Lluvia de piedras afuera y lluvia de acusaciones adentro. Balas de goma afuera y ronda de café adentro. Tachos ardiendo afuera y aire acondicionado adentro. Cacerolas sonando afuera y dicursos berretas sonando adentro.

Violencia en simultáneo que terminó de la forma en la que todos sabían que iba a terminar: una ley aprobada con los votos de propios y ajenos que va a recortarle guita a los los viejos, ese grupo que ya no puede organizarse.

Y en el medio queda uno, obligado a tomar partida en este eterno Boca-River del que hace años estamos condenados a jugar.

Hace menos de dos meses fuimos a votar a los que votaron esta ley. Una ley que no fue votada por un único partido. Una ley que ya había sido aprobada en el Senado por oficialismo y oposición y que había sido acordada entre el Presidente y gobernadores de todos los colores.

Dicho así, parece una ley que elegimos entre todos cuando no fue así.

El problema fue que en todo el año, los candidatos evitaron decir lo que pensaban sobre este y sobre cualquier otro tema. Nos limitamos a elegir entre conceptos y no entre acciones. Nos dijeron cuáles son los problemas, pero no como pensaban resolverlos.

Lo peor de esto, es que problemas nos sobran y soluciones hasta ahora conocemos pocas.

Nos pasamos los días buscando perjudicar al otro, en vez de buscar mejorar como sociedad, como personas. Seguimos señalando y salpicando las miserias para todos lados. Seguimos sin hacernos cargo de nuestros propios errores. Siempre la culpa es del otro, del que vino antes, del que está ahora o del que vendrá después.

De esta manera, va a ser difícil resolver algo.

Si realmente queremos buscar soluciones, no nos va a quedar otra que hablar e intentar ponernos de acuerdo.

Tenemos que aprender a perder y a ganar, pero por sobre todas las cosas, entender que tanto perder como ganar, no se trata de pisar o ser pisado por el que tenemos en frente. Se trata de una circunstancia política. Se trata de lo que llamamos democracia. Si no escuchamos, si no tenemos esa capacidad de darnos ese tiempo para ver lo que el otro tiene para decir, entonces la democracia queda malherida. Si no tenemos la tolerancia de perder, ni de ganar, entonces la democracia es una utopía. Si las piedras y las balas valen más que los votos y las cacerolas, entonces estamos perdidos, y no hay democracia que aguante.

El futuro tiene que estar en nuestras manos, en nuestros diálogos y en nuestro trabajo. No dejemos que la mala política, la sorda y ciega, nos lo quite. Tampoco dejemos que la violencia nos pase por encima. Nadie debería querer esto. Nadie.

Comentarios

Comentarios