Sentada en mi escritorio miro a mis compañeros de trabajo, todos ellos con auriculares, absortos en una planilla de excel o la portada del diario La Nación. Los miro y me pregunto qué será de sus vidas, ¿qué querrán de ellas?¿Qué querían hace 3, 5, 10 años?

Hay días en los que me aburro y otros en los que la acumulación de tareas logra distraerme de la cuestión sartreana. A menudo me pregunto para qué vengo todos los días, cómo es que logro tomarme un subte y un colectivo cada mañana para llegar hasta un escritorio y sentarme ocho horas a tipear cosas que alguien leerá o no leerá, da igual. ¿Quién me convenció de todo esto?¿Son las expensas a pagar?¿Fue la escuela, el capitalismo, mi padre?¿A cuántos clichés puedo culpar?

También nos reunimos.Una, dos, cuatro, mil veces por semana. Nos juntamos en torno a una mesa a tener conversaciones absurdas, a ver quién sabe más, a hacer comentarios indignados, porque podemos. Qué absurdas las reuniones eternas, esos mataderos de entusiastas. ¿Cuántas conversaciones obsoletas puede soportar una persona promedio por mes?

Las oficinas suelen ser granjas de soponcio y decepción. No conozco a muchas personas que sean felices en sus trabajos. Esa inversión de tiempo y energía tan importante suele representar una de las mayores decepciones de nosotros las personas, tal vez solo igualada por las cuestiones del corazón. Y así asoman, entonces, las teorías de “irse a la mierda” o “ponerse un bar en la playa”. Así nos deprimimos cuando volvemos de vacaciones o nos angustiamos los domingos a la noche. No tiene sentido todo ese circo de “Estimados, lo que sea” y “Saludos, bla bla bla”, si, en el fondo, a nadie le importa, y sobre todo no te importa a vos.

De vez en cuando me cruzo con alguien que sí le ve sentido a lo que hace. De vez en cuando encuentro a esos unicornos luminosos que han tenido suerte o han buscado incansablemente, y dieron con una rutina que no los ahoga ni los hace querer dejar todo y desaparecer. Cuando me encuentro con uno de esos, los pongo abajo de un microescopio; les pregunto de todo hasta que me convenzo, intento escuchar más allá de lo que dicen, aprender de su manera de mirar, ponerme en su lugar un ratito. Dejar que me hagan creer.

La mayoría, estamos agobiados, aburridos, nos sentimos bastardeados y enojados con lo que nos rodea todos los días. Queremos más, queremos sentirnos desafiados y queremos que tanto esfuerzo desemboque en algo más que vender un champú o tener que quedarnos hasta tarde para simpatizarle a nuestro jefe de turno. Queremos un montón de cosas que no sabemos bien por dónde buscar y que algunos catalogan de capricho, pero no vamos a parar hasta encontrar un lugar en donde nuestras ocho horas de vida de todos los días signifiquen algo que nos importe y nos interese.

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