Por Dirk Diggler

La palabra swinger siempre me hizo ruido. El simple hecho de intercambiar parejas o compartir una mujer u hombre se me hacía, por lo menos, un poco extraño. Pero aún así, el sueño de participar de uno de esos encuentros surrealistas sacados de un libro de Bukowski, no paraba de darme vueltas en la cabeza.
Internet es el dios de la posmodernidad y Google su Jesucristo. Por eso a la hora de alimentar mi morbo no hizo falta más que tipear “swinger” en el buscador y empezar a averiguar sobre este mundillo alternativo donde el sexo no es para nada tabú. Me sumergí sin pensarlo durante horas y horas de lecturas sobre encuentros en boliches y casas donde tres era el número mínimo para el disfrute. Sí, la monogamia en estos cuartos no era bienvenida y mis fantasías empezaban a tomar otro color. Uno impensado hasta ese momento.

En mi querida Wikipedia lo describían como las “actividades sexuales realizadas entre parejas heterosexuales, bisexuales u homosexuales”. Un menjunje del lindo de esos que a muchos les hace agua la boca. Un encuentro feroz y de libertinaje que ni en mis sueños más mojados alguna vez imaginé. Todas esas descripciones e historias alimentaban al diablito de mi cabeza que quería poder ser parte de uno de esos encuentros sexuales con desconocidos.

Un sábado de esos medio pegajosos de octubre el morbo ganó su pulseada y logró su cometido: instaló la idea de ir, aunque sea “a ver qué onda”, a un boliche swinger y experimentar en primera persona todo eso que había leído en relatos de blogs. Esta fantasía se empezó a hacer realidad cuando encontré la dirección de Sweet, un lugar por demás empalagoso, que quedaba al toque de la Casa Rosada.

Era una situación bastante bizarra que empezaba a calentarme, y al mismo tiempo generaba algo de pudor en mi. Pero de nuevo; el diablito peleó duro y consiguió guiarme por el camino menos pensado.

Taxi directo al infierno y unos doscientos pesos para ser parte del loco mundo swinger. “Hola, ¿es tu primera vez acá? Vení, no seas tímido. Dejá tu celular y cualquier cosa que pueda filmar o sacar fotos”, me dijo una travesti con unos dientes enormes que por poco me comen. Ella se encargaba de custodiar como una fiera la entrada al lugar. Las reglas estaban delineadas desde el inicio: privacidad e intimidad, dos normas claras y que se cumplen a rajatabla en uno de estos boliches.

Ahora sí, adrenalina pura y algo de miedo recorrieron mi cuerpo segundos antes de cruzar la cortina de pana roja que separaba el área de privacidad de la travesti y el mundo desinhibido de parejas, solas y solos que querían disfrutar de una noche de sexo sin tabú. Me armé de coraje y me metí de lleno en ese ambiente sacado de una película porno de poco presupuesto de los ‘90.

Música latina de principios del 2000, tragos en vaso de plástico y con colores raros, una tarima con un caño en el medio y parejas. Sí, muchas parejas por todos lados merodeando la zona y ojeando de a poco lo que les esperaba para el resto de la noche: una mujer de unos sesenta años con un hombre que rozaba los cuarenta, un enano con una morocha que podría haber sido la fantasía de cualquiera ahí adentro, un gordo pelado que chivava mientras su novia se tocaba con un grupo de personas del ambiente, entre muchas otras. Cambié una de las consumiciones que me dio la travesti antes de entrar y me tomé una cerveza en la barra escaneando esa especie de zoológico humano a donde me había metido.

Eran cerca de las dos de la mañana y la cosa empezaba a tomar color. Sin mucha introducción, dos strippers -una mujer y un hombre- se subieron a la tarima y comenzaron un show que pretendía ser erótico y terminó rozando la pronografía más extrema de YouPorn. Todo frente a mis ojos, y las decenas de parejas, en vivo y en directo. Sin tapujos, sin inhibiciones, sin preocupaciones.

Algunos miraban y disfrutaban el espectáculo. Otros aprovechaban para empezar a foguearse y encender un poco el ambiente; mientras que un par desaparecían de la escena sin dejar rastro. ¿A dónde iban? Lo iba a averiguar muy pronto…

El show me había dejado algo incómodo, así que fui por mi segunda cerveza para llevar algo de calma a mi cuerpo. En la barra, mientras pasaban tragos fríos por mi garganta, me interceptó una mujer de unos cuarenta años. “¿Estás solo nene? Por qué no venís a bailar conmigo”. Sonrió. Sonreí, y me llevó de la mano al medio de la pista sin esperar mi respuesta.

No había indicios de un marido cerca o un “tercero” agazapado esperando para ser parte de esa conexión. Bailamos, no me importó mucho ni el lugar ni la gente que nos rodeaba, necesitaba moverme para sacar de mi cabeza todo tipo de prejuicios. Unos cuatro o cinco temas después, apareció un tipo con dos tragos y sin mediar palabra me encajó uno a mí y otro a ella. Desde una distancia de un metro se quedó mirándonos. Parecía disfrutar del momento como si fuese él quien tocaba esa cintura o paseaba sus manos por los brazos flacos de ella.

