No eran hermanas, pero parecían. En la heterogeneidad de ese sexto grado, su casi perfecta igualdad de altura, su flequillo recto plagiado y sus vestimentas coordinadas, hacían que sus caras sean lo suficientemente parecidas para jurar que las dos provenían del mismo vientre. Además, se mantenían siempre juntas. De rincón en rincón del patio, secreteando y planificando sus tejes y manejes. Pareciera que el universo no se hubiera conformado en castigarnos con una sola.

Por mi bajo perfil, había llegado hasta esa altura de la primaria sin ser víctima de ninguna de sus maldades. En cambio, los adolescentes osados que tenían otras pretensiones en la escala social, habían caído indefectiblemente en sus redes. Las herramientas de las hermanas para ensuciar la reputación de cualquier intento de líder, de uno u otro sexo, eran infalibles. Todavía se mantiene latente el recuerdo de la humillación a Félix, hace ya más de un año. El pobre pibe había invitado a toda la clase a su cumpleaños y se pasó la tarde chapeando con su lujosa casa, su auto a control remoto y sus video juegos importados. Pocos días después las hermanas publicaron un video suyo en Facebook, en el que se lo veía sentado de espaldas en su banco en plena clase, metiéndose el dedo a la nariz, sacándose un generoso moco, haciéndolo bolita y llevándoselo a la boca.

Yo, por lo pronto, esperaba mantenerme por el mismo camino, pero mi suerte no se extendería por siempre. Un viernes al mediodía, llegué a mi casa caminando de la escuela, entré a la cocina y dejé la mochila. Mi mamá me sirvió la comida y después de preguntarme como me había ido esa mañana, dijo:-

– ¿La conocés a Soledad Uriarte?… va a tu mismo grado… –

Abrí grandes los ojos y del susto dejé caer los cubiertos al plato ruidosamente.

– Si, ¿por? Es más mala que el SIDA… –

– ¡Ay Franco!… ¡no podés hablar así!… sos un animal.

– ¡Animal es ella mamá! es una de las que amonestaron cuando los viejos de Félix lo cambiaron de colegio por el video. –

– No creo que sea tan mala, y no te quiero escuchar decirle así… además tu papá y el suyo empezaron a trabajar juntos y se llevan muy bien. Ustedes también van a tener que hacerse amigos.

Mamá siguió hablando de ellos dos, pero yo no escuche prácticamente nada, me quedé pensando en que mi sentencia estaba puesta. Hasta que otra frase resaltó en medio de su monólogo.

– Vienen a comer un asado acá, mañana durante el día. –

Entonces supe que esa condena se había cumplido de repente y ya estaba definitivamente muerto. Intenté evitarlo de cualquier manera, diciendo que tenía que estudiar, que ya había arreglado con un amigo y hasta hice un berrinche que a cualquier chico de once años le daría vergüenza, pero fue completamente en vano. Al día siguiente, a las once de la mañana ahí estaba bañado y  listo, esperando a que lleguen.

Caminaba de lado a lado de mi cuarto verificando que no hubiera quedado nada, a la vista o escondido, que pudiera ser usado en mi contra. Me paré enfrente del espejo y me revisé: El pelo está bien, ni muy peinado ni muy desprolijo. Mi ropa también, jean clásico y remera blanca, lisa, no tiene nada malo. Las zapatillas me quedaban un poco ridículas porque soy medio patón para mi altura, pero no hay nada que hacer, además están bastante buenas.   Bajé y me tiré en el sillón con papá a ver televisión. A disfrutar, capaz, del último momento de felicidad.-

– Pa, vos sabés que Soledad es una de las “hermanas” –

– Jajaja… hijo, no será que exageran un poco con ese cuento… –

– Me va a cagar la vida. –

– Creéme que te entiendo, yo vivo con una sola y no elijo ni mi ropa, pero vos sos un pibe inteligente Franco, la vas a saber manejar. Te pido por favor que la hagas sentir cómoda y que no le digas ese apodo nunca más –

Me tapé los ojos con las manos y meneé la cabeza a ambos lados. Antes de que pudiera seguir lamentándome, el timbre sonó en el living. Mi mamá atendió y los hizo pasar. Eran cuatro: ella, sus padres, y su hermano un año más chico. Era la primera vez que la veía sin Damasia.

En mi casa, mi mamá hacia el asado, así que las mujeres se acomodaron cerca de la parrilla y los hombres se sentaron en el sillón a ver el partido de la Premier. Nosotros tres quedamos en el jardín. Tratando de disimular mi nerviosismo, la miré y le dije:

-¡Hola Sole! qué bueno que viniste.-

– ¡Sí! ¡No sabés lo contenta que estoy! – Me contestó, achinando los ojos y agregándole cara de tarada a su tono irónico. Yo entré en pánico, pero intenté mantener la cordialidad.

– Solo quiero que te sientas cómoda-

– Escucháme bobo, mi papá me pidió que te trate bien, así que no me provoques y andáte. Jugá con Agustín, que tiene tu mismo cerebro –

Lo miré y me pareció buena idea, así que le dije si quería ir a  mi cuarto. El accedió sin pensarlo. Cuando nos íbamos Agustín dijo en un tono suficientemente alto para que ella escuchara: “Dejála, se hace la grande, pero no se anima a ir a dormir a lo de sus amigas, y yo sí”. Ella gritó y lo amenazó, pero nosotros seguimos caminando como si nada. Yo no lo podía creer, nunca había visto a alguien que la enfrentara así. Pero claro, era su hermano y tenía otras garantías.

