Lo descubrí a los doce años mirando Vinilo de Much Music. Era un programa que daban a la medianoche y en el que en cada capítulo se presentaba la historia de una banda o un género musical. Para mí era como una Biblia, aprendía y conocía.

Esa noche dieron un especial sobre glam-rock. Por primera vez veía como varios artistas hasta ese momento desconocidos para mí combinaban a la perfección dos de mis pasiones: la música y el teatro. Yo en esa época escuchaba bandas como los Beatles, los Redondos y Pink Floyd, por eso para mí ese género fue todo un aprendizaje.

Cuando terminó el programa el locutor dijo que como regalo nos dejaba un video de uno de sus artistas glam-rock preferidos. Un hombre de pelo naranja vestido con un traje que parecía hecho de brillantina rasgaba la guitarra con sus uñas pintadas mientras miraba fijo a la cámara con cada ojo de un color distinto. La canción hablaba de un astronauta que tenía mi nombre (Tom) y que su nave perdía contacto con la Tierra y quedaba flotando en el espacio para siempre.

Nunca alguien en tan poco tiempo logró impactarme tanto. La historia de ese astronauta tocayo que vagaba en soledad la veía como una descripción perfecta de lo que muchas veces sentía. Aunque tenía amigos y con mi familia me llevaba bien, varias veces me creía incomprendido, me costaba encontrar a alguien con quien compartir las cosas que me pasaban.

Al otro día, durante el recreo fui a la sala de computación para buscar en internet más información sobre este ser. Las fotos que aparecían me daban algo de pudor. Se lo veía maquillado, vestido con ropa sumamente femenina, posaba quebrando las muñecas y cruzando las piernas. Todo lo hacía sin perder un gramo de masculinidad.

Era la primera vez que veía a un hombre mostrarse ambiguo con su sexualidad sin parecer exagerado. Me daban ganas de ser así, de animarme a explorar cada uno de mis deseos sin sentir ningún tipo de miedo.

Cuando salí del colegio fui a Thor, una disquería que queda en el primer piso de la Bond Street a comprar un disco de él. El vendedor me dijo que si todavía no había escuchado ninguno tenía que si o si empezar por The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (El ascenso y la caída de Ziggy Stardust y las Arañas de Marte).

Esa misma tarde lo escuché seis veces seguidas. El disco narra la historia de Ziggy Stardust, una estrella de rock alienígena, andrógina y bisexual que junto a su banda The Spiders from Mars llegan a la Tierra para salvarnos de la destrucción pero que por sus propios vicios termina fracasando.

El disco fue una revelación. Me mostró que este tipo no era solamente un provocador, sino que era un artista en su sentido más amplio, capaz de combinar música, teatro, poesía, moda, pintura y hasta filosofía en una misma canción.

A partir de ese día y durante toda mi adolescencia lo adopté como una especie de gurú. Quería ser como él. No por que quisiera ser músico, sino porque quería verme capaz de hacer todo lo que deseara sin sentir miedo. Cada vez que temía tomar una decisión me preguntaba a mí mismo ¿Que haría Bowie?

Por supuesto que no siempre me fue fácil ungirme de esa valentía. Pero siempre ante cada duda aparecía la imagen de él para decirme “aunque cueste, se puede”.

Este año voy a cumplir 30 años y no puedo dejar de pensar en esa época con una sonrisa. La música de Bowie me sigue acompañando y por suerte puedo decir que de los miedos de la adolescencia me quedan pocos. Sería injusto con mi familia, amigos, algunos libros y mis seis años de terapia, decir que fue gracias únicamente a la estampita de Ziggy. Pero estoy seguro que si él no se hubiera interpuesto en mi vida hoy probablemente varios de esos miedos todavía estarían revoloteando.

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