“Me gusta coger y después no volverle a ver la cara al otro. Para mi el sexo es un acto carnal del ser humano que lo despoja de todo sentimiento. Es el ser en su estado de naturaleza pura, el de la lujuria y las pasiones”. Me dijo eso y me enamoró al instante. Sabía que poco a poco todas sus palabras se iban a ir clavando como si fuesen dagas filosas en mi cabeza dejándome tonto sin ninguna explicación. Hablaba de sexo, del simple hecho que algunos llaman hacer el amor, otros garchar. Lo hacía de una manera muy natural y sin prejuicios. Y eso me encantaba. Me sentía identificado con todas y cada una de las ideas que expresaba. Me hacía sentir bien, no había ni un mínimo dejo de incomodidad en todo lo que decía.

Parecía como si se estuviera presentando ante un gran público. Una audiencia sedienta de escucharla repetir una y cada una de sus palabras sin parar. Yo era parte de esa pequeña “multitud”, de esos ojos espías que adoraban todas las vocales que salían de su boca. “El amor… bueh, el amor está sobrevalorado. Todo eso de querer a una persona que acabás de conocer y que de repente es la única persona en tu vida es una pavada. De las mentiras más grandes que creó esta humanidad para someternos y alienarnos”. ¿Tendría razón? La energía que irradiaba hacía que todo lo que dijera pareciera “palabra del Señor”.

Se había hecho algo tarde y la gran mayoría de las personas se habían ido del bar. Solo quedábamos Marcos que había ido con Anita su novia; Sebas, Barga y Flor que siempre que haya alguna cerveza en la mesa aguantanhasta el final. Ella y yo completábamos ese equipo que hace varias horas venía estirando la noche entre tragos de birra, secas de porro y risas.


La charla ya se había vuelto un tanto más banal y digna de borrachos de las 4 am. Que si tal serie estaba buena para verla el fin de semana, que el otro día Sebas salió con una chica y no concretó, que hace mucho no veíamos al Gato y que solo faltaba un mes para fin de año. Todos temas que en otra ocasión me hubieran obligado a meter bocado y comentar cada una de las situaciones; salvo porque estaba ella y no podía dejar de pensar en su apasionante monólogo. ¿Todavía no dije por qué estaba acá y que hacía una pseudo desconocida en una mesa de cinco amigos y una novia? Vamos a eso…

Flor la había conocido el fin de semana anterior en Uruguay. Se habían cruzado porque “un amigo de un amigo” las puso en contacto para que salgan juntas y terminaron en una fiesta de un hostel de Montevideo bailando y cantando hasta las 7 de la mañana. Hubo buena onda, según nos contó Flor en la semana, y habían quedado para verse en Buenos Aires a la vuelta. Esa noche le escribió un mensaje. Nosotros habíamos ido como todos los miércoles a Avant Garten, un bar en el medio de los Bosques de Palermo muy cerca del Hipódromo, y ella llegó sola cerca de las 10 de la noche porque “venía de un cita que no terminó nada bien”. No quiso ahondar en detalles, pero según comentó por arriba se trataba de un “cheto progre” que hablaba de salvar al mundo desde su Mac.

Quedaban solo algunas gotas en los vasos de IPA que habíamos pedido y de fondo sonaba un house medio tropical que ambientaba la calurosa noche de diciembre. Como casi siempre cuando vamos a Avant, había llegado en auto y para esa hora ya había pensado más de una vez “¿por qué mierda voy a un bar manejando?”. Pero ya era tarde… Así que me ofrecí como conductor y decidí llevar a los sobrevivientes de la noche a sus casas. Tarea difícil, pero que me generaba esperanzas de poder compartir aunque sea unos minutos más con ella. Tal vez, solo si tenía suerte, podría escucharla decir alguna otra de sus máximas par irme a dormir con una sonrisa en la cara.

Nos subimos todos al auto salvo por Marcos y Anita que se volvieron en moto. El resto de mis amigos vivía solo a unas cuadras de diferencia entre ellos. Ella en cambio me pidió que la deje en la parada del colectivo 152 que iba para el lado de San Telmo. Le ofrecí dejarla un poco más cerca porque era tarde y “me parecía peligroso que esperara sola”.

Dejé a todos en sus casas y me quedé con ese tan ansiado tiempo a solas. La charla banal ya no era una carta para sacar; así que decidí ser lo más directo para no perder tiempo. “Che, me encantó todo lo que dijiste hoy. La verdad que es raro cruzarse a una persona tan directa de una. No sé, como que me hipnotizaste toda la noche”, dije mientras cruzaba por Santa Fe pasando Talcahuano. Se rió. Me comentó que hace un tiempo decidió que no iba a callarse nada y que quería ser lo más frontal y directa posible. Que no quería ser una careta más en este mundo tan frívolo. Me volvió a enamorar.

Frené a pocos metros de cruazar la 9 de Julio muy cerca de una de las paradas del 152. En mi cabeza, era todo parte de un plan que quería llevar a cabo a la perfección. Ese que no podía fallar de ninguna manera.

