema no es el partido, el problema es mi mamá. Ella no quiere que sus amigas se enteren”.

De repente el eurodiputado perdió los pocos fueros que le quedaban y pasó a ser un hombre más.

“Cuando le dije a mi papá que soy gay, me recomendó irme a vivir afuera. Supongo que tampoco quería que sus amigos se enteren” le conté a modo de consuelo.

“¿Tienes pensado hacerlo?”

“Me gusta vivir acá”.

 

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