Intercalaba movimientos con tragos del gin-tonic que me había regalado pensando que nada podría arruinar la escena de película de los ‘90. Hasta que llegó el momento de la verdad. Se miraron con demasiada complicidad, esa que se necesita para robar un banco sin dejar rastros, y me encararon juntos. “Vamos a algún lugar en el que estemos solos, ¿querés?”. Me petrifiqué. Todo lo que había pasado en las últimas horas se me vino a la mente. Wikipedia y sus definiciones, las cortinas de pana roja gruesas, la travesti, mi celular en manos de un extraño, el show de YouPorn, las cervezas… Hice fondo del gin-tonic, cerré los ojos y me entregué al infierno.

Ella me agarró de la mano y me guió mientras él se relamía. Fuimos por un pasillo hasta el fondo del boliche donde una persona de seguridad protegía una puerta. Nos miró, sonrió y nos dejó pasar sin hacer ningún comentario. Yo no sabía a dónde estaba yendo ni qué iba a pasar, pero la adrenalina y un intenso calor se habían apoderado de mi cuerpo.

El lugar era oscuro: casi no se podía ver lo que pasaba a un metro de distancia. La música seguía sonando y algunos gemidos se colaban por las paredes. “Vamos adentro” me susurró ella; mientras se metía en uno de los minúsculos cuartos que se intercalaban por el pasillo. No había mucho: una especie de perchero, un sillón negro grande y una mesita chica para apoyar los tragos. No esperó un segundo y se sacó la ropa. Él se paró en una de las esquinas esperando ser testigo del momento.

El sonido de la música y los gemidos seguían mezclándose, pero mis sentidos estaban solo concentrados en lo que pasaba delante mío: un pelo negro suelto que se movía de lado a lado, un par de tetas duras que me miraban bien fijo y una bombacha de encaje que esperaba expectante que la arranque con la boca. Yo sentado sin poder moverme.

Me encaró directamente, se fue agachando poco a poco frente a mí y con su lengua empezó a recorrer mi cuerpo: desde mi boca, pasando por mi cuello, bajando por el pecho hasta llegar a mi parte más íntima. Estaba desnudo y duro. A eso habíamos venido. No dudó en poner su boca en mi pito virgen de relaciones swingers y empezó a mover la lengua de arriba a abajo. Todo con delicadeza y mirándolo a él de reojo. Él, en cambio, disfrutaba la situación a más no poder. Una mano adentro de su pantalón demostraba que eso era lo que le gustaba. Lo que había venido a buscar al boliche. Ver a su mujer con otro.

Yo entré en sintonía. La vergüenza se había ido y algo en mí empezaba a disfrutar de ese pequeño morbo de compartir a alguien. De ser parte de la fantasía de otro. De ser usado, y a su vez, usarlos. De sentir a dos desconocidos al lado mío en lo que podría ser una escena pornográfica de Isat. Empezaba, sin querer queriendo, a entender ese mundillo swinger al que había llegado de la mano de Wikipedia. Ahora iba a ser yo el que escriba su experiencia en uno de esos foros sexuales a los que tanto había entrado antes de llegar acá.

Mientras ella seguía jugando con mi pija, mi mente empezó a ponerse en blanco. Mis manos jugaban, como podían, con todo lo que tenía enfrente. Mis dientes crujían del placer y los dedos de mis pies se empezaron a estirar de una manera sin igual. De repente mi cuerpo no aguantó más: esos primeros cinco minutos de lujuria sin igual habían sido demasiado para mí, mi cabeza y mis fantasías.

Sin pensarlo dos segundos, exploté. Escupí todo lo que tenía adentro y gruñí una especie de gemido furioso. El “Big-Bang” se hizo presente en mí y el universo entero se creó en dos segundos en mi cerebro. Y de pronto, la nada misma. Mi mente en blanco y la consciencia poco a poco haciéndose presente. ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía ahí? ¿Por qué estaba disfrutando con una desconocida mientras su marido me miraba? La cabeza me daba vueltas. Cuando pude abrir los ojos por completo ví como ella gozaba todavía del momento. Él, desde el costado, seguía con la mano adentro de su pantalón mirando con cierta perversión la erupción volcánica que había salido de adentro mío.

Cuando pude por fin reaccionar, me levanté sin mirar lo que tenía alrededor mío. La música seguía y mi trago todavía estaba entero. Ella en pocos segundos ya se había vestido. Él la seguía mirando con la misma perversión. Para ellos había sido un trámite; un momento de seducción, sexo y morbo. Para mí, esa primera vez con una pareja swinger. La primera compartiendo a alguien, siendo parte del juego de otros. Me puse el pantalón, los miré con una pequeña sonrisa y agarré el vaso. Di un largo trago hasta dejarlo seco, caminé hasta la puerta y sin dar lugar a ningún comentario salí del infierno sabiendo muy por dentro que a partir de ahora tenía una membresía gratuita al tan afamado club de la lujuria.

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