Una vez en mi habitación, nos sentamos en la cama y prendimos la Play Station. Elegimos los equipos y nos pusimos a jugar. Los dos primeros partidos se los gané fácil, pero el tercero me estaba costando un poco más. Hacía un calor terrible y los dos teníamos la cara roja y chivada, pero no pensábamos frenar. En eso, Agustín me hizo un gol y se levantó para gritarlo. Lo miré con bronca y – cuando estaba por putearlo por gozarme-  vi por la ventana a Soledad en el cuarto de mis papás. Puse “Start” y frené el partido.

-¡Qué hacés cagón!- Me dijo.

Sin contestar, le toqué el hombro y apunté con el dedo a la ventana.

-¿Qué pasa?-

-Mirá, boludo, tu hermana. Creo que se va a cambiar. –  Estaba de espaldas enfrente de la cama con un bolso de flores apoyado arriba.

-Que tiene tarado, la vi mil veces, es un asco.-

-Si ya sé, pero la quiero filmar. – Dije mientras agarraba mi teléfono del sillón. – Con esto me salvo para siempre. –

Agustín siguió quejándose, pero ya ni lo escuchaba. Puse a grabar y apunté en el momento justo. Ella agarró el vestidito celeste que le llegaba a las rodillas y se lo subió rápido hasta la cabeza, donde se le quedó trabado con el codo que tenía levantado. La torpeza de aquel movimiento me dio ternura y algunos segundos más. El culo, más carnoso de lo que hubiese esperado, se lo tapaba una bombacha blanca, pero la espalda estaba desnuda. No usaba corpiño: todavía no tenía tetas.

Empujó el vestido a través de su cabeza hasta que pudo sacárselo. Se llevó las manos a la cintura y, agachándose un poco, se bajó la bombacha en un movimiento. Me quedé helado. Abajo era como si tuviera otra, por la diferencia de tonos de la piel, pero eso no la hacía ni un poco menos espectacular. En ese instante entendí a que se referían los hombres con las “curvas” de una mujer.

Buscó en su bolso y sacó una malla entriza. Nunca había visto a una mujer desnuda en vivo. Una moviéndose como si nada, con esa naturalidad. Me pareció increíble. En una maniobra agachó la espalda y subió la rodilla, dejando que se le vea la raya. Me hubiese encantado estar más cerca para ver algo más que sombra. Después, lo mismo con la otra pierna. Agarró el pedazo de tela con las dos manos, se levantó y su culo desapareció de mi vista, ahora camuflado de verde. Pasó los brazos por abajo de las tiras y se las acomodó sobre los hombros. Giró su cabeza dejándome ver su perfil y se estiró  con elegancia para que todo quedara en su lugar. Nunca me voy a olvida esa imagen. Corté la filmación y me puse atrás de la pared, donde no pudiera verme.

-Te gusta, maricón.- Me dijo Agustín.

-¡Que me va a gustar idiota! la odio.-

-¿Ah sí? ¿Y porque se te para entonces? – Me contestó apuntando a mi pantalón inflado.

-No es eso, es otra cosa- le dije, aunque no tuviera ningún sentido. Me metí la mano y me la acomodé contra el elástico del calzón, para que no se notara el bulto.

Después de eso retomamos el partido. Perdí dos a cero, pero ya no me importaba. No podía dejar de pensar en la situación que acababa de pasar y estaba cada vez más nervioso. Empezaba a sentir algo de culpa por lo que había hecho, esa sensación amarga que deja la adrenalina cuando desaparece.

Agustín quería seguir jugando, para ver si me empataba, pero yo le dije que fuéramos a la pileta, que hacía mucho calor. Antes de que saliéramos del cuarto, le pregunté:

– No vas a decir nada, ¿no? Si se entera mi viejo me mata. –

– Obvio que no, no soy buchón. –

El resto de la tarde nos quedamos los siete en el quincho de casa y con el tiempo me fui tranquilizando. Cuando se empezó a hacer de noche, ellos se fueron y yo me tiré a ver la tele con mi viejo. Sentí que lo había traicionado.

Esa noche volví a ver el video varias veces. Pensé en mandárselo a mis amigos y a Félix, para que tuvieran su venganza. Pero no me animé. Cada vez que lo veía ella me daba más lastima, aunque ni siquiera estuviese enterada. En cada reproducción era más vulnerable. Hasta pensaba que la chica de la imagen, así como se la veía, realmente no podía ser tan mala. Capaz, Agustín tenía razón y me gustaba.

Me acosté en la cama pero no podía dormir. No me bajaba toda la excitación de aquel día. Sentía el remordimiento de haber cometido un crimen. Entonces, decidí terminar con ese sufrimiento, aunque tirase por la borda mi tan preciado botín. Busqué el video en mi celular, lo miré por última vez en forma de despedida y lo borré. Aunque no entendía que englobaba realmente ese término, me dije a mi mismo que era un “caballero” y me sentí en paz. Finalmente me quedé dormido.

El lunes siguiente en el recreo, yo estaba sentado en el cantero con Pedrito, comiendo una medialuna tostada con jamón y queso, cuando se acercaron las hermanas. Cagamos me dijo él cuando las vio venir, pero yo no me asusté para nada.

– Qué bueno, que estés con gente de tu edad – me dijo Soledad. – Pensé que solo te daba para estar con chiquitos…- A lo que Damasia se rió.

– Por lo menos puedo dormir en la casa de mis amigos. – Le contesté.

La cara le cambió en un segundo, de la risa a la vergüenza. No se esperaba que yo le fuera a retrucar.

– ¡Sos un tarado nene! – me dijo

– Vos una tarada nena – le conteste sonriendo. Entonces siguieron su camino.

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