Eran cerca de las 4:30 am. No quedaba mucho tiempo para la improvisación. Me saqué el cinturón, la mire fijo a los ojos y le dije que la iba a bancar hasta que llegue el colectivo. Que no me importaba si amanecía o si no llegaba a dormir antes de ir a trabajar; pero la iba a bancar. No sé si la cerveza o el porro empezaron a hacer su efecto, pero entre lo chino que estaba y su risa no dudé ni por un segundo en abalanzarme hacia su pequeña boca. Chocamos los labios. Su lengua dio vueltas por mi garganta y charcos de saliva se mezclaron en un beso por demás pegajoso. De esos que a muchos podría darles asco, pero que lograba que me excite de sobremanera. Aunque la incomodidad del auto no me dejaba moverme bien, puse una de mis manos en su pierna derecha, muy cerca de la entrepierna, y empecé a acariciarla. Sus suspiros me demostraban que algo estaba pasando. Un pequeño gemido en mi oído me despertó de una manera inusual. Bajé hasta su cuello, la mordí muy cerca de su hombro y presioné la unión de su pierna y cintura con algo de fuerza. Volvió a gemir. Sabía que lo que había esperado toda la noche estaba a punto de suceder.

Con mi mano izquierda desabroché su pantalón y rocé suavemente con mis dedos su bombacha. Era de encaje, de una tela rasposa pero intrigante. De esas que te obliga a seguir jugando hasta empezar a humedecer un poco la zona. Ahora sus gemidos solo denotaban placer. Eran intensos y largos. Mi mente ya no distinguía espacio ni lugar, solo quería alcanzar el climax máximo para conseguir tenerla adentro mío aunque sea por unos instantes.

Hice un esfuerzo para poder sacarle el pantalón y mordí su cuello. Suspiró fuerte y me miró. Dejó su lengua tranquila y chocó su frente con la mía. Mordiendo su labio inferior, dándome a entender que quería seguir sin importarle nada de lo que pudiera pasar. Yo quería lo mismo, y lo sabía. Mientras nos mirábamos desabroché mi pantalón y lo bajé hasta la altura de las rodillas. Estaba duro y muy excitado. Ella lo sabía, y quería aprovecharse de ese momento de calor que ya había semi empañados los vidrios de mi auto.

Se subió arriba mío y con el temple que se necesita para domar a un caballo, empezó a mover su cintura intercalando intensidad y pasión. Movimientos lentos y fuertes. Se había humedecido lo suficiente como para sentirla en todo mi cuerpo. Con una mano le agarré el cuello y con la otra apreté uno de los cachetes de su culo. Fueron minutos de gemidos, mezclados con saliva, palabras sin coherencia y placer. Mucho placer.

La escuché dar un último gemido intenso antes de que yo la sacara de arriba mío para acabar. Nos miramos fijo sin mucho aire ni aliento, pero riendo de placer. Los dos estábamos satisfechos. Los dos habíamos llegado al climax y habíamos conseguido ese momento único donde el tiempo se frena, los sentidos se agudizan y la mente se pone en blanco. Ese momento donde nada más importa. El de los dedos estrujados y los ojos en blanco.

Se corrió de encima mío sin decir una palabra. Solo una sonrisa decoraba su hermosa cara y sus ojos se habían perdido entre la humedad de los vidrios empañados. Se volvió a poner el pantalón y con su mano izquierda despejó la ventana que tenía a su lado. No quise decir mucho para no arruinar el momento. Pero sin saberlo, ya era demasiado tarde.

Sacó de su bolsillo derecho un celular y miró la hora. Eran las 5:12 am. La calle poco a poco empezaba a tomar color y los pequeños rayos del sol iluminaban esa tan transitada avenida Santa Fé. Yo por dentro quería que todo vuelva para atrás, quería hacer durar ese momento aunque sea unos minutos más. Frenarlo en el tiempo. Rebobinarlo y volverla a sentir adentro mío.

“Te jode si me bajo acá para tomarme el bondi. Son casi las 6 y mañana tengo una entrega de la facultad. La tengo casi hecha, pero quiero dormir un poco antes de entregarla”. No supe qué responder. Algo, o todo en mí, quería que se quede a vivir en mi auto. Pero sabía que eso era casi imposible. El resto que me quedaba se animó a pedirle el celular. Agarró mi teléfono con mucha determinación, marcó su número y me lo devolvió. No quise ni mirar.

Abrió la puerta y antes de salir me encajó un beso y sonrió. “Gracias por las cervezas, hablamos”, me dijo mientras cerraba de un portazo mi auto y se esfumaba entre rayos de sol y los primeros bocinazos de la mañana. Era la madrugada de un jueves de un incipiente verano. Agarré mi celular para mirar la hora, aunque sabía que lo que quería era ver su número para en algún momento mandarle un mensaje. Busqué en los números marcados y no había nada. Abrí la agenda a ver si encontraba un contacto nuevo y nada. Nada. La cola de un 152 se escapaba de mi vista por Santa Fe subiendo por Esmeralda. Ella se iba. La ilusión de volver a verla, también. Fue ahí que como todo buen alumno recordé lo que dijo en esa primera clase en la que me hipnotizó: “Me gusta coger y después no volverle a ver la cara al otro”.

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